En la cruz de Cristo contemplamos el máximo testimonio de la Verdad, de la presencia y la obra del amor de Dios por los hombres.

En esta Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo, como conclusión del Año Litúrgico (ciclo B), es el Evangelio de Juan el que leemos (18,33-37) – el primer diálogo entre Jesús y Pilato en el proceso romano. En el tercer anuncio de la Pasión en el Evangelio de Marcos Jesús anuncia a sus discípulos el proceso judicial al que será sometido hasta llegar a su ejecución y resurrección: “Miren que subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte (paradothēsetai tóis arjieréusin kái tóis grammatéusin, kái katakrinóusin autón thanátōi) y le entregarán a los gentiles (kái paradōsousin autón tóis éthnesin), y se burlarán de él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará” (10,33-34). Los Evangelios Sinópticos y Juan coinciden en presentar este doble proceso al que Jesús es sometido en sus relatos de la Pasión: Jesús “es entregado” – un “pasivo teológico” que hace referencia al agente implícito de esta “entrega”: los eventos de la Pasión-Muerte-Resurrección de Jesús se realizan de acuerdo a la voluntad divina (Jn 3,16; Cfr. CatIgCat 599-601) – a sus enemigos, las autoridades del pueblo judío quienes, a su vez, “lo entregarán a los paganos” – las autoridades romanas, representadas por Poncio Pilato, Prefecto de Judea, cuya administración se extendió del 26 al 36 d.C. Este hecho es tan importante que ha quedado consignado en nuestra profesión de fe: “y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato” (Cfr. Hch 3,13; 4,27, 13,28). El motivo se explicita al principio del relato del proceso romano: “Pilato replicó: «Tómenlo ustedes y júzguenlo según su Ley». Los judíos replicaron: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie» (hēmín ouk éxestin apoktéinai oudéna).

CRUCIFICADO

Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir” (18,31-32) – crucificado, según la costumbre romana (Cfr. 3,14-; 12,32-33). Para las autoridades del pueblo – a quienes Juan se refiere como “los judíos” (hoi Ioudáioi) – Jesús es reo de muerte por su actividad proselitista y por su enseñanza y su interpretación heterodoxa de la Ley mosaica: Anás le ha interrogado “sobre sus discípulos y su doctrina” (perí tōn mathetōn autóu kái perí tēs didajēs autóu, Cfr. 18,19). De hecho, habían ya decidido su muerte a propósito de la resurrección de Lázaro (Cfr. 11,45-54). Por ese motivo la escena del proceso judío ante el Sumo Sacerdote es descrita de una manera tan sumaria, sin entrar en los detalles de las acusaciones, como lo hacen los Sinópticos (Cfr. Mt 26,57-67; Mc 14,53-65; Lc 22,66-71): las palabras de Jesús sobre la destrucción del Templo y su identificación como Mesías, a lo que se añade la blasfemia – la pretensión de ser “Hijo de Dios”. Sin embargo, es preciso decir que resulta absurdo buscar en estas expresiones del IV Evangelio una justificación del antisemitismo, acusando globalmente a “los judíos” de la condena a muerte de Jesús (Cfr. CatIgCat 595-598; Nostra Aetate 4). Después de ser enviado a Caifás (Cfr. 18,24) y la negación de Pedro (Cfr. 18,25-27), comienza el proceso romano contra Jesús: “De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio (eis tó praitōrion). Era de madrugada (ēn dé prōí). Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua (allá phágōsin tó pásja)” (18,28). Cambio de lugar, cambio temporal y explicitación del contexto teológico de la Pasión de Cristo – su muerte tendrá un sentido Pascual. El desarrollo del juicio ante Pilato está cuidadosamente estructurado y se desarrolla en diversas escenas en las que interactúan Jesús y Pilato – las autoridades judías desaparecen de la narración hasta el momento de “Ecce Homo”, la presentación de Jesús escarnecido que provoca la petición de su crucifixión (Cfr. 19,4-7), donde añadirán otro motivo para pedir su condena a muerte: “Los judíos le replicaron: Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios”. El interrogatorio se desarrolla como una mayéutica – una profundización a través de preguntas y respuestas – sobre la identidad de Jesús. El texto que hoy escuchamos corresponde al primer diálogo: “En aquel tiempo, preguntó Pilato a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Jesús le contestó: «¿Eso lo preguntas por tu cuenta o te lo han dicho otros?» Pilato le respondió: «¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho?» Jesús le contestó: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de aquí». Pilato le dijo: «¿Conque tú eres rey?» Jesús le contestó: «Tú lo has dicho. Soy rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz»”. La presencia en Jerusalén de Pilato, el Procurador romano de Judea que habitualmente residía en Cesarea Marítima (Cfr. Hch 23,33-35), se justifica por la proximidad de la Pascua, con una afluencia enorme de peregrinos llegados de todo el mundo para la festividad y el peligro de presentarse motines. Actualmente se discute la ubicación del Pretorio, dividiéndose las opiniones entre la Fortaleza Antonia, al Norte del Templo, o el Palacio de Herodes, en la colina occidental de la ciudad. La pregunta de Pilato a Jesús se refiere a su identidad, como “Rey de los Judíos” (sý éi ho basiléus tōn ioudáiōn?). La formulación de las palabras de Pilato como pregunta revelan un cierto escepticismo: en un ambiente religioso agitado por la expectación mesiánica (Cfr. Hch 5,34-39), como era el de Palestina en el tiempo de la ocupación, un agitador más reclamando para sí este papel sería un asunto de poca importancia para la atención del Prefecto romano.

CONDENA A MUERTE

No hay pruebas que demuestren un complot o la inminencia de un levantamiento – en principio no hay motivos para una condena a muerte, dado que Jesús no es un oponente político serio al poder de Roma, cuyas autoridades eran proclives a abstenerse de intervenir en las disputas religiosas de las facciones judías (Cfr. Hch 18,12-17; 23,29; 25,18-19). Como juez, Pilato pretende mantenerse a la mayor distancia posible respecto al acusado y a las acusaciones. Así, se comprende que cuando Jesús replica cuestionándole sobre el origen de la afirmación, Pilato se desmarque: “¿Acaso soy yo judío? (mēti egō ioudáiós eimi?) Tu Pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho? (tí epóiēsas?)”. A Pilato no le importan las discusiones religiosas de los judíos, sino sus implicaciones políticas y los hechos. Jesús regresa al tema del reino: “Mi reino no es de este mundo” (hē basiléia hē emē ouk éstin ek tóu kósmou tóutou) – no es un reino basado en el poder, en la fuerza y la violencia; su origen es diferente (Cfr. 3,5). Jesús había huido “al monte” – hacia Dios – de la multitud que, malinterpretando el signo de la multiplicación de los panes, había querido “arrebatarlo con violencia para hacerlo rey” (hína poiēsōsin basiléa, Cfr. 6,15). Ahora, por el contrario, reivindica claramente para sí el título de “Rey” (basiléus eimi). El carácter real de Jesús no le viene del capricho de las multitudes ni de la fuerza de las armas o las conjuras políticas; para Él es una misión particular que le ha sido confiada desde el nacimiento – desde la eternidad: “Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad” (eis tóuto gegénnēmai kái eis tóuto elēlytha eis tón kósmon, hína martyrēsō tēi althéiāi). El testimonio es una categoría muy importante en el Evangelio de Juan y ahora sirve para sintetizar la actividad de Jesús como Mesías: “dar testimonio de la verdad”. El Reino de Jesús no es una fuerza política antagónica a Roma o a cualquier otro imperio mundano, aunque su predicación viene a revolucionar la vida de los hombres desde sus raíces más profundas, porque se trata de poner al hombre nuevamente en relación con Dios, la única Verdad que da sentido y vida al mundo, al hombre y a las estructuras de la vida social y política con las que el ser humano debe expresar su dignidad y su finalidad trascendente. Por eso, en la continuación del interrogatorio, Jesús y Pilato hablarán de la “autoridad” (exousía), que “es dada de lo alto” (dedoménon ánōthen) no como un privilegio para ejercer a capricho, para imponerse sobre los demás, sino como una responsabilidad ante Dios para el servicio integral del hombre (Cfr. 19,8-11). El Reino de Jesús es testimonio de la “verdad” porque es el anuncio del amor de Dios que libera al hombre de la esclavitud del pecado (Cfr. 8,32) a través de la entrega de su Hijo, quien personalmente es “camino, verdad y vida” (Cfr. 14,6). A pesar de estar convencido de la inocencia de Jesús, Pilato tiene que actuar como representante de un poder que no está basado en la verdad, sino en la fuerza de las armas.

LIBERTAD DE JESÚS

Por eso, aunque intenta hacer lo posible por liberar a Jesús, termina accediendo a la exigencia de las autoridades judías cuando le recuerdan las implicaciones políticas del caso y las consecuencias que puede tener para él: “Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César»” (19,12). Pilato reconoce que Jesús es Rey: así lo presenta ante la multitud (19,14-15) y así lo mandará consignar en la inscripción que coloca sobre la cruz: “Jesús el Nazareno, el rey de los Judíos” (ho basiléus tōn ioudáiōn, Cfr. 19,19-22). Por razones políticas Pilato actúa contra su consciencia, contra la justicia y contra la verdad: “entonces lo entregó para que lo crucificaran” (tóte óun parédōken autón autóis hína staurōthēi). En la cruz de Cristo contemplamos el máximo testimonio de la Verdad con mayúsculas, de la presencia y la obra del amor de Dios por los hombres: en la entrega del Hijo amado por nosotros, los pecadores. El Reino de Cristo manifiesta así su carácter absolutamente diferente a los reinos del mundo: la corona de Jesús es de espinas, su trono es la cruz y su manto real es la desnudez del Hijo del Hombre que cumple la voluntad del Padre y manifiesta su amor por los suyos “hasta el extremo” (Cfr. Jn 13,1). En el Prefacio de esta solemnidad se enumeran las características de este Reino de Cristo, “Sacerdote eterno y Rey del Universo”, sacrificado en el altar de la cruz: “Reino de la verdad y de la vida, Reino de la santidad y de la gracia, Reino de la justicia, del amor y de la paz”. Hoy contemplamos el Reino y la Verdad del amor manifestado en Cristo crucificado y proyectamos nuestra esperanza cristiana en la plenitud de este Reino, cuyo advenimiento pedimos todos los días en el rezo del Padrenuestro – una esperanza que anima nuestro empeño en su construcción y nos llama a ser “testigos de la Verdad”.