Entre el envío de los Doce (6,7-13) y su regreso (6,30) Marcos inserta el relato de la prisión y martirio de Juan el Bautista (6,17-29), motivado por una nota particular sobre lo que Herodes piensa sobre la identidad de Jesús: “Se enteró el rey Herodes, pues su nombre se había hecho célebre. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos (egēgertai ek nekrōn) y por eso actúan en él fuerzas milagrosas». Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas». Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado (ēgérthē)»” (6,14-16). De hecho, Juan el Bautista será identificado con Elías por boca del propio Jesús en referencia a su martirio (Cfr. 9,9-13). Esta pequeña nota marginal sirve como quicio narrativo hacia la conclusión de la primera parte del Evangelio. Retomando el dicho de Jesús sobre el desprecio de un profeta auténtico por parte de sus paisanos y sus parientes (Cfr. 6,4), el tema se proyecta hacia la profesión de fe en Cesarea de Filipo (8,27-33), cuando Jesús pregunta a sus discípulos en un primer momento la opinión de la gente sobre su identidad: para la multitud, Jesús es, en efecto, un profeta. Coinciden también las comparaciones con Juan el Bautista y con Elías. También el tema de la resurrección: Jesús no es Juan el Bautista redivivo, pero su propia resurrección será objeto de los tres anuncios de la pasión, comenzando por el primero, que sigue a la profesión de fe de Pedro: “Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar (anastēnai) a los tres días” (8,31; Cfr. 9,31; 10,34). El desenlace trágico de la vida del último profeta del Antiguo Testamento y el primer testigo del Nuevo proyecta una sombra dramática sobre la misión de los Doce y el destino de Jesús, pero iluminado por la esperanza de la resurrección. Los discípulos y apóstoles de Jesús participan de su misión y tendrán también que participar de su camino de cruz para poder “salvar su vida” (Cfr. 8,34-38). Por lo pronto, los Doce – llamados ahora simplemente “apóstoles” (hoi apóstoloi) – regresan de la misión y dan cuenta a Jesús de sus actividades de manera sintética: “le contaron todo lo que habían hecho y enseñado” (kái apēngeilan autōi pánta hósa epóiēsan kái hósa edídaxan). Como respecto a Jesús, la predicación de los misioneros también es descrita como “enseñanza” (Cfr. 6,6). Esta conclusión narrativa de la misión de los Doce da pie a la introducción del siguiente relato, dándonos así el contexto en el que debe ser leído: la primera multiplicación de los panes en el Evangelio de Marcos (6,30-44). En el ciclo B de las lecturas dominicales que estamos escuchando este año se interrumpirá la lectura de Marcos y por algunos domingos será Juan quien nos guiará en una catequesis eucarística intensiva para llevarnos a la confesión de fe y al compromiso con Jesús (Domingos XVII-XXI). “En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Entonces él les dijo: «Vengan conmigo a un lugar solitario, para que descansen un poco». Porque eran tantos los que iban y venían, que no les dejaban tiempo ni para comer. Jesús y sus apóstoles se dirigieron en una barca hacia un lugar apartado y tranquilo. La gente los vio irse y los reconoció; entonces de todos los poblados fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Cuando Jesús desembarcó, vio una numerosa multitud que lo estaba esperando y se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas” (6,30-34). Después de recibir el parte misionero de sus apóstoles, Jesús les propone un momento de descanso (kái anapáusasthe olígon) en íntimo retiro un lugar solitario (kat’idían eis érēmon tópon). Literalmente se trata de ir a un “lugar desierto” – reminiscencia del Éxodo y de los relatos del Señor alimentado a su pueblo en el camino del desierto hacia la Tierra Prometida. Marcos insiste en la mención del “lugar desierto” (Cfr. 6,31.33.35), en el comer (6,31.36.37.42-44) y en el pan (6,37.38.41.44), elementos que remiten también al milagro del maná (Cfr. Ex 16). Por su parte, el “descanso” sugiere el tema teológico de la entrada en la Tierra Prometida bajo la guía del Señor, Pastor de su pueblo (Cfr. Dt 3,20; 12,10; 25,19; Jos 1,13-15; Sal 23,2; 95,11; Jr 23,1-8; Ez 34,11-16). Como Jesús, los apóstoles también se han visto sobrepasados por la multitud que trata de acercárseles para ser atendida, obligándoles a olvidar el alimento (Cfr. 3,20). Por su parte, Mateo relaciona el retiro al desierto con el asesinato del Bautista (Cfr. 14,13). Jesús parte con sus discípulos nuevamente “en la barca” (en tōi plóiōi, Cfr. 1,19.20; 4,36; 5,21; 6,32; 8,14) a un lugar solitario indeterminado. Sin embargo, el retiro de Jesús con sus apóstoles no alcanza su objetivo, ya que una nueva multitud se ha movilizado a pie, “corriendo” (synédramon), y se les ha adelantado hacia ese lugar. La multitud se convierte en rebaño a los ojos de Jesús: “Cuando Jesús desembarcó, vio una numerosa multitud que lo estaba esperando y se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas”. La mirada de Jesús es la mirada entrañable del Dios misericordioso que condujo a su pueblo de la esclavitud a la libertad a través del Mar Rojo y cuidó de él amorosamente, dándoles comida y bebida según su necesidad, aunque fuera un pueblo rebelde y quejumbroso, dado a la murmuración. Es preciso insistir en la reacción de Jesús, en sus sentimientos ante la vista de tanta indigencia material y espiritual de la multitud – Jesús “se compadeció” (esplanjnísthē, Cfr. Mt 9,36; 14,14; Lc 7,13; 10,33; 15,20): no se trata solamente de “sentir lástima” o identificarse con un noble sentimiento de filantropía o de empatía con el pobre y desamparado. Jesús es el rostro misericordioso del Padre ante el abandono de su pueblo hambriento y disperso: la expresión “como ovejas sin pastor” (hōs próbata mē éjonta poiména, Cfr. 1Re 22,17; 2Cro 18,16; Sal 44,11; Is 13,14; Jr 10,21; 23,2; Ez 34,5-6) remite al contexto veterotestamentario de la necesidad de guía por parte del pueblo. “Jesús se da cuenta de la condición de tantos hombres que con semejante celo se han precipitado a esperarlo en la orilla. Ve en ellos ovejas que no tienen pastor. Cuando Moisés había sabido de su próxima muerte, había visto cernirse este peligro sobre el pueblo y había suplicado a Dios por un sucesor (Nm 27,17; cf. 1Re 22,17; Ez 34,5). Moisés mismo se consideraba el pastor del pueblo. Lo que él había temido, Jesús lo ve realizado: aquellos hombres son realmente ovejas que no tienen pastor, que ninguno guía, de quienes nadie se hace cargo, que corren el peligro de ponerse unas contra otras, el peligro de extraviarse e irse a la perdición. Esta miserable condición del pueblo despierta la compasión de Jesús (sólo en 1,41; 6,34; 8,2) y lo induce a comportarse como pastor. Aquí se ve con particular claridad que Jesús es, como Moisés, el pastor de todo el pueblo. Él instruye y da de comer al pueblo” (Stock, Marco [2003] 116). El contexto del primer relato de multiplicación de los panes en Marcos es el relato del Éxodo y, en este sentido, la referencia Jesús-Moisés es válida pero, en realidad, los sentimientos de Jesús, su reacción ante la multitud hambrienta en más de un sentido, le coloca por encima de Moisés, que es meramente el mediador, el profeta-instrumento en manos del Señor para la liberación de Israel y su entrada en el “descanso” de la Tierra Prometida. Jesús abriga en su corazón los sentimientos del Padre (Cfr. Lc 15,20), el verdadero “Pastor” de Israel. Se trata de un amor misericordioso y entrañable con que Dios se compadece de su pueblo castigando sus pecados y perdonándole por su piedad. Jesús realiza en sí mismo el “pastoreo” con que el Señor en persona se había comprometido y es, al mismo tiempo, el Rey-Pastor escatológico anunciado por el Señor a través de Jeremías (Cfr. 23,1-8): “Yo mismo reuniré al resto de mis ovejas de todos los países a donde las había expulsado y las volveré a traer a sus pastos, para que ahí crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las apacienten. Ya no temerán ni se espantarán y ninguna se perderá. Miren: Viene un tiempo, dice el Señor, en que haré surgir un renuevo en el tronco de David: será un rey justo y prudente y hará que en la tierra se observen la ley y la justicia”.

El Señor en el desierto hizo una Alianza con su pueblo, instruyéndolo con su Palabra – la Ley y los mandamientos, por medio de Moisés, para que conocieran el camino del bien, de la libertad y de la vida plena – y alimentándolo con el maná, para que aprendieran a confiar absolutamente en la providencia amorosa con que Dios cuida de sus hijos cada día. Así, después de la primera reacción de Jesús ante la vista de esta multitud desamparada – “compadecerse” – y como consecuencia de ella, Jesús “se puso a enseñarles muchas cosas” (kái ērxato didáskein autóus pollá). Desde la primera vez que Jesús “enseña” en el Evangelio de Marcos en la sinagoga de Cafarnaúm (edídasken, Cfr. 1,21), impresiona por su autoridad: mientras que la de los escribas es una enseñanza de escuela, basada en la interpretación de la Escritura apoyada en la autoridad de maestros famosos a quienes podían citar, Jesús interpreta la Ley con absoluta libertad profética y en primera persona: “antes se dijo… pero ahora yo les digo…” (Cfr. Mt 5,20-48), proponiendo un ideal ético superior a “la justicia de los escribas y fariseos” – la perfección del amor y la misericordia de nuestro Padre celestial. Jesús rompe con la forma tradicional farisaica de interpretación bíblica, considerándola “tradiciones humanas” que anulan la Palabra de Dios (Cfr. Mc 7). Hasta aquí nos deja la lectura del relato de Marcos: el milagro de la multiplicación de los panes y su explicación lo escucharemos de la pluma de Juan durante los próximos domingos. Sin embargo, es preciso señalar que en la lógica y la teología narrativa que sigue Marcos esta enseñanza de labios de Jesús es inseparable del banquete que viene enseguida, que es su conclusión. Jesús no sólo “enseña”, sino que alimenta al pueblo, dándole “pan”: aunque la palabra puede llevar consuelo y esperanza, el hambre de aquella multitud era también del Jesús hoy también nos alimenta con el pan de la Palabra y de la Eucaristía para sostener nuestra respuesta de vida cristiana a la llamada a ser Pueblo de Dios, Iglesia.