La avaricia y consumismo son pecados similares, en su fundamento. Ambos se basan en el frenesí absurdo por acumular, ambas estériles, aunque en el caso de la avaricia, esa acumulación pretende esconderse. El avaro solo obtiene la satisfacción de sentirse poderoso por el hecho de acumular para sí en lo oculto bienes materiales, principalmente dinero. En este sentido es un pecado más “personal”.

El consumismo en cambio, es un pecado que ha tomado tintes sociales. Como sociedad estamos generando una identidad orientada al consumo incesante de bienes que no necesitamos, solo para mantener una imagen ante nuestros cercanos, o en casos cada vez más comunes, ante los extraños que nos ven a través de las redes sociales. En este caso también se trata de una acumulación desenfrenada.

En palabras del Papa Francisco: “El consumismo es un virus que afecta a la fe en su raíz porque te hace creer que la vida depende sólo de lo que tienes, y así te olvidas de Dios que viene a tu encuentro y de los que te rodean”.

Ya en 1973, Hans Küng advertía, vivimos una sociedad de logros, el valor de cada persona se mide por las metas que consigue cumplir. La estructura de redes sociales en la que vivimos potenció increíblemente esta sociedad de logros, para beneplácito de las empresas que se benefician del materialismo práctico implícito.

NUESTRAS NECESIDADES

Las empresas tecnológicas viven y se enriquecen en una estructura creada para generar necesidades y satisfacerlas a través de los productos, muchas veces chatarra que ofrecen a través de las diferentes plataformas. Nunca había sido tan sencillo comprar, basta un click en un mensaje emergente a través del muro de tu perfil y en menos de 3 minutos.

Se compra solo para ostentar un status artificial y exhibirlo al mundo. De hecho, da más satisfacción para el consumista, gastar 1,000 pesos que ganar 1,000 pesos.  La tiranía de la moda y la obsolescencia programada trabajan en una misma línea, convertirnos en una sociedad de compradores.

Ante esto, vale la pena recordar que el verdadero sentido de la vida no es acumular. Vivir la vida para los demás, para el prójimo, es el gran mensaje del Evangelio. Finalmente, nuevamente Eclesiastés nos da una frase precisa para concluir esta reflexión: “El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto. También esto es vanidad”. Ec 5,10.