Mauricio Artieda

La vida cristiana es un proceso y un camino por amar y conocer a Dios. El mejor ejemplo está en la vida de los apóstoles: ninguno de ellos empezó su vida al lado de Cristo sabiendo a ciencia cierta quién era Él. Poco a poco, gracias a la amorosa pedagogía del Señor, Jesús se les fue revelando la plenitud de su divinidad, pero para que ocurriera eso, los apóstoles pasaron por distintas aproximaciones e ideas sobre Jesús, a partir de sus propias expectativas, angustias, miedos, sueños, torpezas, ilusiones y demás.

EL DIOS DE LOS BUENOS

Es un dios difícil de tratar. Cuando somos o nos sentimos buenos todo anda bien con él, pero cuando las cosas se ponen difíciles, cuando el pecado aparece en nuestras vidas, este reyezuelo se ofende a muerte y exige – si está de buen humor – penitencias y sacrificios para reparar los males cometidos.

Quienes creen en él enfrentan una dura disyuntiva: aceptar la dura experiencia de no ser nunca suficientes para el Dios que aman, o bloquear esta frustración a través de la peligrosa fantasía de no reconocerse pecadores. Los primeros, agobiados por los sentimientos de culpa, tarde o temprano se hartan y lo abandonan; los segundos, a fuerza de racionalizaciones y excusas, han construido un mundo de fantasía donde la crítica de los defectos y pecados ajenos es la droga que les permite sentirse temporalmente tranquilos y justificados.

EL DIOS DE LOS FILÓSOFOS

Es un dios sabio y muy exigente. Para él lo importante es que sus seguidores lo entiendan, conozcan su historia, admiren sus dogmas y tengan una teología ortodoxa, según el catecismo de la Iglesia, por supuesto.

Los seguidores de esta divinidad profesoril han oído hablar mucho de dios pero nunca han hablado con Dios. Sus discursos son correctos, incluso hermosos, pero dejan un regusto insípido, como si hubiesen sido leídos y no vividos… y es que eso es exactamente lo que ha ocurrido, porque estos hombres hasta el sagrario de la oración lo han convertido en una ocasión para aprender y no para amar.

Creen que aman a dios porque lo conocen, pero la escala de grises del conocimiento humano, por más ordenada que sea, no basta para medir la luz refulgente y las infinitas tonalidades de Dios.

EL DIOS DE LOS ASTRÓNOMOS

Este dios es hermoso como la Luna. Sus seguidores lo contemplan con admiración y respeto, especialmente de noche, tal vez con una oración sincera antes de dormir, pero después de eso su presencia en la vida diaria es meramente decorativa. Y no es que estos creyentes no crean en él, no es que no sepan que se encarnó y entregó su vida para redimirlos del pecado. También sobre la Luna saben y tienen la certeza que de ella dependen algunos factores gravitacionales que permiten la vida en la Tierra. Ese no es el problema. El punto es que el dios de los astrónomos no baja, no se hace concreto, no se inmiscuye en la vida de nadie y sus misterios son historia del pasado.

Estos creyentes son una raza muy particular y triste: creen ser redimidos pero no viven como redimidos, creen ser amados pero no se sienten amados, creen que en la Eucaristía está el cuerpo del Dios vivo pero su dios, en la práctica, es un cadáver.

EL DIOS DE LOS MÍSTICOS

Este dios produce una mezcla de placer y orgullo en sus secuaces. Quienes lo siguen, al inicio, experimentan el calor y la cercanía del Dios vivo, pero luego, maravillados por la experiencia sentimental más que por el encuentro con el Señor, sacrifican al hijo para salvar al becerro. Así es, estos hombres rezan, ¡madre mía, cómo rezan y hablan de dios! Incluso pueden ser hombres caritativos; pero toda su actividad religiosa esta centrada en ellos mismos, en el orgullo y en el placer sensual que experimentan.

Pero como sucede con todos los ídolos, este pequeño y mezquino diosecillo dionisiaco tampoco es capaz de llenar la sincera hambre de comunión que reclama el corazón de sus fieles.

EL DIOS DE LOS DRAMÁTICOS

Este dios está siempre triste y compungido contemplando los pecados de los hombres. Siente algún tipo de placer enfermizo recordándole a sus fieles sus traiciones, hipocresías y maldades. Todo lo exagera y lo redimensiona para hacerse la víctima y así acumular ruegos, coronillas, promesas y fervorosas oraciones de arrepentimiento.

De su omnipotencia no queda ni rastro, el pecado parece ser mucho más fuerte que él; por eso, sus seguidores siempre toman la iniciativa: se llenan de medios y se autosugestionan para redoblar sus esfuerzos en la lucha contra el pecado. Pero tropiezan, las buenas intenciones les duran algunos días o semanas hasta que incurren en lo mismo de siempre. ¡Y la mezquina divinidad que adoran hace fiesta!, porque nadie se acuerda de ella mientras dura el combate voluntarista. El nombre del dios de los dramáticos se pronuncia solo cuando se saborea la culpa y aparece la necesidad — fundamentalmente psicológica — de recibir el perdón, y así poder recomenzar este ciclo des-graciado.