¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?

¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?

El camino que Jesús recorre con sus discípulos hacia Jerusalén es el camino de la cruz, marcado por sus enseñanzas sobre el destino que le espera allá para cumplir el designio salvífico, la voluntad del Padre que Jesús asume absolutamente como el Hijo y el Siervo obediente y, en consecuencia, por la enseñanza sobre las exigencias del discipulado: “si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Cfr. 8,34-38; 9,33-37; 10,35-45). Los discípulos no comprenden el significado de la enseñanza de Jesús y, como Marcos nos informa, “temían preguntarle” (ephobóunto autón eperōtēsai, Cfr. 9,32). Por el contrario, los fariseos han puesto a prueba a Jesús “preguntándole” sobre el divorcio, como escuchamos el domingo pasado (pharisáioi epērōtōn autón, Cfr. 10,2-16). Hoy escuchamos este episodio (10,17-30) en el que un hombre desconocido, rico, se acerca a Jesús con un interés urgente muy particular, para “preguntarle” (epērōta autón) sobre la conducta necesaria “para heredar la vida eterna” (hína zōēn aiōnion klēronomēsō). “En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó corriendo un hombre, se arrodilló ante él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?» Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, no cometerás fraudes, honrarás a tu padre y a tu madre»”. Quien se acerca corriendo a Jesús es simplemente “uno” (héis): un individuo cualquiera que se postra ante Jesús para indicar su necesidad (Cfr. 1,40), en este caso, de alguien que lo guíe con autoridad – necesita un maestro. Por este motivo, habiendo escuchado acerca de Jesús, “que enseña con autoridad” (Cfr. 1,22.27), lo llama “maestro bueno” (didáskale agathé). Jesús remite a la bondad divina el título que se le atribuye: “nadie es bueno sino sólo Dios” (Cfr. Sal 100,5; 106,1; 118,1; 136,1; 145,9). Dios ha creado todas las cosas que, por eso, reflejan la bondad y belleza del Señor, que las hizo (Cfr. Gn 1,4).

 

VIDA ETERNA

La pregunta que este hombre plantea a Jesús es una pregunta ética – tiene que ver con el comportamiento, con la conducta recta y buena – pero también es una pregunta religiosa, porque lo que este hombre busca, su objetivo, no es simplemente el reconocimiento de su integridad moral o la satisfacción del deber, sino la “vida eterna” (Cfr. Veritatis Splendor 12), que consiste en una relación íntima y particular con Dios a través de su enviado, Jesús, el único capaz de enseñar con autoridad el camino del bien (Cfr. Jn 17,3). Esta vida eterna no se alcanza por propia iniciativa, ni es fruto de la disciplina moral o la ascesis: es, ante todo, un don gratuito divino – por eso se “hereda” (klēronomēsō), término que remite al don de la Tierra Prometida, que Dios da en posesión perpetua a su pueblo Israel, para que ahí pueda vivir en libertad conociendo, amando y sirviendo a Dios en el cumplimiento de sus mandamientos. Teológicamente en el Deuteronomio se establece una relación muy estrecha entre la observancia de los mandamientos – el don de la Ley – y la Tierra Prometida (Cfr. 5,32-6,3.10-13): el olvido del Señor, la desobediencia de sus mandamientos, será castigado con el exilio (Cfr. 28,36.63-65). En esta lógica, Jesús responde en primer lugar remitiendo a los mandamientos que rigen la relación con el prójimo y que, en realidad, suponen y expresan la relación con Dios (Cfr. Ex 20,12-16; Dt 5,16-20), citando al final el IV mandamiento del Decálogo: “honra a tu padre y a tu madre” (tíma tón patéra sou kái tēn mētéra), el único mandamiento al que va unida una promesa de vida y felicidad en la tierra que el Señor le da a su pueblo (Ex 20,12; Dt 5,16; Cfr. CatIgCat 2196-2200). Enseguida escuchamos la respuesta del hombre a la enseñanza de Jesús y la nueva respuesta del Maestro: “Entonces él le contestó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde muy joven». Jesús lo miró con amor y le dijo: Sólo una cosa te falta: «Ve y vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en los cielos. Después, ven y sígueme». Pero al oír estas palabras, el hombre se entristeció y se fue apesadumbrado, porque tenía muchos bienes”.

 

LOS MANDAMIENTOS

Las palabras de este hombre suenan presuntuosas: ¿quién puede decir, cabalmente, que ha cumplido los mandamientos? Es más, afirma que todo eso lo ha cumplido “desde muy joven” (ek neótētós mou). La mirada de Jesús penetra en lo más profundo de este hombre, contemplando el profundo deseo de perfección que le inspira, porque “lo miró con amor” (emblépsas autōi ēgápēsen autón). Es un hombre generoso porque, a diferencia de sus discípulos, que han sido llamados por Jesús, éste se ha acercado espontáneamente a Él buscando su enseñanza. Enseguida, Jesús le abre la perspectiva del discipulado (kái déuro akolóuthei moi), el camino exigente que conduce al Reino: el camino de la “perfección” de la vida cristiana (Cfr. Mt 5,48; Lc 6,36). Jesús redirecciona la pregunta ética y religiosa hacia el Reino y el discipulado – es preciso desprenderse de todo lo que estorba para seguir a Jesús, como lo han hecho los discípulos en su vocación: “dejándolo todo lo siguieron” (Cfr. 1,18.20). A pesar de su búsqueda espontánea, Jesús ha descubierto con su profunda mirada el apego al que este hombre debería renunciar para poder seguir el camino del Reino: su riqueza (Cfr. Mt 6,19-21; Lc 12,33). Incapaz de tal desprendimiento, el hombre se va “apesadumbrado” (lypóumenos), con los bolsillos llenos, pero habiendo perdido la oportunidad de ser discípulo de Jesús. El Reino de Dios no es algo que se obtenga con los propios recursos – se entra en él por medio de la conversión y la fe, pasando por la “puerta estrecha”, la única que lleva a la vida (Cfr. Mt 7,13-14). La vida eterna y la entrada en el Reino no se ganan, pero es preciso decidir, elegir: dejar algo, aunque valioso, para ir en busca de algo mucho más valioso.

De este caso particular Jesús propone una enseñanza para sus discípulos acerca de los peligros de la riqueza. Ahora la mirada de Jesús se dirige a sus discípulos (periblepsámenos… légei tóis mathētáis autóu). “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!” – Jesús señala la “dificultad” (dyskólōs), mas no la imposibilidad. La riqueza en sí misma no es un pecado, porque puede tener un origen honesto – el trabajo honrado, por ejemplo. El problema es el apego, como lo ha puesto en evidencia el caso del hombre rico que no pudo renunciar a sus bienes por el Reino de Dios. Los discípulos se sorprenden ante las palabras de Jesús – el texto litúrgico matiza la afirmación de Jesús explicitando una interpretación en este sentido: “¡qué difícil es para los que confían en las riquezas, entrar en el Reino de Dios!”. Jesús en realidad enfatiza el tema de la dificultad para entrar en el Reino, ampliando esta dificultad a todos, en una afirmación universal que abarca ricos y pobres y cualquier otra categoría sociológica: ¡para todos es difícil entrar en el Reino de Dios! El Reino pertenece a los pobres, a quienes sufren persecución por causa de la justicia (Cfr. Mt 5,1.10; Lc 6,20) y, en realidad, a cada una de las categorías enunciadas en las Bienaventuranzas, a quienes se hacen dóciles y obedientes, como los niños (Cfr. 10,14-15). Los discípulos captan la imagen hiperbólica con que Jesús expresa el centro de su enseñanza: la dificultad de entrar en la dinámica del Reino por la fe y la conversión, la dificultad del desprendimiento y el abandono en las manos del Padre en el seguimiento de Jesús pobre que exige pobreza a sus discípulos incluso al enviarlos a la misión (Cfr. 6,8-10) para que se vea claramente que el éxito de la misión no depende de los recursos humanos y materiales de que dispongan los enviados, sino de su confianza y su íntima unión con Jesús.

 

¿QUIÉN PUEDE SALVARSE?

Parece imposible que haya alguien dispuesto y capaz de tal renuncia, lo que hace a los discípulos exclamar: “Entonces, ¿quién puede salvarse?” (kái tís dýnatai sōthēnai?) – Sólo Dios, el único bueno y el único que puede señalar a los hombres el camino del bien, puede hacerlos capaces de tal generosidad y es también el único que salva: “Es imposible para los hombres, mas no para Dios. Para Dios todo es posible”. Todavía queda algo más por puntualizar: la llamada al seguimiento y el camino del discípulo no pueden entenderse en una dinámica del “do ut des” – “te doy para que me des”, como dice la antigua sentencia del Derecho Romano – sino en la dinámica de la gracia. No se trata de un intercambio ni una paga, como lo sugiere la pregunta de Pedro: “Entonces Pedro le dijo a Jesús: «Señor, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte». Jesús le respondió: «Yo les aseguro: Nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, dejará de recibir, en esta vida, el ciento por uno en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, junto con persecuciones, y en el otro mundo, la vida eterna»”. Pedro se ubica a sí mismo y a sus compañeros en el supuesto de la renuncia y la respuesta positiva a la llamada de Jesús – exactamente lo que el hombre rico no ha sido capaz de hacer. La respuesta de Jesús es una sentencia solemne – “Yo les aseguro” (amēn légō hymín): quienes hayan actuado así recibirán una recompensa generosa y desbordante, porque es el modo como Dios actúa con sus siervos. Dejarlo todo “por mí y por el Evangelio” (héneken emóu kái héneken tóu euangelíou) tendrá su recompensa “en esta vida” (nýn en tōi kairōi tóutōi) – una familia abundante, la Iglesia, y campos extensos, todo el mundo para evangelizar (Cfr. 16,15). Jesús deliberadamente añade “junto con persecuciones” (meta diōgmōn, Cfr. Mt 5,11-12): participar de la misión es una dicha, como lo será también sufrir persecución por causa de Cristo (Cfr. Hch 5,41) – sólo entonces los discípulos estarán en condiciones de recibir la “grande recompensa” (ho misthós hymōn polýs) “en el otro mundo, la vida eterna” (kái en tōi aiōni tōi erjoménōi zōēn aiōnion). La conclusión nos lleva nuevamente al tema de la “vida eterna”, a la que el hombre rico quería hacerse acreedor a través de una conducta determinada; no se consigue por el mérito propio, como si Dios le debiera algo a los hombres – como Pedro lo había entendido equivocadamente – ya que en realidad es un divino para quienes responden positivamente a la gracia de la vocación al discipulado, desprendiéndose de todo lo que estorbe su entrega confiada a la voluntad del Padre, siguiendo los pasos de Jesús.

Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre

Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre

El texto del Evangelio de Marcos que escuchamos este domingo (10,2-16) es de tono polémico: desde el principio, la intención de los “fariseos” (pharisáioi epērōtōn autón), a quienes ya hemos encontrado como adversarios de Jesús, acosándolo y cuestionándolo (Cfr. 2,16.18.24; 3,6; 7,1.3.5; 12,13), es “ponerlo a prueba” (peirázontes autón, Cfr. 1,13), como lo hace también Satanás. “En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa?». El contenido de la pregunta es un tema candente en el debate rabínico contemporáneo de Jesús y también en nuestros días – “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa?” (ei éxestin andrí gynáika apolýsai). En la legislación mosaica estaba previsto el divorcio (Cfr. Dt 24,1-4). Muchas discusiones se centraban en las causales válidas del divorcio y, por lo tanto, en la interpretación de esta expresión hebrea: ‘erwat dābār (“carencia de algo”/“una cosa vergonzosa” LXX), no en la licitud de divorcio. El trasfondo de la pregunta no es una simple discusión académica, sino una cuestión política: debemos recordar que la causa original de la muerte del Bautista es la denuncia de la unión ilegítima entre Herodes y Herodías, la mujer de su hermano Filipo (Cfr. 6,17-29). Juan había dicho claramente a Herodes que “no te es lícito tener la mujer de tu hermano” (ouk éxestín soi éjein tēn gynáika tóu adelphóu sou) – éste es el principio del enfrentamiento que llevó a su condena a muerte por decapitación. La pregunta de los fariseos es un eco de este conflicto: preguntan sobre la licitud del divorcio y no sobre las causales que lo justifican para involucrar a Jesús en un conflicto político.

Volverán a la carga de una manera similar cuando pregunten sobre la licitud del pago del impuesto (Cfr. 12,13-17). Jesús comienza a responder la pregunta desde la perspectiva exegética: “¿Qué les prescribió Moisés?” (tí hymín enetéilato Mōÿsēs?), remitiéndose a la máxima autoridad – la Tôrāh escrita, sin entrar en las discusiones de escuela y el debate rabínico. Los fariseos responden con la práctica común, que se desprende del texto citado del Deuteronomio: el divorcio es una concesión – algo “permitido” (epéthepsen) – que prescribe escribir un “acta de divorcio” (biblíon apostasíou) y proceder a despedir a la mujer. Enseguida, Jesús propone su propia interpretación de la legislación mosaica “con autoridad”: el divorcio no es una institución legal querida por Dios, sino tolerada por Moisés “debido a la dureza del corazón de ustedes” (prós tēn sklērokardían hymōn). “Sklērokardía se desconoce en el griego profano; sale en los LXX: Dt 10,16; Eclo 16,10; Jer 4,4 (el equivalente hebreo es ‘ōrlat lēbāb), y fuera de esto sólo en el NT (Mc 10,5 par; 16,14; análogamente: Rom 2,5) y en escritores de la antigüedad cristiana. Dureza del corazón es la cerrazón del hombre centrado en sí mismo frente a Dios, su ofrecimiento y sus exigencias, y lo mismo cara al prójimo. El hombre posee por naturaleza un corazón duro como la piedra, separado de Dios y del prójimo, hasta que se le dé un corazón nuevo, obediente (cf. Ez 36,26s)” (Sorg, “Corazón”, DTNT I, 341). Sin invocar la autoridad de la tradición rabínica, Jesús se remonta hasta “el principio” (apó de arjēs): la interpretación correcta de los relatos de los orígenes, contenidos en las primeras páginas del libro del Génesis (bǝrē’šît/en arjēi, Gn 1,1). Jesús se remite al proyecto original de Dios quien, “al crearlos, los hizo hombre y mujer” (ársen kái thēly epóiēsen autóus). “La antropología cristiana tiene sus raíces en la narración de los orígenes tal como aparece en el Libro del Génesis, donde está escrito que «Dios creó al hombre a su imagen […], varón y mujer los creó» (Gen 1,27).

 

HOMBRE Y MUJER

 

En estas palabras, existe el núcleo no solo de la creación, sino también de la relación vivificante entre el hombre y la mujer, que los pone en una unión íntima con Dios. El sí mismo y el otro de sí mismo se completan de acuerdo con sus específicas identidades y se encuentran en aquello que constituye una dinámica de reciprocidad, sostenida y derivada del Creador. Las palabras bíblicas revelan el sapiente diseño del Creador que «ha asignado al hombre como tarea el cuerpo, su masculinidad y feminidad; y que en la masculinidad y feminidad le ha asignado, en cierto sentido, como tarea su humanidad, la dignidad de la persona, y también el signo transparente de la ‘comunión’ interpersonal, en la que el hombre se realiza a sí mismo a través del auténtico don de sí». Por lo tanto, la naturaleza humana, para superar cualquier fisicismo o naturalismo, debe entenderse a la luz de la unidad del alma y el cuerpo, «en la unidad de sus inclinaciones de orden espiritual y biológico, así como de todas las demás características específicas, necesarias para alcanzar su fin»” (Congregación para la Educación Católica, “Varón y Mujer los Creó”. Para una vía de diálogo en la cuestión del gender en la educación [2 febrero 2019] 31-32). Dios ha creado a la pareja humana y ha constituido a la persona con una identidad sexuada orientada a la íntima complementación de vida y misión: el hombre y la mujer, diferentes pero complementarios, de la misma dignidad, están llamados a completar la imagen de Dios que es amor y da vida. La profunda e íntima comunión de vida y amor de la pareja humana exige una madurez suficiente para el desprendimiento de la familia de origen para que el hombre esté en condiciones de “unirse a su esposa y ser los dos una sola cosa” (kái proskollēthēsetai prós tēn hynáika autóu). “Dejar a su padre y a su madre” – exigencias muy similares a las que implica el discipulado: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí” (Cfr. Mt 10,37-39). No se trata de despreciar a los propios padres – habiendo un mandamiento que nos pide “honrarlos” (Cfr. Ex 20,12) – porque, después de Dios, ellos nos han dado la vida, sino de ubicar en su propio lugar cada amor que ayuda a integrar una personalidad humana madura. Madurez significa ser dueño de sí mismo para poder realizar el acto de libertad más grande, que es entregarse completamente por amor y comprometerse con otra persona – el amor hace libres al hombre y a la mujer para entregarse recíprocamente cada día.

 

UNA SOLA CARNE

 

Como consecuencia de esta íntima complementación psicológica, afectiva y sexual, el hombre y su mujer se convierten “en una sola carne” (eis sárka mían) sin disolver su individualidad, sin confundir su respectiva personalidad, sin renunciar a su propia dignidad, sino complementándose a nivel existencial. “Carne y sangre” hacen referencia a un parentesco estrecho, cercano (Cfr. Gn 2,24; 1Sam 5,1). Jesús resume solemnemente el contenido de su enseñanza con autoridad sobre el tema en un principio fundamental: “Por eso, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre” (ho óun ho Theós synézeuxen ánthrōpos mē jōrizétō) – Dios consagra con un sacramento especial el amor esponsalicio de la pareja humana para hacerlo espiritualmente fecundo y convertirlo en un camino de santificación para los cónyuges, que así ven fortalecidos los lazos del amor que los llevan a la celebración del matrimonio pero, como todo don de gracia, la vivencia del matrimonio cristiano exige de los esposos las disposiciones previas necesarias y la permanente voluntad de honrar los compromisos adquiridos, es decir, el amor, el respeto y la fidelidad que implica el don libre y absoluto que han hecho de sí al cónyuge propio. Ya como un corolario, Marcos añade la enseñanza de Jesús a sus discípulos “en casa” (eis tēn oikían pálin), ya que ellos también “le preguntaron” (epērōtōn autón): ahora se completa la enseñanza sobre el matrimonio y el divorcio con el tema del adulterio – “Si uno se divorcia de su esposa y se casa con otra, comete adulterio contra la primera (moijátai ep’autēn). Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio (moijátai)”. En estas palabras de Jesús se basa la enseñanza y la disciplina de la Iglesia sobre los divorciados vueltos a casar (Cfr. CatIgCat 1650). El Santo Padre, Papa Francisco, ha señalado que la tarea pastoral de la Iglesia, como Madre amorosa, es “acompañar, discernir e integrar la fragilidad” respecto a las personas que viven situaciones matrimoniales irregulares (Amoris Laetitia [10 marzo 2016] 293-312): se trata de ofrecer acompañar el camino de fe de las personas que sufren, ayudándoles a discernir la voluntad de Dios en sus vidas para reconstruir su identidad cristiana con la misericordia y la exigencia del Evangelio – un camino que puede ser doloroso y difícil, el único que ayuda verdaderamente a sanar.

 

LOS NIÑOS Y JESÚS

 

“Después de esto, la gente llevó a Jesús unos niños para que los tocara, pero los discípulos trataban de impedirlo. Al ver aquello, Jesús se disgustó y les dijo: «Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios es de los que son como ellos. Les aseguro que el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él».

Después tomó en brazos a los niños y los bendijo imponiéndoles las manos”. Este episodio concluye la enseñanza de Jesús sobre el servicio, en donde encontramos una escena similar, cuando Jesús pone “a un niño” (paidíon) en medio de los discípulos abrazándolo e identificándose con él: “El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe” (Cfr. 9,33-37). Concluye también la enseñanza sobre el matrimonio, ya que la apertura a la vida y la educación integral, humana y cristiana, de los niños, es un elemento propio de esta realidad – la familia humana se funda sólidamente sobre el matrimonio sacramento. La familia, y toda la comunidad cristiana, tiene la misión de acercar a los niños a Jesús, a través de la catequesis y el testimonio de vida. Ahora los niños no solamente son propuestos a los discípulos como objeto del cuidado amoroso y la acogida de quienes pretenden seguir a Jesús – ahora son modelo para los discípulos, que deberían asemejarse a ellos: “Les aseguro que el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (hós án mē déxētai tēn basiléian tóu Theóu hōs paidíon, ou mē eisélthēi eis autēn), ya que los niños son los únicos capaces de dejarse llevar dócilmente, de la mano de sus padres, sintiéndose seguros por la protección paterna, como deben hacerlo quienes invocan a Dios como “Padre” y la piden en la plegaria, “venga tu Reino”. Por último, Jesús “abraza” (enagkalisámenos autá, Cfr. 9,36) a los niños y “les impone las manos” (tithéis tás jéiras ep’autá), no porque estén enfermos y necesiten curación, sino como signo del amor misericordioso y el poder divino que “los bendice” (kateulogéi) – los niños son tocados por las manos de Jesús y reciben, así, la tierna caricia de Dios.

Todo aquel que no está contra nosotros, está a nuestro favor

Todo aquel que no está contra nosotros, está a nuestro favor

Continuando este domingo la lectura del Evangelio de Marcos (9,38-43.45.47-48) nos encontramos con dos temas diferentes, que de alguna forma prolongan la enseñanza de Jesús sobre el servicio que se desprende del segundo anuncio de la Pasión, que escuchamos el domingo pasado. En efecto, son los discípulos de Jesús quienes discutían por el camino acerca de quién era el mayor entre ellos – precisamente después de haber escuchado la enseñanza de Jesús sobre el destino que le espera al Hijo del Hombre. Enseguida, Jesús adopta la postura del maestro – “habiéndose sentado” – para convocar a “los Doce” y pronuncia la enseñanza sobre el servicio, ya que el verdadero sentido de la autoridad en la Iglesia es el servicio, y no hay más precedencia que la del amor: “si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos” (Cfr. 9,35). Ahora Jesús responde a un problema planteado por Juan, uno de los discípulos más cercanos a Jesús, testigo con Pedro y Santiago de la Transfiguración (Cfr. 9,2): “En aquel tiempo, Juan le dijo a Jesús: «Hemos visto a uno que expulsaba a los demonios en tu nombre, y como no es de los nuestros, se lo prohibimos». Pero Jesús le respondió: «No se lo prohíban, porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre, que luego sea capaz de hablar mal de mí. Todo aquel que no está contra nosotros, está a nuestro favor»”. Juan se refiere a Jesús con el título de Maestro (didáskale) – le plantea una situación particular sobre la que espera una respuesta definitoria de Jesús. Han visto a un hombre que expulsa demonios “en tu nombre” (en tōi onómatí sou). Los exorcismos forman parte de la manifestación del poder de la palabra de Jesús en su enseñanza y también sobre los espíritus impuros desde el principio: no olvidemos que el primer milagro de Jesús en el Evangelio de Marcos es la expulsión de un demonio en la sinagoga de Cafarnaúm, episodio en el que se manifiesta su identidad por boca del demonio – “Sé quién eres tú: el Santo de Dios” – y la gente expresa su reconocimiento: “¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad! (didaj kain kat’exousían) Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen” (1,27).

 

EXPULSANDO DEMONIOS

En el primer resumen de la actividad de Jesús en Galilea se señala que Jesús recorrió la región “predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios” (1,39). Cuando Jesús llama a los Doce y cuando luego los envía en misión, la expulsión de los demonios se enumera entre las tareas que les serán confiadas (Cfr. 3,15; 6,7.13), aunque no siempre podrán hacerlo de manera exitosa, por falta de fe y de oración (Cfr. 9,14-29). En ninguna de estas ocasiones se nos informa cómo hacen los discípulos de Jesús para expulsar a los demonios, qué fórmula usen o de qué rituales se valgan. Es muy probable que este exorcista anónimo y extraño (hóti ouk ēkolóuthei hēmín) haya tenido conocimiento de la fama creciente de Jesús y haya considerado suficiente invocar su nombre para obtener la liberación de los posesos (Cfr. Hch 19,13-17). Juan y los demás se sienten lesionados en sus prerrogativas como discípulos de Jesús, a quienes estaba reservado el uso de la potestad exorcista – Jesús responde con una gran libertad y generosidad: no es preciso pertenecer formalmente al grupo de los discípulos para hacer el bien, en este caso, para sanar y liberar a los que están sometidos al poder del demonio. En el Evangelio de Juan se nos cuenta un episodio similar, cuando los discípulos de Juan el Bautista le refieren la actividad que estaba realizando Jesús: “Fueron, pues, donde Juan y le dijeron: «Rabbí, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, aquel de quien diste testimonio, está bautizando y todos se van a él». Juan respondió: «Nadie puede recibir nada si no se le ha dado del cielo»” (3,26-27). En ambos casos se informa al “maestro” sobre una actividad considerada ilícita, motivados por celos profesionales y reclamos de exclusividad. La respuesta es similar en cuanto que tanto al Bautista como a Jesús lo que les importa es que se realice el plan de Dios: si Dios le concede a ese hombre extraño la potestad exorcista por la invocación del nombre de Jesús se está realizando entonces el plan divino, al que los discípulos de Jesús no deben oponerse prohibiéndole el ejercicio del servicio a un desconocido. A los discípulos se les ha confiado una tarea y el poder necesario para realizarla, pero el único Maestro y Señor es Jesús – el único que llama y envía con autoridad: los discípulos no son dueños del carisma. La identidad del verdadero discípulo no está en la predicación y en la realización de exorcismos, sino en la obediencia a la voluntad del Padre para hacer el bien (Cfr. Mt 7,21-23). Jesús zanja definitivamente la cuestión enunciando un principio de discernimiento de tono sapiencial: “Todo aquel que no está contra nosotros, está a nuestro favor” (hós gár ouk éstin kath’hēmōn, hypér hēmōn estin).

 

ENSEÑANZA CARITATIVA

Aquí se inserta el principio de la enseñanza sobre la manera caritativa de tratar a los discípulos – “a los que son de Cristo” (hóti Xristóu este): “Todo el que les dé a beber un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo, les aseguro que no se quedará sin recompensa. Al que sea ocasión de pecado para esta gente sencilla que cree en mí, más le valdría que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar. Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela; pues más te vale entrar manco en la vida eterna, que ir con tus dos manos al lugar de castigo, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo; pues más te vale entrar cojo en la vida eterna, que con tus dos pies ser arrojado al lugar de castigo. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo; pues más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al lugar de castigo, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”. Aquí encontramos un fuerte contraste entre la “recompensa” (misthón) prometida a quien la diese de beber a los discípulos de Jesús y el castigo con que se amenaza a los responsables del escándalo: “más le valdría que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar”. “Dar de beber” (potísēi) es un acto humanitario y caritativo – una obra de misericordia (Cfr. CatIgCat 2447) – dirigido a los sedientos, a los indigentes, identificados con Cristo, que serán materia del juicio final (Cfr. Mt 25,35.37). Por el contrario, “escandalizar” (skandalísēi) a uno de los “pequeños que creen en mí” (héna tōn mikrōn tóutōn tōn pisteuóntōn eis emé), merece pagar con la vida su pecado. El “escándalo” es, en efecto, un impedimento, un tropiezo puesto en el camino de la fe de los sencillos porque les aparta de Cristo (Cfr. CatIgCat 2284-2285). Enseguida, Jesús pasa del escándalo que es ocasión de pecado para los pequeños y sencillos a la ocasión de pecado que los propios miembros representan para la persona, el “escándalo” que brota de su propia concupiscencia: “tu mano” (hē jéir sou), “tu pie” (ho póus sou), “tu ojo” (ho ophthalmós sou) – partes integrales del cuerpo humano, dotados de un enorme valor para una vida plena y feliz, ya que verse privado de cualquiera de ellos implica un grave detrimento de la calidad de vida. Jesús se mostrará siempre sensible y disponible para curar la condición de aquellos que sufren por una carencia física, curándolos y devolviéndoles la dignidad necesaria para vivir en plenitud. En la curación del hombre de la mano seca, Jesús lo coloca “en el centro” (eis tó méson) para indicar que el centro de la mirada de Dios no está la observancia vacía e inmisericorde de los mandamientos, sino la compasión y la ayuda al necesitado – su gesto le atraerá la animosidad y la confabulación de fariseos y herodianos para matarlo (Cfr. 3,1-6). Jesús cura a un paralítico (Cfr. 2,1-12) y al ciego de Betsaida (Cfr. 8,22-26) como un signo de su poder que sana integralmente al hombre y le dispone a ser testigo y discípulo del Reino, contemplando las maravillas que Dios realiza en Jesús y caminando con Él rumbo a su Reino. La vida plena que Jesús promete a sus discípulos implica renuncias exigentes: “el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda por mí y por el Evangelio la salvará” (Cfr. 8,35). Valiéndose de una hipérbole – una figura literaria basada en la exageración – Jesús nos dice que esa vida que Él promete, su Reino, vale más que la misma integridad física (Cfr. Mt 5,29-30).

 

TENTACIONES

Estos dichos de Jesús no se refieren únicamente a las tentaciones de tipo sexual, ni implican un desprecio del cuerpo, obra de Dios que debe ser valorada y atendida con cuidado (Cfr. 1Cor 6,15-17). Cuidar nuestras acciones, nuestras miradas y deseos, nos servirá para entrar en el Reino de Dios (eiselthéin eis tēn basiléian tóu Theóu), mientras que dejarnos llevar por las ocasiones de pecado nos llevará a “ser arrojado – por Dios – al lugar de castigo” (blēthēnai eis tēn géennan, Cfr. CatIgCat 1034). El v. 48 es una adaptación de Is 66,24: la última frase del Libro de Isaías – el castigo a los rebeldes contra Dios será la muerte y en sus cadáveres se podrán ver los signos de la putrefacción, “el gusano no muere” (ho skōlēx autōn ou teleutāi) y “el fuego que no se extingue” (tó pýr ou sbénnytai, Cfr. Am 1,4.7.10; 2,2.5), elemento tradicional que significa el castigo divino. Es mucho lo que está en juego en estos dichos sapienciales y proféticos de Jesús sobre el escándalo: lo único que puede conducirnos a la vida eterna – al Reino – es la adhesión a Jesús. El escándalo, que es ocasión de pecado que extravía a los sencillos del camino de la fe, ha de ser evitado a toda costa porque nada de lo que podamos experimentar o realizar en este mundo, por placentero y satisfactorio que sea, puede compararse con la plenitud de vida que nos espera en el Reino. A nivel personal, el discipulado, la vida cristiana, exige de nuestra parte una ascesis, una vigilancia permanente sobre nuestros sentidos y deseos, no para eliminarlos, sino para encauzarlos al único objeto valioso y adecuado que les corresponde: Jesús, sus palabras y hechos, su Evangelio de vida y el camino del Reino.

Si alguno quiere ser el primero, que sea el

Si alguno quiere ser el primero, que sea el

La segunda parte del Evangelio de Marcos, desde el punto de vista narrativo y teológico, es el camino de Jesús hacia la cruz y de los discípulos con Él. El domingo pasado escuchamos en la lectura del Evangelio el punto de inflexión del Evangelio: la pregunta de Jesús a sus discípulos sobre su propia identidad, seguida del primer anuncio de la Pasión-Resurrección y la advertencia sobre el seguimiento de Jesús que se desprende del intento de Pedro de disuadirlo (8,27-38). La Transfiguración (9,2-10) representa un intento de Jesús de apartar de sus discípulos el escándalo de la cruz, completando el tema de la revelación de su identidad – “Este es mi Hijo amado, escúchenlo” – y su destino: “y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos”, aunque los discípulos aún son incapaces de comprender qué significa “resucitar de entre los muertos”. La pasión y la cruz son el único camino hacia la resurrección y la vida eterna con Jesús. “A la subida (9,2) corresponde el descenso (9,9), que significa también el regreso a las circunstancias de la vida ordinaria. La iniciativa es nuevamente de Jesús, el cual ordena callar a los tres discípulos. Hasta la resurrección del Hijo del Hombre de entre los muertos ellos no deben referir a nadie lo que han visto.

 

IDENTIDAD DE JESÚS

La última orden de callar se refería a la identidad de Jesús, como había sido declarada por Pedro (8,30); ahora se trata de aquello de lo que sobre el monte los tres discípulos han tenido experiencia respecto a Jesús. Pero esta vez se pone un límite a su silencio: la resurrección del Hijo del Hombre de entre los muertos” (Stock, Marco [2003] 171). El episodio de la expulsión del demonio que atormentaba al muchacho epiléptico (9,14-29) pone en evidencia la debilidad de los discípulos y el poder de Jesús, al mismo tiempo que el poder de la fe y de la oración, condición indispensable para el milagro la primera, mientras que la segunda es la única capaz de expulsar a tales demonios. La fe es un don cuyo crecimiento debe pedirse, como lo hace el padre del joven ante el reproche de Jesús. Así se llega al segundo anuncio de la Pasión-Resurrección y su prolongación en la enseñanza sobre la grandeza y el servicio, que hoy escuchamos (9,30-37). “En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaban Galilea, pero él no quería que nadie lo supiera, porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: «El hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le darán muerte, y tres días después de muerto, resucitará». Pero ellos no entendían aquellas palabras y tenían miedo de pedir explicaciones”: éste es el primer momento de la enseñanza de Jesús, mientras Él y sus discípulos “iban caminando a través de Galilea” (pareporéuonto diá tēs Galiláias). Jesús no desea ser reconocido porque se está dedicando a la enseñanza de sus discípulos en privado. Una vez más, el anuncio de la Pasión es caracterizado como “enseñanza” (edídasken, Cfr. 8,31), interpretando las Escrituras con autoridad, refiriéndolas al destino de sufrimiento y exaltación que le espera – la presencia de Moisés y Elías, representantes de la Ley y los Profetas en la escena de la Transfiguración, representan este testimonio y argumento escriturístico: Lucas nos revelará el contenido de la conversación que sostienen entre ellos – “hablaban de su partida (élegon tēn éxodon autóu), que iba a cumplir en Jerusalén” (Cfr. 9,30-31). La enseñanza de Jesús es breve e incisiva: “El hijo del hombre va a ser entregado (ho hyiós tóu anthrōpou paradídotai) en manos de los hombres; le darán muerte (kái apoktenóusin autón), y tres días después de muerto, resucitará (kái apoktanthéis metá tréis hēméras anastēsetai)”. “Por el contenido, esta segunda predicción es la más breve. La parte conclusiva es casi igual en las tres predicciones (8,31; 9,31; 10,33-34): se refiere al asesinato del Hijo del Hombre, y dice que él resucitará después de tres días. La primera predicción ponía en relieve la actividad del sanedrín (8,31), y la tercera referirá muchos particulares sobre los protagonistas y sus acciones (10,33-34). En contraste, la segunda dice muy secamente: «El Hijo del Hombre es entregado en las manos de los hombres». Es lo que Jesús repetirá casi literalmente poco antes de su captura: «El Hijo del Hombre es entregado en las manos de los pecadores» (14,41).

 

ASÍ DEBE SER

El pasivo del verbo se entiende como pasivo teológico y alude a la disposición de Dios. En 8,31 Jesús había dicho: «Así debe ser, corresponde a la voluntad de Dios…». También en 9,31 comunica que así ha establecido Dios” (Stock, Marco [2003] 178-179). Ya en la lista de los Doce se mencionaba a Judas Iscariote como “el mismo que le entregó” (hos kái parédōken autón, Cfr. 3,19; 14,44). Los hombres matarán a Jesús, pero Dios lo resucitará al tercer día (Cfr. 1Cor 15,3-8). Ante esta enseñanza los discípulos reaccionan con perplejidad – son incapaces de comprender en este momento el significado de las palabras de Jesús y la revelación sobre su destino (hoi dé ēgnóoum tó rhēma). Además, “tenían miedo de pedir explicaciones” (ephobóunto autón eperōtēsai), quizá porque han intuido, después del primer anuncio y la enseñanza sobre las exigencias del discipulado, que el destino de Jesús les atañe también a ellos. De ahí la importancia de la enseñanza sobre el servicio que sigue al segundo anuncio de la Pasión: “Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutían por el camino?» Pero ellos se quedaron callados, porque en el camino habían discutido sobre quién de ellos era el más importante. Entonces Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe. Y el que me reciba a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me ha enviado»”. En lugar de discutir sobre el significado de la enseñanza de Jesús y el sentido de sus palabras, los discípulos se han enfrascado en una estéril discusión sobre las precedencias humanas al interno del grupo. No han comprendido que para seguir a Jesús es preciso renunciar a las propias ambiciones mundanas para salvar la propia vida entregándola (Cfr. 8,34-36). Jesús vuelve a interrogar a sus discípulos (epērōta, Cfr. 8,27): “¿De qué discutían por el camino?” (tí en tēi hodōi dielogízesthe?). El “camino” es el camino de Jesús hacia Jerusalén y de los discípulos con Él, hacia la cruz, que simboliza en sí misma la plenitud del servicio y del amor, la entrega de sí mismo según la voluntad salvífica del Padre. De ahí el absurdo y la absoluta contradicción que significa discutir “en el camino” (en tēi hodōi) acerca de “quién es el más grande” (tís meizōn), cuando Jesús habla de sacrificio y obediencia a la voluntad divina – ahora el silencio no expresa perplejidad, sino vergüenza.

 

JESÚS A SUS DISCÍPULOS

Ahora Jesús no reprende a los discípulos: más bien les aclara las implicaciones de sus palabras anteriores sobre las exigencias del discipulado. Adoptando la postura propia del maestro – “habiéndose sentado” (kathísas, Cfr. Mt 5,1; 13,1; Lc 5,3; Jn 8,2) – Jesús llama a voces a los Doce y les habla claramente sobre el significado de la primacía en la comunidad de Jesús: “Si alguno quiere ser el primero (éi tis thélei prōtos éinai), que sea el último de todos y el servidor de todos (éstai pántōn ésjatos kái pántōn diákonos)”. El primado en el Reino de Dios sólo puede ser el del servicio – una enseñanza rotunda que echa por tierra cualquier ambición mundana y cualquier comprensión errónea de la autoridad en la Iglesia, como Jesús lo reiterará con ocasión del tercer anuncio de la Pasión, en base a su propio ejemplo: “tampoco el Hijo del Hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Cfr. Mc 10,41-45). Jesús concretiza enseguida el contenido del principio que ha enseñado a sus discípulos con un gesto ejemplar: “tomando a un niño (kái labōn paidíon), lo puso en medio de ellos (éstēsen autó en mésōi autōn), lo abrazó (kái enagkalisámenos autó)”. Jesús toma a un niño, símbolo de la indigencia y de lo inacabado, y lo coloca “en medio”: en el centro de la atención de los discípulos (Cfr. Mc 3,3), distraídos en las cuestiones de la primacía y el poder, en la misma posición donde Jesús está “en medio” de sus discípulos, “como el que sirve” (Cfr. Lc 22,27). Jesús abraza al niño como un gesto de amor efusivo y protector (Cfr. 10,16). Este “niño” (paidíon) es el modelo del “siervo” (en arameo talya) dócil, sin ambiciones propias que, al mismo tiempo, se identifica con Jesús: “El que reciba en mi nombre (epí tōi onómatí mou) a uno de estos niños, a mí me recibe” (Cfr. Mt 18,1-5). Jesús, siendo el Hijo amado (Cfr. 1,11; 9,7), no pierde la consciencia de ser “el enviado” para realizar el máximo servicio de dar la vida en rescate por muchos. Acoger al indigente, al desvalido y al pobre, identificado como Jesús (Cfr. Mt 25,34-40), es preciso para entrar en el Reino como auténtico discípulo: aquí no vale otra precedencia más que la del servicio amoroso. “Como es la vía directa hacia la comunión con Jesús y con Dios, así el servir es también la vía directa hacia la grandeza. No hay cosa más grande para un hombre que su comunión real con Jesús y con Dios; nada puede elevarlo más. A su modo, los discípulos buscan la máxima cercanía posible con Jesús; desean para sí los puestos a su derecha y a su izquierda (10,37). Jesús quiere abrirles los ojos, mostrándoles la vía que conduce, sin posibilidad de error, a tal meta. Les corresponde a ellos aceptar y seguir la vía de Jesús” (Stock, Marco [2003] 186). Es muy difícil para los discípulos comprender a Jesús: es el Mesías, el rey ungido, el salvador esperado por Israel y, sin embargo, no ha venido a ocupar una posición de privilegio o a disputar el poder a los grandes de este mundo. En lugar de prometer a sus seguidores puestos importantes y posiciones de poder, les exige renuncias radicales y servicio desinteresado, siguiendo el ejemplo que Él mismo les da. Jesús nos pide cambiar nuestra manera de pensar (Cfr. Mc 1,15) para mirar a los débil e indigentes con los ojos de Dios y descubrir, así, la grandeza del servicio, asemejándonos a Él, el siervo obediente a la voluntad del Padre.    

¡Tú eres el Mesías!

¡Tú eres el Mesías!

El tema de la identidad de Jesús es una línea conductora del Evangelio de Marcos desde el inicio: “Principio del Evangelio de Jesucristo (Iēsóu Xristóu), hijo de Dios (hyióu Theóu, Cfr. 15,39)” (1,1). En la medida en que asistimos a la manifestación de Jesús, de su predicación y sus milagros, se va poniendo en evidencia que la pregunta que está de fondo es sobre la identidad de Jesús: “¿Quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Cfr. 4,41). Esta pregunta la plantean los discípulos ante el milagro de la tempestad calmada, pero la gente debía también tener una opinión, al oír hablar de Él al extenderse su fama (Cfr. 1,28). Los discípulos son testigos privilegiados de la intimidad de Jesús al haber sido llamados a “estar con Él” (Cfr. 3,13-14), compartiendo las fatigas de la misión. Lógicamente, la estrecha cercanía de los discípulos les da la oportunidad de tener un conocimiento más profundo de Jesús para identificarse con Él y adquirir sus actitudes. Sin embargo, la respuesta que Pedro dará, haciéndose portavoz del grupo, no estará inspirada meramente en la experiencia humana que ha tenido de Jesús (8,27-35). “En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a los poblados de Cesarea de Filipo. Por el camino les hizo esta pregunta: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos le contestaron: «Algunos dicen que eres Juan el bautista; otros, que Elías; y otros, que alguno de los profetas». Entonces él les preguntó: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» Pedro le respondió: «Tú eres el Mesías». Y él les ordenó que no se lo dijeran a nadie”. Sin indicarnos la razón de su desplazamiento, Marcos nos informa que Jesús y sus discípulos, partiendo probablemente de Betsaida (Cfr. 8,22), se dirigen hacia el norte, “a las aldeas de Cesarea de Filipo” (eis tás kōmas Kaisaréias tēs Philíppou). Algunos identificarán enseguida el Hermón con el lugar de la Transfiguración: “un monte muy alto” (eis óros hypsēlón, Cfr. 9,2).

 

LOS DISCÍPULOS

 

El propósito de este viaje puede ser la instrucción de sus discípulos en privado, lejos de las multitudes que le asedian constantemente en Galilea; de hecho, a partir de 8,27 sólo aparecen en el relato Jesús y sus discípulos – salvo el v. 34 –, hasta que, bajando del monte de la Transfiguración para reunirse con el resto del grupo, ven “a mucha gente que los rodeaba y a unos escribas que discutían con ellos” (Cfr. 9,14). Así, el diálogo se desarrolla “en el camino” (en tēi hodōi): el camino de los discípulos con Jesús que se prolongará en el camino hacia Jerusalén y hacia la cruz (Cfr. 9,33-34; 10,32.52). Se trata de una metáfora del proceso difícil del seguimiento de Jesús en el que se experimenta la dificultad de la comprensión de su persona y su misión y el miedo de permanecer con Él. La primera pregunta (epērōta, v. 27) de Jesús tiene las dimensiones de un sondeo: ¿cuál es la opinión de la gente sobre Jesús? Aparentemente una opinión muy positiva, ya que lo consideran “uno de los profetas” (héis tōn prophētōn). “Uno” entre los profetas, quizá entre los grandes profetas, como Juan el Bautista (Cfr. 6,17-29) y Elías (Cfr. Mal 3,23-24; Mc 9,4-5), ambos precursores del juicio divino y testigos de la identidad del Mesías; de hecho, Juan el Bautista será identificado con Elías (Cfr. Mc 9,9-13; Jn 1,21). La segunda pregunta (epērōta, v. 29) es la verdaderamente importante para Jesús y para sus discípulos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” (hyméis dé tína me légete éinai?). Esta pregunta se dirige a la experiencia personal que los discípulos han tenido con Jesús – se les hace como grupo: “ustedes” – y será también la medida del compromiso que éstos tendrán con su Maestro. Con su acostumbrada concisión, Marcos nos refiere escuetamente la respuesta de Pedro, quien toma la palabra a nombre de todos: “Tú eres el Mesías” (sý éi ho Xristós). Así, sin más explicaciones ni pistas para profundizar en la comprensión de su afirmación, Pedro reconoce a Jesús como el Mesías.

 

IDENTIDAD DE JESÚS

Sin embargo, teológicamente para Marcos esta afirmación es muy importante, porque define la identidad de Jesús y su misión tan profundamente, que desde el principio se ha fundido con su nombre: “Jesu-cristo” (Cfr. 1,1). “El «Cristo» (en griego: christos), o el Mesías (en hebreo mashiah), significa el «Ungido». La unción era un acto decisivo en la entronización de un rey (cf. 1Sam 10,1; 16,13; 1Re 1,39). El «ungido» es el rey (cf. 15,32). Con su afirmación Pedro expresa la importancia que Jesús tiene para el pueblo de Israel. Lo reconoce como el rey que Dios, según las promesas mesiánicas (cf. 11,1-10, Zc 9,9), da a su pueblo; el rey que se ocupa como un pastor de este pueblo (cf. 6,34; 14,27; Zc 13,7), conduciéndolo a la plenitud de vida. Con esto se aclara también la diferencia entre las opiniones de la gente y la confesión de Pedro. La gente considera a Jesús un profeta, uno entre muchos; es también tarea primaria de los profetas el anuncio. Pedro reconoce a Jesús como el único y el último, el rey definitivo; después de él ya no vienen otros (cf. 12,1-12; Hb 1,1-2), y él no sólo es el portador de un anuncio, sino que cuida a su pueblo con todo su poder, y hace bien todas las cosas (cf. 7,37)” (Stock, Marco [2003] 155). La imposición absoluta de silencio con la que Jesús reacciona a la afirmación de Pedro no es una descalificación, sino la insinuación de la necesidad de completarla antes de proclamarla a las multitudes: es cierto que Jesús es el Mesías, el Ungido con la fuerza del Espíritu y enviado a Israel con una misión evangelizadora (Cfr. Is 11,1-9; 42,1-9; 61,1-9), pero la forma concreta de esta misión no es lo que el pueblo judío habría esperado – es la ocasión del primer anuncio de la Pasión. Los discípulos tendrán que dejar a un lado cualquier sueño de poder y gloria mundana (Cfr. 9,33-37; 10,35-45) para comprometerse en el “camino” con Jesús hasta la cruz y la resurrección. “Luego se puso a explicarles que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y resucitara al tercer día. Todo esto lo dijo con entera claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y trataba de disuadirlo. Jesús se volvió, y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro con estas palabras: «¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres»”: el primer anuncio de la Pasión (Cfr. 9,31; 10,32-34) desarrolla y complementa la revelación de la identidad de Jesús: es el Mesías siervo-sufriente que debe afrontar un destino trágico. “Es necesario” (déi): se trata de una necesidad histórico-salvífica, para que se cumpla el designio del Padre al que Jesús ha entregado plena y conscientemente toda su libertad (Cfr. 14,36).

 

LA PASIÓN

El anuncio de la Pasión es una “enseñanza” (ērxato didáskein autóus, Cfr. 9,31) de Jesús, basada en una interpretación particular y autorizada de la Sagrada Escritura. Pedro no puede comprender cómo es posible que Jesús, el Mesías, tenga que afrontar un destino como el que se les ha anunciado: “padecer mucho” (pollá pathéin), “ser rechazado” (apodokimasthēnai) por las autoridades del pueblo y, por último, “ser asesinado” (apoktanthēnai) y “resucitar al tercer día” (kái metá tréis hēméras anastēnai). En la persona de Jesús se conjugan el “Hijo del Hombre” – el Mesías celeste de Dn 7,13-14, “cuyo reino no será destruido jamás” – y el “siervo” sufriente de los cánticos del Deuteroisaías. Esta paradoja es inadmisible para Pedro, que trata de desviar a Jesús de su misión, “reprendiéndolo” (ērxato epitimán autōi): por eso Jesús a su vez lo “reprende” (epetímēsen) delante de los demás discípulos con las palabras más duras que encontramos en sus labios en todo el Evangelio – “¡Apártate de mí, Satanás!” (hýpage opísō mou, Sataná). En el evangelio se usa este verbo para referirse a la manera como Jesús “reprende” a los demonios al expulsarlos (Cfr. 1,25; 3,12; 9,25). Pedro se hace portavoz de un espíritu maligno, el espíritu que juzga humanamente a Jesús y su misión; por su parte, Jesús “exorciza” este espíritu maligno de Pedro y lo pone nuevamente en su lugar, “detrás de” Él, como discípulo. Jesús no engaña a sus discípulos con falsas promesas: les habla claramente (parrēsíāi tón lógon elálei) de su propio destino y les plantea con la misma claridad las exigencias del discipulado, que se desprenden de la “enseñanza” sobre el destino que le espera a Él: “Después llamó a la multitud y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará»”. Jesús convoca a “la multitud” (tón ójlon) juntamente con los discípulos para advertirles sobre las exigencias de su seguimiento porque estas exigencias no solamente atañen al grupo de los discípulos que ya están con Él, sino a cualquiera que quiera seguirlo: “si alguno quiere seguirme detrás de mí…” (éi tis thélei opísō mou akolouthéin…). Las condiciones son muy exigentes, comenzando con la “renuncia a sí mismo” (aparnēsásthō heautón), condición de posibilidad del discipulado auténtico: es preciso renunciar a las propias expectativas y proyectos, a los propios sueños y ambiciones, para adherirse plenamente a Jesús – como el Maestro, el discípulo también habrá de “vaciarse” de sí mismo para poder abrazar la cruz y disponerse a recorrer el camino de la Pascua con Él (Cfr. Flp 2,5-11).

 

CARGAR SU CRUZ

Aligerado de su propio egoísmo y sus ambiciones mundanas, el discípulo podrá “cargar su cruz” (arátō tón staurón autóu) y seguir a Jesús para “salvar su vida” (tēn psyjēn autóu sōsai) perdiéndola por Él y por el Evangelio (Cfr. Mt 10,38-39): sólo así se puede ser discípulo de Jesús, sin reservas y hasta las últimas consecuencias. Después de la Transfiguración (Cfr. 9,2-8) Jesús y sus discípulos retomarán su camino – un camino mucho más largo que el que los llevará desde la región de Cesarea de Filipo hasta Jerusalén, ya que es el camino del discipulado, en el que tendrán que despojarse de todo lo que les estorba para seguir a Jesús con la radicalidad evangélica del don de sí mismo. A nosotros, como a Pedro, nos cuesta trabajo comprender que para alcanzar la plena realización de nuestra vida debamos entregarla, como Jesús, afrontando un destino desagradable e incómodo, incluso violento, por causa del Evangelio. No podemos sacarle la vuelta a la cruz – eso sería desvirtuar nuestro ser cristiano: un Cristo sin cruz es falso; un cristiano sin renuncia y sin cruz, es falso también.

Hace oír a los sordos y hablar a los mudos

Hace oír a los sordos y hablar a los mudos

Después de la discusión con los fariseos y “algunos escribas venidos de Jerusalén” acerca del valor de la tradición de los padres y la interpretación de las leyes sobre la pureza y la impureza ritual, Jesús comienza un recorrido por regiones paganas – consideradas lugares impuros, habitados por gente ignorante de la Ley y sometida a poderes demoniacos. Jesús se dirige primero a la región de Tiro, donde tiene lugar la curación de la hija de una mujer pagana, caracterizada como “sirofenicia” (7,24-30). De ahí, Jesús se encamina luego hacia la Decápolis: “[Jesús] va a la región de Tiro, en la costa fenicia. Frecuentemente se menciona Tiro conjuntamente con Sidón (ya en 7,31). Sin embargo, la entrada de Sidón en bastantes testimonios de textos es secundaria y se debe a la conexión frecuente. Inequívocamente, la región de Tiro es tierra pagana, lo que para Marcos es importante respecto de lo que vendrá a continuación. Los habitantes de Tiro eran los fenicios que peor reputación tenían para los judíos, como testifica Josefo y como da a entender una prehistoria que se remonta muy atrás (cf. Is 23; Joel 4,4-6; Zac 9,2). Sin embargo, existieron también promesas de salvación para Tiro y para otros pueblos vecinos (Sal 87,4). […] En una nota de transición se dice que Jesús – no se menciona su nombre como tampoco a los discípulos – abandonó de nuevo la región de Tiro. Su andadura le conduce a Sidón, es decir, a la región de Sidón, y retorna al mar de Galilea, a la región de la Decápolis. Se ha considerado esta sorprendente y zigzagueante línea como expresión del desconocimiento de la realidad geográfica y se ha pensado que el evangelista consideró la Decápolis como parte del territorio de Galilea. Pero no se habla de Galilea, sino de su mar. Y el evangelista da a entender que conoce el emplazamiento de esta región en este mar.

 

REGIONES PAGANAS

Las numerosas indicaciones no pretenden sino dar nombre a las regiones paganas que rodean a Galilea. Con ello también quieren dejar clara la apertura del evangelio a la tierra pagana” (Gnilka, El Evangelio según San Marcos I 339.345-346). Después de la ruptura definitiva con las autoridades del judaísmo ortodoxo jerosolimitano, Jesús emprende un viaje misionero por tierras paganas, donde encuentra la confianza insistente de una madre angustiada que alcanza la curación de su hija – “Por lo que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija” (7,29) – y el reconocimiento de los testigos de la curación del sordo tartamudo – “¡Qué bien lo hace todo!” (7,37). “En aquel tiempo, salió Jesús de la región de Tiro y vino de nuevo por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la región de Decápolis. Le llevaron entonces a un hombre sordo y tartamudo, y le suplicaban que le impusiera las manos. El lo apartó a un lado de la gente, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. Después, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «¡Effetá!» (que quiere decir «¡Abrete!»). Al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y empezó a hablar sin dificultad. El les mandó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, ellos con más insistencia lo proclamaban; y todos estaban asombrados y decían: «¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos»” (7,31-37). Pasamos, pues, al escenario de la Decápolis (aná méson tōn horíōn Dekapóleōs), donde Jesús ya ha estado antes y ha liberado a un endemoniado quien, al no ser admitido como discípulo de Jesús, “se fue a proclamar por la Decápolis todo lo que Jesús había hecho con él, y todos quedaban maravillados” (Cfr. 5,1-20). “Decápolis (región de las diez ciudades), grupo de ciudades a oriente del Jordán, de población predominante o exclusivamente helenística, territorialmente bajo soberanía judía, liberadas en el año 63 a.C. por Pompeyo y puestas bajo el gobierno directo del gobernador romano de Siria, probablemente con el fin de favorecer la helenización de otras regiones o por lo menos de obstaculizar su judaización. Es probable que aquellas ciudades constituyeran una liga de ciudades libres… La D. perduró hasta el s. II d.C.; en el año 106 d.C. varias ciudades importantes de la D. fueron incorporadas a la provincia romana de Arabia. El número de ciudades de esta liga varió. Plinio (V,18) enumera diez ciudades: Damasco, Filadelfia, Rafaná (Rafón), Escitópolis (Bet-San), Gadará, Hipo, Dión, Pela, Gérasa y Canatá” (Haag-van den Born-de Ausejo, “Decápolis”, Diccionario de la Biblia, 448). Es probable que debido a esta proclamación la fama de Jesús se haya extendido por la región, dando como resultado que le lleven un enfermo, un “sordo y tartamudo” (kōphón kái mogilálon, Cfr. 9,25; Is 35,6 LXX), con la confianza de que bastaría que Jesús “le impusiera la mano” (hína epithēi autōi tēn jéira, Cfr. 5,23; 6,5; 8,23.25; 16,18) y quedaría curado. “Sordo y tartamudo”, este hombre está privado de la capacidad de comunicarse y limitado para interactuar con el mundo de los hombres y de la palabra – la acción poderosa de Jesús lo sacará de ese aislamiento.

 

EL MILAGRO

La descripción del milagro contiene elementos que algunos exégetas han identificado como rasgos comunes con los relatos helenísticos de milagros y curaciones en el entorno pagano: el gesto de llevarse aparte al enfermo para ocultar los procedimientos del terapeuta, el tocamiento de los órganos enfermos, la aplicación de saliva, la mirada dirigida al cielo, así como el suspiro del taumaturgo, tendrían paralelos en relatos, rituales y creencias paganos. Sin embargo, debemos señalar el contraste con las reservas de Jesús respecto a la súplica de la mujer sirofenicia con la prontitud con que acoge la súplica de quienes le llevaron el enfermo, procediendo a tratarlo con atención y cuidado: siendo sordo, no valen con él explicaciones, sino gestos de cercanía y atención. La curación no se verifica por la introducción de los dedos de Jesús en los oídos y el tacto de la lengua con su propia saliva (Cfr. 8,23; Jn 9,6), sino en el momento siguiente, cuando Jesús “mirando al cielo, suspiró” (anablépsas eis tón ouranón esténaxen): es la única vez que Jesús realiza este gesto en el Evangelio de Marcos, asociándolo a una curación (Cfr. Mc 6,41; Jn 11,41). Es un gesto de plegaria, de íntima comunión con el Padre y de acción de gracias. “Ningún otro evangelista recuerda el suspiro de Jesús; sólo Marcos en 7,34 y 8,12. En el suspiro se expresa emocionalmente que no se está contento con una situación y se desea cambiarla (cf. Rm 8,23.26; 2Cor 5,2.4). El suspiro de Jesús muestra su participación interior del estado digno de compasión de este enfermo” (Stock, Marco [2003] 133). Enseguida, el suspiro – expresión vehemente de los sentimientos de Jesús – se convierte en una palabra poderosa y eficaz: “«¡Effetá!» (que quiere decir «¡Abrete!»)”. Como en el caso de la resurrección de la hija de Jairo (Cfr. 5,41), la palabra pronunciada por Jesús se nos presenta primero trasliterando la expresión aramea en caracteres griegos y luego traducida a esta lengua: “¡Effetá!” (Ephphatha) – “¡Ábrete!” (dianóijthēti). “Abrirse ampliamente, totalmente” – éste es el efecto portentoso de la palabra de Jesús en el enfermo, que “inmediatamente” (euthéōs) puede oír y “hablar correctamente” (kái elálei orthōs).

 

CRISTIANISMO PRIMITIVO

La interpretación litúrgico-sacramental del cristianismo primitivo y los Padres de la Iglesia incorporó estos elementos en el ritual previo del Bautismo, incluyendo una unción en los oídos con saliva que luego fue sustituida por óleo santo, acompañada de la palabra ritual “Ephpheta” – abrir los oídos y liberar los labios para poder escuchar la Palabra y pronunciar enseguida las renuncias al pecado y la profesión de fe (Righetti, Historia de la Liturgia II, 676-678). Esta interpretación sacramental del milagro de Jesús sigue siendo válida (Cfr. CatIgCat 1151.1504). Aunque Jesús impone absoluto silencio, pero obtiene lo contrario: “ellos con más insistencia lo proclamaban” (autói mállon perissóteron ekērysson, Cfr. 5,20). Una vez más se plantea un fuerte contraste ante el resultado de la predicación y los milagros de Jesús: mientras que los fariseos y los escribas cuestionan y dudan, los paganos acogen con entusiasmo la manifestación del poder divino de Jesús. La reacción de la gente ante esta curación y su posterior proclamación es impresionante: “todos estaban asombrados” (hyperperissōs exeplēssonto) – nuestra traducción litúrgica no le hace justicia a la expresión, ya que no hay otra alusión a un asombro tan grande en los Evangelio, ni siquiera en Marcos en particular. Del asombro se pasa a la declaración, que tiene el tono de una profesión de fe en labios de los paganos que habitan la Decápolis: “¡Qué bien lo hace todo! (kalōs pánta pepóiēken) Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. Jesús ha hecho todo “bien”: una alusión a la obra divina de la Creación – “vio Dios que era bueno” (Cfr. Gn 1,4.10.12.18.21.25.31). Los milagros de Jesús, signos de la llegada del Reino, son el principio de la nueva creación. La segunda parte de la frase implica una constatación, ya que la salvación escatológica anunciada por los profetas comienza a realizarse por la palabra poderosa de Jesús: “Se iluminarán entonces los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos se abrirán” (Cfr. Is 35,5). “Por lo que concierne al proceder de Jesús y la reacción de las personas, esta curación tiene un carácter único. Parece que aquí él obtiene que no se despierten, en base a los prodigios realizados, ulteriores deseos, más bien que se comprenda el sentido de su misión. Entre lo que Jesús anuncia: «el reino de Dios está cerca» (1,15), y lo que la gente confirma: «Él ha hecho bien todo» (7,37), hay afinidad, por cuanto concierne al carácter definitivo y la importancia universal.

 

POTENCIA DE DIOS

En Jesús la potencia de Dios está definitivamente presente. Con esto la nueva creación está – en principio – ya realizada, y todo es bueno” (Stock, Marco [2003] 135). A veces nosotros también vivimos en la misma situación de este hombre ya que, aunque podemos oír y hablar, permanecemos indiferentes ante el anuncio gozoso del Evangelio y no proclamamos nuestra fe, no damos testimonio de las maravillas que Dios realiza en nuestras vidas cada día. Dejémonos tocar por Jesús para que Él cure nuestra sordera y nuestra mudez, de manera que abramos nuestro corazón a su acción salvadora y nos dejemos sorprender por su gracia, que nos constituye como interlocutores de un diálogo de amor con Dios. Dejémonos tocar por la gracia salvadora de Jesucristo para poder cumplir nuestra vocación y misión cristiana, como se dice en la fórmula que acompaña al rito del “Effetá” en la liturgia bautismal: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su palabra y profesar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre”.