En este Domingo X del Tiempo Ordinario retomamos la lectura del Evangelio de Marcos (3,20-35). El Domingo IV escuchamos la narración del primer milagro de Jesús en este Evangelio: la expulsión de un demonio en la sinagoga de Cafarnaúm (1,21-28). Es una manifestación concreta del poder de Jesús, que “enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas”. El espíritu inmundo reconoce a Jesús y su misión: “¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios” (Cfr. 3,11). El siguiente domingo Marcos nos daba un resumen de la intensa actividad de Jesús en la casa de Pedro, también en Cafarnaúm: “Al atardecer, cuando el sol se ponía, le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero no dejó que los demonios hablaran, porque sabían quién era él”. Marcos insiste como ningún otro evangelista en la actividad exorcista de Jesús (Cfr. 1,23-27.34.39; 3,11-12; 5,1-20; 9,14-29). “Los demonios son llamados también espíritus inmundos. En el lenguaje bíblico «inmundo» significa también «profano, adverso a Dios, separado de Dios, en contraste y oposición a Dios». «Espíritu» indica una potencia fuerte, activa, difícilmente asible. Los espíritus inmundos aparecen en el Evangelio como poderes no humanos, que reaccionan de manera personal, disponen de un conocimiento especial, están en contraste con Dios y dominan y dañan a no pocos seres humanos. Se oponen al Espíritu Santo de Dios. Arrastrando a los hombres aquí y allá les impiden disponer libremente de sí y se exhiben como potencias enemigas del hombre. Jesús es superior a ellos; con una sola palabra vence su poder; libera a los hombres de tal esclavitud, restituyéndoles la capacidad de disponer de sí libremente. Es este uno de los modos en que Jesús muestra la cercanía del reino de Dios con su poder liberador y amigo del hombre. No solamente la palabra potente, sino también el gesto potente es propio del actuar de Jesús” (Stock, Marco [2003] 41-42). Ahora podemos constatar, en contraste, la incomprensión de la identidad y misión de Jesús por parte de los testigos de sus palabra y hechos. “En aquel tiempo, Jesús entró en una casa con sus discípulos y acudió tanta gente, que no los dejaban ni comer. Al enterarse sus parientes, fueron a buscarlo, pues decían que se había vuelto loco. Los escribas que habían venido de Jerusalén, decían acerca de Jesús: «Este hombre está poseído por Satanás, príncipe de los demonios, y por eso los echa fuera». Jesús llamó entonces a los escribas y les dijo en parábolas: «¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Porque si un reino está dividido en bandos opuestos, no puede subsistir. Una familia dividida tampoco puede subsistir. De la misma manera, si Satanás se rebela contra sí mismo y se divide, no podrá subsistir, pues ha llegado su fin. Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y llevarse sus cosas, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa. Yo les aseguro que a los hombres se les perdonarán todos sus pecados y todas sus blasfemias. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tendrá perdón; será reo de un pecado eterno». Jesús dijo esto, porque lo acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo”. “Jesús entró en una casa” (kái érjetai eis óikon): muy probablemente la casa de Simón y Andrés, que se ha convertido en su centro de operaciones en Cafarnaúm (Cfr. 1,29; 2,1-2). Su actividad es intensa por la cantidad de gente que busca ser atendida – “no los dejaban ni comer” (hōste mē dýnasthai autóus mēdé árton phagéin). Sus “parientes” (hoi par’autóu) se apersonan con la intención de apoderarse de Jesús y reconducirlo, incluso por la fuerza (kratēsai autón, Cfr. 6,17; 12,12; 14,1.44.46.49.51), a la seguridad y custodia del ambiente familiar.

 

ESCRIBAS DE JERUSALÉN

 

Es probable también pensar que, si como llegaron a afirmar los escribas de Jerusalén, Jesús estaba poseído por un espíritu inmundo, fuese confundido con un falso profeta (Cfr. Jn 7,12.52) y su vida corriera peligro (Cfr. Jn 10,20; Dt 13,2-12; Zac 13,2-5). La opinión sobre Jesús que se difunde entre la gente y que probablemente comparten sus parientes es que “se había vuelto loco” (élegon gár hóti exéstē): estaba fuera de sí, su comportamiento causaba estupor a los testigos. Por su parte, los escribas provenientes de Jerusalén (hoi grammatéis hoi apó Hierosolýmōn, Cfr. 7,1) representan la oposición que las autoridades del pueblo sostendrán contra Jesús a todo lo largo del Evangelio. Han oído hablar de la fama de Jesús y han venido a constatar por sí mismos los acontecimientos. Descalifican a Jesús con dos acusaciones: 1) “tiene un demonio” (Beelzebóul éjei, Cfr. 2Re 1,2 LXX); 2) “expulsa a los demonios con el poder del príncipe de los demonios (en tōi árjontōi tōn daimoníōn)”. Mientras que los demonios expulsados reconocen que Jesús es “el Santo de Dios”, los escribas, expertos en las Escrituras y autoridades en medio del pueblo, atribuyen su poder a un influjo demoniaco. Jesús responde a las acusaciones con parábolas: un reino dividido no puede subsistir (Cfr. Dn 2,41; 11,4), lo mismo que una “casa”, una familia dividida. Satanás contra Satanás es un absurdo: el fin del reinado de Satanás no viene de una división interna, sino de la irrupción salvífica poderosa del Reino de Dios (Cfr. Mt 12,28; Lc 11,20). Jesús es “el más fuerte” (ho isjyróteros, Cfr. 1,7) capaz de someter al “fuerte”, Satanás. Enseguida, Jesús pronuncia sentencia solemne (amēn légō hymín) contra sus acusadores: no alcanzarán nunca el perdón por “blasfemar contra el Espíritu Santo” (hos án blasphēmēsēi eis tó pnéuma tó hágion). ¿En qué consiste este gravísimo pecado, cuyo carácter absolutamente imperdonable parece contradecir la imagen del Dios misericordioso que viene desde el Antiguo Testamento? No se trata solamente de las palabras de la acusación infamante contra Jesús – estar poseído por un demonio – sino la actitud, la cerrazón obcecada de quienes deberían estar en posición privilegiada para reconocer al “Santo de Dios” por su conocimiento de las Sagradas Escrituras y no lo han hecho (Cfr. CatIgCat 574). “«El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón nunca, antes bien será reo de pecado eterno» (Mc 3,29). No hay límites a la misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo. Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición eterna” (CatIgCat 1864). Así, “la «blasfemia» no consiste en el hecho de ofender con palabras al Espíritu Santo; consiste, por el contrario, en el rechazo de aceptar la salvación que Dios ofrece al hombre por medio del Espíritu Santo, que actúa en virtud del sacrificio de la Cruz” (Cfr. Dominum et Vivificantem 46). Para concluir esta sección, Marcos inserta un material de la tradición sinóptica (Cfr. Mt 12,46-50; Lc 8,19-21) sobre el verdadero parentesco de Jesús: “Llegaron entonces su madre y sus parientes; se quedaron fuera y lo mandaron llamar. En torno a él estaba sentada una multitud, cuando le dijeron: Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que te buscan.

 

MADRE Y HERMANOS

 

El les respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre»”. Este material originalmente no tiene relación alguna con la afirmación inicial de Marcos sobre “la parentela” de Jesús que pretende llevárselo de regreso al ámbito familiar, pero en este contexto sirve para redondear la enseñanza. El verdadero parentesco de Jesús no está en la carne y la sangre. “Ahí afuera” (éxō) se encuentran “su madre y sus hermanos” (hē mētēr autóu kái hoi adelphói autóu) – los que están fuera del círculo de Jesús no pueden comprender sus palabras y sus actos, el despliegue de la acción poderosa del Reino que se manifiesta a través de las palabras y los hechos de Jesús, “con autoridad” (Cfr. 1,22.27). “Lo que Jesús dice en conclusión constituye la norma que deben seguir todos estos grupos: «Quien hace la voluntad de Dios, es mi hermano, hermana y madre» (3,35). Jesús reivindica para sí el conocimiento y cumplimiento de la voluntad de Dios. Quien cumple con él la voluntad de Dios le pertenece. Esta afirmación está dirigida ante todo a los Doce, que experimentan muy de cerca cómo la persona y la obra de Jesús son rechazadas. Ellos deben orientarse en la situación y confirmarse en su comunión con él” (Stock, Marco [2003] 75). En definitiva: sólo aquellos que aceptan la llamada de Jesús y se hacen discípulos (Cfr. 3,13-19), que están dispuestos a entrar en su intimidad a la escucha de su palabra – la palabra del Hijo que debe ser escuchada (Cfr. 9,7) – y en la obediencia a la voluntad de Dios (tó thélēma tóu Theóu), serán capaces de reconocerlo y profesar la fe en Cristo, Mesías salvador (Cfr. 8,27-30).