La segunda parte del Evangelio de Marcos, desde el punto de vista narrativo y teológico, es el camino de Jesús hacia la cruz y de los discípulos con Él. El domingo pasado escuchamos en la lectura del Evangelio el punto de inflexión del Evangelio: la pregunta de Jesús a sus discípulos sobre su propia identidad, seguida del primer anuncio de la Pasión-Resurrección y la advertencia sobre el seguimiento de Jesús que se desprende del intento de Pedro de disuadirlo (8,27-38). La Transfiguración (9,2-10) representa un intento de Jesús de apartar de sus discípulos el escándalo de la cruz, completando el tema de la revelación de su identidad – “Este es mi Hijo amado, escúchenlo” – y su destino: “y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos”, aunque los discípulos aún son incapaces de comprender qué significa “resucitar de entre los muertos”. La pasión y la cruz son el único camino hacia la resurrección y la vida eterna con Jesús. “A la subida (9,2) corresponde el descenso (9,9), que significa también el regreso a las circunstancias de la vida ordinaria. La iniciativa es nuevamente de Jesús, el cual ordena callar a los tres discípulos. Hasta la resurrección del Hijo del Hombre de entre los muertos ellos no deben referir a nadie lo que han visto.

 

IDENTIDAD DE JESÚS

La última orden de callar se refería a la identidad de Jesús, como había sido declarada por Pedro (8,30); ahora se trata de aquello de lo que sobre el monte los tres discípulos han tenido experiencia respecto a Jesús. Pero esta vez se pone un límite a su silencio: la resurrección del Hijo del Hombre de entre los muertos” (Stock, Marco [2003] 171). El episodio de la expulsión del demonio que atormentaba al muchacho epiléptico (9,14-29) pone en evidencia la debilidad de los discípulos y el poder de Jesús, al mismo tiempo que el poder de la fe y de la oración, condición indispensable para el milagro la primera, mientras que la segunda es la única capaz de expulsar a tales demonios. La fe es un don cuyo crecimiento debe pedirse, como lo hace el padre del joven ante el reproche de Jesús. Así se llega al segundo anuncio de la Pasión-Resurrección y su prolongación en la enseñanza sobre la grandeza y el servicio, que hoy escuchamos (9,30-37). “En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaban Galilea, pero él no quería que nadie lo supiera, porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: «El hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le darán muerte, y tres días después de muerto, resucitará». Pero ellos no entendían aquellas palabras y tenían miedo de pedir explicaciones”: éste es el primer momento de la enseñanza de Jesús, mientras Él y sus discípulos “iban caminando a través de Galilea” (pareporéuonto diá tēs Galiláias). Jesús no desea ser reconocido porque se está dedicando a la enseñanza de sus discípulos en privado. Una vez más, el anuncio de la Pasión es caracterizado como “enseñanza” (edídasken, Cfr. 8,31), interpretando las Escrituras con autoridad, refiriéndolas al destino de sufrimiento y exaltación que le espera – la presencia de Moisés y Elías, representantes de la Ley y los Profetas en la escena de la Transfiguración, representan este testimonio y argumento escriturístico: Lucas nos revelará el contenido de la conversación que sostienen entre ellos – “hablaban de su partida (élegon tēn éxodon autóu), que iba a cumplir en Jerusalén” (Cfr. 9,30-31). La enseñanza de Jesús es breve e incisiva: “El hijo del hombre va a ser entregado (ho hyiós tóu anthrōpou paradídotai) en manos de los hombres; le darán muerte (kái apoktenóusin autón), y tres días después de muerto, resucitará (kái apoktanthéis metá tréis hēméras anastēsetai)”. “Por el contenido, esta segunda predicción es la más breve. La parte conclusiva es casi igual en las tres predicciones (8,31; 9,31; 10,33-34): se refiere al asesinato del Hijo del Hombre, y dice que él resucitará después de tres días. La primera predicción ponía en relieve la actividad del sanedrín (8,31), y la tercera referirá muchos particulares sobre los protagonistas y sus acciones (10,33-34). En contraste, la segunda dice muy secamente: «El Hijo del Hombre es entregado en las manos de los hombres». Es lo que Jesús repetirá casi literalmente poco antes de su captura: «El Hijo del Hombre es entregado en las manos de los pecadores» (14,41).

 

ASÍ DEBE SER

El pasivo del verbo se entiende como pasivo teológico y alude a la disposición de Dios. En 8,31 Jesús había dicho: «Así debe ser, corresponde a la voluntad de Dios…». También en 9,31 comunica que así ha establecido Dios” (Stock, Marco [2003] 178-179). Ya en la lista de los Doce se mencionaba a Judas Iscariote como “el mismo que le entregó” (hos kái parédōken autón, Cfr. 3,19; 14,44). Los hombres matarán a Jesús, pero Dios lo resucitará al tercer día (Cfr. 1Cor 15,3-8). Ante esta enseñanza los discípulos reaccionan con perplejidad – son incapaces de comprender en este momento el significado de las palabras de Jesús y la revelación sobre su destino (hoi dé ēgnóoum tó rhēma). Además, “tenían miedo de pedir explicaciones” (ephobóunto autón eperōtēsai), quizá porque han intuido, después del primer anuncio y la enseñanza sobre las exigencias del discipulado, que el destino de Jesús les atañe también a ellos. De ahí la importancia de la enseñanza sobre el servicio que sigue al segundo anuncio de la Pasión: “Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutían por el camino?» Pero ellos se quedaron callados, porque en el camino habían discutido sobre quién de ellos era el más importante. Entonces Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe. Y el que me reciba a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me ha enviado»”. En lugar de discutir sobre el significado de la enseñanza de Jesús y el sentido de sus palabras, los discípulos se han enfrascado en una estéril discusión sobre las precedencias humanas al interno del grupo. No han comprendido que para seguir a Jesús es preciso renunciar a las propias ambiciones mundanas para salvar la propia vida entregándola (Cfr. 8,34-36). Jesús vuelve a interrogar a sus discípulos (epērōta, Cfr. 8,27): “¿De qué discutían por el camino?” (tí en tēi hodōi dielogízesthe?). El “camino” es el camino de Jesús hacia Jerusalén y de los discípulos con Él, hacia la cruz, que simboliza en sí misma la plenitud del servicio y del amor, la entrega de sí mismo según la voluntad salvífica del Padre. De ahí el absurdo y la absoluta contradicción que significa discutir “en el camino” (en tēi hodōi) acerca de “quién es el más grande” (tís meizōn), cuando Jesús habla de sacrificio y obediencia a la voluntad divina – ahora el silencio no expresa perplejidad, sino vergüenza.

 

JESÚS A SUS DISCÍPULOS

Ahora Jesús no reprende a los discípulos: más bien les aclara las implicaciones de sus palabras anteriores sobre las exigencias del discipulado. Adoptando la postura propia del maestro – “habiéndose sentado” (kathísas, Cfr. Mt 5,1; 13,1; Lc 5,3; Jn 8,2) – Jesús llama a voces a los Doce y les habla claramente sobre el significado de la primacía en la comunidad de Jesús: “Si alguno quiere ser el primero (éi tis thélei prōtos éinai), que sea el último de todos y el servidor de todos (éstai pántōn ésjatos kái pántōn diákonos)”. El primado en el Reino de Dios sólo puede ser el del servicio – una enseñanza rotunda que echa por tierra cualquier ambición mundana y cualquier comprensión errónea de la autoridad en la Iglesia, como Jesús lo reiterará con ocasión del tercer anuncio de la Pasión, en base a su propio ejemplo: “tampoco el Hijo del Hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Cfr. Mc 10,41-45). Jesús concretiza enseguida el contenido del principio que ha enseñado a sus discípulos con un gesto ejemplar: “tomando a un niño (kái labōn paidíon), lo puso en medio de ellos (éstēsen autó en mésōi autōn), lo abrazó (kái enagkalisámenos autó)”. Jesús toma a un niño, símbolo de la indigencia y de lo inacabado, y lo coloca “en medio”: en el centro de la atención de los discípulos (Cfr. Mc 3,3), distraídos en las cuestiones de la primacía y el poder, en la misma posición donde Jesús está “en medio” de sus discípulos, “como el que sirve” (Cfr. Lc 22,27). Jesús abraza al niño como un gesto de amor efusivo y protector (Cfr. 10,16). Este “niño” (paidíon) es el modelo del “siervo” (en arameo talya) dócil, sin ambiciones propias que, al mismo tiempo, se identifica con Jesús: “El que reciba en mi nombre (epí tōi onómatí mou) a uno de estos niños, a mí me recibe” (Cfr. Mt 18,1-5). Jesús, siendo el Hijo amado (Cfr. 1,11; 9,7), no pierde la consciencia de ser “el enviado” para realizar el máximo servicio de dar la vida en rescate por muchos. Acoger al indigente, al desvalido y al pobre, identificado como Jesús (Cfr. Mt 25,34-40), es preciso para entrar en el Reino como auténtico discípulo: aquí no vale otra precedencia más que la del servicio amoroso. “Como es la vía directa hacia la comunión con Jesús y con Dios, así el servir es también la vía directa hacia la grandeza. No hay cosa más grande para un hombre que su comunión real con Jesús y con Dios; nada puede elevarlo más. A su modo, los discípulos buscan la máxima cercanía posible con Jesús; desean para sí los puestos a su derecha y a su izquierda (10,37). Jesús quiere abrirles los ojos, mostrándoles la vía que conduce, sin posibilidad de error, a tal meta. Les corresponde a ellos aceptar y seguir la vía de Jesús” (Stock, Marco [2003] 186). Es muy difícil para los discípulos comprender a Jesús: es el Mesías, el rey ungido, el salvador esperado por Israel y, sin embargo, no ha venido a ocupar una posición de privilegio o a disputar el poder a los grandes de este mundo. En lugar de prometer a sus seguidores puestos importantes y posiciones de poder, les exige renuncias radicales y servicio desinteresado, siguiendo el ejemplo que Él mismo les da. Jesús nos pide cambiar nuestra manera de pensar (Cfr. Mc 1,15) para mirar a los débil e indigentes con los ojos de Dios y descubrir, así, la grandeza del servicio, asemejándonos a Él, el siervo obediente a la voluntad del Padre.