San Joaquín y Santa Ana

Cada 26 de julio se celebra en la Iglesia Católica la fiesta de los padres de la Santísima Virgen María y abuelos de Jesús, San Joaquín y Santa Ana.

Ambos santos, llamados patronos de los abuelos, fueron personas de profunda fe y confianza en Dios; y los encargados de educar en el camino de la fe a su hija María, alimentando en ella el amor hacia el Creador y preparándola para su misión.

Benedicto XVI, un día como hoy en 2009, resaltó -a través de las figuras de San Joaquín y Santa Ana-, la importancia del rol educativo de los abuelos, que en la familia “son depositarios y con frecuencia testimonio de los valores fundamentales de la vida”.

En el 2013, cuando el Papa Francisco se encontraba en Río de Janeiro (Brasil) por la Jornada Mundial de la Juventud Río 2013, y coincidiendo su estadía con esta fecha, destacó que “los santos Joaquín y Ana forman parte de esa larga cadena que ha transmitido la fe y el amor de Dios, en el calor de la familia, hasta María que acogió en su seno al Hijo de Dios y lo dio al mundo, nos los ha dado a nosotros. ¡Qué precioso es el valor de la familia, como lugar privilegiado para transmitir la fe!”.

Santa Verónica

En julio de 1727 fue sepultada esta mujer que de pequeña daba muestras de llegar a ser cualquier otra cosa, menos una santa. Porque su temperamento era sumamente vivaz y fuerte, y sus bravatas ponían en desorden toda su casa. Pero la gracia de Dios obró en ella una transformación que nadie se imaginaba iría a suceder.

Hija de la prestigiosa familia Julianis, que ocupaba puestos de importancia, nació en Urbino (Italia), en 1660. De pequeñita era tremendamente inquieta y solamente su padre le tenía la suficiente paciencia para aguantarle. Era la menor de siete hermanas, y muy niña quedó huérfana de madre. Su defecto principal era el querer imponer sus ideas y caprichos a los demás. Y así un día invitó a sus hermanas a que la acompañaran a rezar el rosario, junto a un altarcito de la Virgen que ella se había fabricado, y como ellas no quisieron ir, arremetió a patadas contra las costuras que las otras estaban haciendo y telas y costuras rodaron por las escaleras abajo.

Ya desde muy niña sentía una gran compasión por los pobres, y a los seis años regalaba su merienda a pobres mendigos y dejaba su abrigo de lana a pobrecitos que tiritaban de frío. Su padre daba suntuosos convites con muchos invitados y allí se repartían muchísimos dulces y confites. A ella le parecía que eso no era necesario porque los invitados tenían suficientes dulces en sus casas. Entonces se iba a escondidas a las mesas y sacaba y sacaba dulces y los echaba entre un talego, para repartirlos después entre los niños pobres. Sus hermanas se quedaban después aterradas de que los dulces de las mesas se hubieran acabado tan pronto.

Tenía una especialísima devoción a la Virgen Santísima y al Divino Niño Jesús y en su altarcito les rezaba día por día. Y una tarde, mientras les estaba hablando con todo fervor, le pareció que ambos le sonreían. Era una verdadera aprobación a los esfuerzos que ella estaba haciendo por volverse mejor. Desde ese día sintió un entusiasmo nunca antes tenido, respecto de la santidad.

A los 11 años descubre que la devoción que la va a llevar al fervor y a la santidad es la de Jesús Crucificado. La de las 5 heridas de Jesús en la cruz. Desde entonces su meditación continua es en la Pasión y Muerte de Jesús.

Como su fama de santidad era muy grande, dos hermanas suyas que eran religiosas clarisas, le pidieron algún objeto suyo para emplearlo como reliquias. Ella como en chanza, fabricó una muñequita de trapo, muy parecida a su persona y la vistió de monjita capuchina, y se la envió. Más tarde, cuando muera, bastará tocar con esta muñequita algunos enfermos, y se curarán, por la intercesión de la santa.

Por orden de su confesor escribió su autobiografía, y por eso sabemos muchos datos curiosos de su vida.

Al cumplir sus Bodas de Oro de profesión religiosa, después de haber vivido cincuenta años como una fervorosa y santa capuchina, sintió que sus fuerzas le faltaban. Sufrió una apoplejía (o derrame cerebral) y murió el 9 de julio de 1727.

María Teresa Ledóchowska, Beata

Fundadora de las Misioneras de S. Pedro Claver en 1894. Recorrió Europa entera y fue capaz de comprometer y sensibilizar en la empresa a los ricos y a los pobres, a los librepen­sadores y los creyentes, a las autorida­des religiosas y a las civiles.

Su palabra sencilla y su pluma no se detuvieron ni ante los recha­zos ni ante los triunfos.

Nació en 1863 en Loosdorf, Austria, hija primogénita del Conde polaco Anto­nio Ledóchowski y de la Condesa suiza Josefina Salis-Zizers. Tuvo una educa­ción muy selecta y aristocrática. Su am­biente familiar fue piadoso. Su her­mana menor, Úrsula, fundó una instituto de Ursu­linas y su hermano fue General de los Jesuitas.

Desde 1882 se trasladó con sus pa­dres a vivir a Lipnica, cerca de Cracovia. Pasó unos años como dama de honor de la Duquesa de Toscana, Alicia de Borbón, quien la estimaba mucho. En 1888 conoció al Cardenal Lavigèrie, Arzobispo de Argel. Desde entonces se dedicó a luchar contra la esclavitud en Africa. En 1889, influida por Lavigèrie, fundó la revista “El Eco de Africa” y organizó una imprenta para editar publi­caciones religiosas misioneras. En 1891 dejó la vida en la Corte de la Du­quesa.

En 1894 León XIII la recibió en audien­cia y bendijo su idea de fundar un Institu­to misionero para luchar contra la escla­vitud en Africa. Se entregó de lleno a la obra. Concibió un núcleo de Hermanas consagradas, otro de miembros externos con promesa de servicio a las misiones de Africa y otro de celadores dispuestos a colaborar en todo lo que la obra de las misiones precise. Reclutó adeptas en Viena, en Estalingrado y en diversos lugares. Realizó viajes promo­viendo la obra y recorrió Viena, París, Cracovia, Breslava, Praga, Ins­bruck, Bolzano, Trieste… Su mensaje entusiasta cauti­vaba a las personas que la escu­chaban. En 1901 cayó enferma y hubo de trasla­darse a Roma, a la casa adquirida como sede central del Insti­tuto. Su vida quedó ya centrada en dirigir las obras misionales que iban surgiendo.

En 1908 el “Eco de Afri­ca” salía ya en nueve idiomas. Publi­có también “II Fan­ciullo negro”, en varios idiomas. En 1909 inició el Almanaque misionero. Práctica­mente circulaban por toda Europa. El Instituto se hacía cada vez más inter­na­cional y la Fundadora anima­ba las diver­sas activida­des para promo­ver el amor a las misio­nes y para recoger do­nativos. En 1922, el 6 de Julio, falleció, des­pués de breve enfermedad.

Fue Beatifi­cada el 19 de Octubre de 1975 por el Papa Pablo VI.

Además de sus artículos de revista y notas de con­feren­cias, dejó también algunos escritos: “Mi Polonia”, “Zaida, Drama misionero”.

Santo Tomás, Apóstol

Santo Tomás Apóstol era judío, pescador de oficio. Tuvo la bendición de seguir a Cristo, quien lo hizo apóstol el año 31.

Se le conoce a Santo Tomás por su incredulidad después de la muerte del Señor. Jesús se apareció a los discípulos el día de la resurrección para convencerlos de que había resucitado realmente.

Tomás, que estaba ausente, se negó a creer en la resurrección de Jesús: “Si no veo en sus manos la huella de los clavos y pongo el dedo en los agujeros de los clavos y si no meto la mano en su costado, no creeré”. Ocho días más tarde, cuando Jesús se encontraba con los discípulos, se dirigió a Tomás y le dijo: “Pon aquí tu dedo y mira mis manos: dame tu mano y ponla en mi costado. Y no seas incrédulo, sino creyente.” Tomás cayó de rodillas y exclamó: “Señor mío y Dios mío!” Jesús replicó: “Has creido, Tomás, porque me has visto. Bienaventurados quienes han creído sin haber visto.”

El Martirologio Romano, que combina varias leyendas, afirma que Santo Tomás predicó el Evangelio a los partos, medos, persas e hircanios, y que después pasó a la India y fue martirizado en “Calamina”. Conmemora el 3 de julio la traslación de las reliquias de Santo Tomás a Edesa. En el Malabar y en todas las iglesias sirias dicha fecha es la de la fiesta principal, pues el martirio tuvo lugar el 3 de julio del año 72.

Santa Eurosia

Santa Orosia o Eurosia. Se cree que nació en Bohemia, Bayona o España según la opinión de los distintos historiadores.

Los que creen que era de Bohemia dicen que la enviaron sus padres, los reyes Barivorio y Ludimila, a España para casarla con don Rodrigo.

Los que defienden que nació en Bayona, piensan que sus padres la manaron para que contrajera matrimonio con un príncipe español.

La primera opinión hay que rechazarla, ya que don Rodrigo no tuvo hijos, además, no siendo cristiana, mal podría avenirse el monarca español para casarse con ella.

La segunda tampoco es de fiar. La tercera pertenece a los padres Bolandos. Dicen que nació en España.

Fue durante el período de los musulmanes en la península. Ella vivía en Jaca entregada a la virtud, a la oración y a la penitencia.

Huyó de la ciudad por temor a las injurias que los moros hacían a las jóvenes cristianas.

Se fue a una cueva situada en lo más alto de la montaña. La descubrieron. Era tan bella que los soldados se la presentaron al general como el mejor regalo. El general le propuso que abandonase el cristianismo y se convirtiese al mahometismo, para , de esta forma, poder casarse con ella.

Rechazó la proposición. Y el mandatario, sin dudarlo, mandó que la degollaran. Era el 25 de junio del año 714. Sus restos están en la catedral de Jaca.

San Efren, Doctor de la Iglesia

El mejor triunfo de San Efrén es el que a él le debemos en gran parte la introducción de los cánticos sagrados e himnos en las ceremonias católicas. Por medio de la música, los himnos se fueron haciendo populares y se extendieron prontamente por todas las iglesias. Los himnos de San Efrén se hicieron famosos por todas partes.

Efrén nació en Nisibe, Mesopotamia (Irak) en el año 306. El afirma de sí mismo que de joven no le daba mucha importancia a la religión, pero que cuando le llegaron las pruebas y los sufrimientos, entonces así se dio cuenta de que necesitaba de Dios.

El santo narra que en un sueño vio que de su lengua nacía una mata de uvas, la cual se extendía por muchas regiones, llevando a todas partes racimos muy agradables y provechosos. Con esto se le anunciaba que sus obras (sus himnos y cantos) se iban a extender por muchas regiones, llevando alegría y agradabilidad.

El obispo lo nombró director de la escuela de canto religioso de su ciudad, y allí formó muchos maestros de canto para que fueran a darle solemnidad a las fiestas religiosas de diversas parroquias.

Los persas de Irán invadieron la ciudad de Nisibe, tratando de acabar con la religión católica, y entonces Efrén junto con gran número de católicos, huyeron a la ciudad de Edesa, y en esa ciudad pasó los últimos años de su vida, dedicado a componer sus inmortales poesías, y a rezar, meditar y enseñar religión a cuantos más podía. Dicen que la idea de dedicarse a componer himnos religiosos le llegó al ver que los herejes llevaban mucha gente a sus reuniones por medio de los cantos que allí recitaban. Y entonces Efrén dispuso hacer también muy simpáticas las reuniones de los católicos, por medio de himnos y cánticos religiosos, y en verdad que logró conseguirlo.

Para mejor inspirarse, nuestro santo buscaba siempre la soledad de las montañas, y en los sitios donde santos monjes y eremitas vivían en oración y en continuo silencio. Allí lejos del remolino de la vida social, le llegaba mejor la inspiración de lo alto.

Pero el obispo de Edesa al darse cuenta de las cualidades artísticas del santo lo nombró director de la escuela de canto de la ciudad y allí estuvo durante 13 años (del 350 al 363) formando maestros de canto para las parroquias. Y sus himnos servían en las iglesias para exponer la doctrina cristiana, alejar las herejías y los vicios, y aumentar el fervor de los creyentes. Y aun hoy sus composiciones poéticas siguen siendo de grandísimo provecho para los lectores. El expone las enseñanzas de la religión católica demostrando gran admiración por nuestros dogmas, o grandes verdades de la fe.

Dicen los historiadores que cuando hablaba de la segunda venida de Cristo y el día del juicio final, empleaba una elocuencia tan vigorosa que el pueblo estallaba en gemidos y sonoros llantos. Y en sus predicaciones consideraba como deber suyo principalísimo prevenir y preparar al pueblo para que nadie se dejara engañar por los errores de las sectas.

Los herejes se quejaban de que los muy bien ensayados coros de Efrén en los templos católicos atraían tantos devotos, que los templos de las sectas se quedaban vacíos.

La humildad de San Efrén era tan grande que se creía totalmente indigno de ser sacerdote (Aunque las gentes lo consideraban un gran santo, y su vida era la de un fervoroso monje o religioso). Por eso prefirió quedarse de simple diácono.

La última vez que tomó parte en los asuntos públicos fue en el año 370 cuando hubo una gran carestía y una pavorosa escasez de alimentos. Los ricos habían acaparado los alimentos y se negaban a repartirlos entre los pobres por temor a que se aprovecharan los avivados. Entonces San Efrén se ofreció de mediador y como a él si le tenían total confianza, organizó un equipo de entrenados distribuidores y logró llevar cuantiosos alimentos a las gentes más necesitadas. En una grandísima epidemia organizó un grupo de 300 camilleros y con ellos recogía a los enfermos y los llevaba a sitios especiales para tratar de conseguir su curación. Uno de sus biógrafos comenta: “Estas dos labores fueron dos ocasiones formidables que Dios le dio a nuestro santo, para que se ganara dos bellísimas coronas más para la eternidad: la de calmar el hambre de los más pobres y la de devolverles la salud a los enfermos más abandonados”. Seguramente al llegar al cielo, habrá oído de labios de Jesús aquella bellísima frase que El prometió que dirá un día a los que ayudan a los pobres y enfermos: “Estuve enfermo y me fuiste a visitar: tuve hambre y me diste de comer. Ven al banquete preparado desde el comienzo de los siglos”. (Mt. 25,40)

De San Efrén se conservan 77 himnos en honor de Cristo, de la Virgen Santísima y de los temas más sagrados de la religión católica. Su admiración inmensa hacia los sufrimientos son verdaderamente admirables y conmovedoras. Con razón las gentes lloraban cuando lo escuchaban o cuando leían sus emocionantes escritos. Por Jesús y por María tenía los más profundos sentimientos de simpatía y admiración. A María la llama siempre “Madre de Dios”.

Su muerte sucedió probablemente en junio del año 373.