Rodolfo Herrera Pérez

Una de las religiones de los pueblos mesoamericanos establecía alimentar a sus dioses con corazones aún palpitantes y derramar sobre sus efigies la sangre de los sacrificados para rendirles culto. La máxima expresión de estas prácticas la tenía el pueblo mexica que exigía cada vez más cautivos para las ceremonias en que se rendía culto a sus dioses, principalmente a Huitzilopochtli.

Al llegar los españoles en 1523 al centro de lo que ahora es México, encontraron una gama de pueblos sojuzgados o como enemigos de los mexicas, quienes creían en el retorno del dios Quetzalcóatl y al ver a los hombres barbados pensaron que el momento había llegado. Sin embargo, la ciudad que en un principio los recibió como visitantes distinguidos, luego fue tomada a sangre y fuego, y las antiguas creencias cayeron bajo el filo de la espada.

PRIMEROS MISIONEROS

Seguro fue un duro impacto para los indígenas, acostumbrados a ofrecer su sangre, cuando los primero misioneros franciscanos les empezaron a hablar sobre el Hijo de Dios, que pedía corazones, sí, pero no ofrecidos aún palpitando para alimentarlo, si no convertidos e incendiados de amor por Él para alojarlo, y que a cambio Él había derramado su sangre para borrar las culpas cometidas por cada uno, lavarlos y salvarlos.

En ese choque de dos culturas es lógico pensar que hubo imposición de una nueva religión y que fue necesario el uso de las armas, castigos y destrucción de templos e imágenes; pero a medida que la evangelización se fue extendiendo y hubo más conocimiento de la palabra de Dios, es seguro que se haya dado la conversión, al amparo de los frailes.

APARICIONES GUADALUPANAS

No olvidemos el milagroso acontecimiento de las apariciones guadalupanas, imagen llena de simbolismo que entendieron los indígenas: una doncella parada sobre la luna, es decir sobre México; en oración, pues tiene una rodilla flexionada para bailar; ataviada con un vestido rojo, como la sangre, y bordado con el símbolo del cerro; cubierta con un manto verde, del color del jade, y lleno de estrellas; rodeada por los rayos del sol; sobre su vientre el cinturón de las embarazadas y el símbolo del dios por nacer; con las manos juntas haciendo una casita, para acoger a sus hijos, y ella llevada por un mensajero. Esa Señora era más grande que todos los astros, y los había puesto en armonía, pues antes estaban en constante enfrentamiento; y sus palabras constataban que era la Madre del Único Dios por quien se vive.

Es así como Santa María de Guadalupe contribuyó en la conversión de nuestros ancestros y sigue siendo pilar importante en la evangelización de las nuevas generaciones, para conocer al Dios de la Civilización del Amor.