¿Por qué tenían tanto miedo?

¿Por qué tenían tanto miedo?

Los primeros discípulos de Jesús eran pescadores: Él los llamó a la orilla del “Mar”: “Bordeando el mar de Galilea (kái parágōn pará tēn thálassan tēs Galiláias), vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Vengan conmigo y los haré llegar a ser pescadores de hombres». Al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca (en tōi plóiōi) arreglando las redes, y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca (en tōi plóiōi) con los jornaleros, se fueron tras él” (1,16-20). Para los discípulos, el Mar de Galilea es todo su mundo: allí están sus raíces, su modo de vida y oficio, su ambiente familiar, sus esperanzas y futuro – Jesús les cambió todo eso con unas cuantas palabras: “Síganme…” Tuvieron que dejar todo lo que hasta ese momento había sido valioso para ellos: padre, barca, redes. Aprenderán un nuevo oficio, entrarán a formar parte de una nueva familia, sus horizontes se abrirán hasta abarcar el mundo entero. A la orilla del Mar de Galilea volverán a encontrar al Maestro, resucitado y glorioso, para experimentar el poder su gracia, que le dará fruto abundantísimo a su nuevo oficio como “pescadores de hombres” y pastores (Cfr. Jn 21) y de ahí les enviará a la misión. El episodio cuya narración escuchamos hoy (4,35-41) es la conclusión de la jornada de actividad que comenzó en 4,1: “Y otra vez se puso a enseñar a orillas del mar (pará tēn thálassan).

 

LA BARCA Y EL MAR

Y se reunió tanta gente junto a él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar (en tēi thalássēi), se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar (prós tēn thálassan)” – es el principio del “Discurso Parabólico” de Marcos. Es importante resaltar que las parábolas “del Sembrado” (v. 3-9), “de la semilla que crece por sí sola” (v. 26-20) y “del grano de mostaza” tienen como rasgo común, además de ser comparaciones del Reino de Dios, que en las tres se habla del poder de Dios que se manifiesta en la obra del Reino – el poder de Dios que actúa en las palabras y hechos de Jesús para manifestar la irrupción de la salvación y la misericordia en la historia de los hombres y que actuará también en la misión de los Apóstoles: “Yo planté, Apolo regó; mas fue Dios quien dio el crecimiento. De modo que ni el que planta es algo, niel que riega, sino Dios que hace crecer” (Cfr. 1Cor 3,6-7). Jesús termina su discurso en parábolas: “Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado” (4,33-34). Más allá de la predicación a la multitud, Jesús desarrolla un ambiente educativo diferente con el círculo de sus discípulos – es intimidad con el Maestro se refleja en el siguiente relato en la referencia a “la barca” (en tōi plóiōi, Cfr. 1,19-20): “Marcos describe aquí la primera de las tres travesías del lago (cf. 6,45-52; 8,13-21). Éstas siempre son precedidas por un alejamiento de la gran multitud y tienen la característica de que Jesús está solo con sus discípulos y les concede la posibilidad de una experiencia especial de su persona.

 

PELIGROS

Estar en la misma barca significa precisamente estar particularmente cerca unos de otros, estar expuestos a los mismos peligros y compartir el mismo destino. Debe decirse también que Marcos tiene un particular interés por estas travesías y por las experiencias conexas; mateo nos refiere solamente dos (8,18.23-27; 14,22-33) y Lucas una sola (8,22-25)” (Stock, Marco [2003] 85). Jesús toma la iniciativa, invitando a sus discípulos a comenzar la travesía: “Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla del lago». Entonces los discípulos despidieron a la gente y condujeron a Jesús en la misma barca en que estaba. Iban además otras barcas. De pronto se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua. Jesús dormía en la popa, reclinado sobre un cojín. Lo despertaron y le dijeron: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?» El se despertó, reprendió al viento y dijo al mar: «¡Cállate, enmudece!» Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma. Jesús les dijo: «¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?» Todos se quedaron espantados y se decían unos a otros: «¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?»” Probablemente Jesús quiere apartarse de la multitud que quiere ser atendida o, como en el principio en Cafarnaúm, pretende ir a predicar a otro lado, para cumplir su misión y para buscar un espacio para orar (Cfr. 1,35-38). Jesús indica el trayecto: “Vamos a la otra orilla del Lago” (diélthōmen eis tó péran) – hacia la orilla oriental (Cfr. 5,1.21; 6,45; 8,13), donde encontrarán al endemoniado de Gerasa. Es de sobra conocida la frecuencia con que se originan tormentas muy intensas (láilaps megálē anémou) en el Mar de Galilea: en este caso las olas golpean la barca, “de manera que comienza a hacer agua” (hōste ēdē gemízesthai tó plóion). La descripción de Jesús, dormido en la popa reclinado en un cojín evoca el contexto narrativo y teológico del Libro de Jonás (Cfr. Jon 1,4-6). Para algunos de los discípulos, vecinos de la orilla del Mar y dedicados al oficio de pescadores, una tormenta que los toma desprevenidos es algo para tomar en serio. Su consternación y temor se percibe en el reproche que le hacen a Jesús: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” (didáskale, ou mélei soi hóti apollýmetha?). Tal vez lo único rescatable en las palabras que los discípulos dirigen a Jesús sobrecogidos de miedo es que entienden que su suerte y la de Jesús está unida: “¿no te importa que nos hundamos?” – en efecto, a partir de la llamada al discipulado, la suerte de Jesús y la de los suyos está unida “en la barca” y en el camino de la cruz (Cfr. 8,34-38). Por primera vez la vida de los discípulos está en peligro por causa de Jesús, que les ha indicado un camino peligroso, como lo será el seguimiento y la misión: “quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”. En este momento la barca se hunde y Jesús duerme.

 

SOBERANA MAJESTAD

Enseguida Marcos describe con soberana majestad la manera como Jesús calma la tempestad, con palabras que asemejan una fórmula de exorcismo (Cfr. 1,25): “El se despertó, reprendió al viento y dijo al mar (epetímēsen tōi anémōi kái éipen ti thalássēi): «¡Cállate, enmudece!» (siōpa, pephímōso)”. Jesús expulsa a los demonios, cura a los enfermos, anuncia el Reino de Dios con sus parábolas y manifiesta el poder de Dios aun sobre los elementos de la naturaleza – en contraste con “fuerte viento” (láilaps megálē anémou) de la tormenta, por la palabra de Jesús sobreviene inmediatamente una “gran calma” (galēnē megálē). Jesús ejerce el poder divino sobre los elementos de la naturaleza que le obedece inmediatamente (Cfr. Sal 89,10; 107,28-29); la oposición de los hombres a su palabra y la incredulidad de los discípulos tiene que ser vencida de otra manera, lenta y difícil. Por eso, la tempestad calmada no es la conclusión del relato – la escena final se desarrolla entre Jesús y sus discípulos y tiene por tema la fe. “¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?” (ti deilói este? Óupō éjete pístin?). “En las obras que realiza, Jesús demuestra su propia fuerza, y éstas evidencian que por medio de él actúa la potencia real de Dios, haciendo al mismo tiempo visible su carácter. Esta fuerza libra del peligro de muerte (4,35-41), de la esclavitud impuesta por las potencias hostiles a Dios (5,1-20), de la enfermedad (5,25-34) y de la muerte (5,35-43). En todos estos eventos están presentes los discípulos de Jesús (4,35; 5,1.31; 6,1). Cuando realiza sus prodigios, Jesús está interesado en la fe de los hombres (5,34.36), comenzando por la de los discípulos (4,40). Ellos deben referirse a él con plena confianza y ser, por medio de tales obras, confirmados y reforzados en la fe” (Stock, Marco [2003] 84). Los discípulos pasan del miedo a la tormenta y la muerte al “gran temor” (ephobēthēsan phóbon mégan) porque han percibido que en este gesto soberano de Jesús ha actuado el poder de Dios, el único que puede salvar: “La frase indica que los discípulos sintieron temor reverencial y que experimentaron el sentido del misterio” (Taylor, Evangelio según San Marcos, 317). Los milagros de Jesús manifiestan su identidad y su misión: es el Hijo de Dios, el Mesías que salva a sus fieles, a los que tienen fe en Él. En las duras palabras de Jesús se contiene la indicación de un camino que los discípulos tienen todavía por delante: el discipulado, el proceso de conocimiento en intimidad con Jesús, que ya comenzó pero que debe alcanzar su objetivo, que es la fe (Cfr. 8,27-30).

 

PALABRAS DEL RESUCITADO

Duras serán también las palabras del Resucitado que, al encontrar a la mesa a los Once “les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón (tēn apistían autōn kái sklērokardían), por no haber creído a quienes le habían visto resucitado” (Cfr. 16,14). El discipulado es un camino áspero y difícil, y la meta es la fe en Jesús, el Salvador. En este momento del camino, los discípulos se plantean una pregunta que de momento queda en suspenso, a la espera de respuesta a lo largo del Evangelio: “«¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?” – “Tú eres el Cristo” (Cfr. 8,29) – “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Cfr. 15,39). “El relato de la tempestad calmada (4,35-41) prefigura las tribulaciones que se abatirán sobre Jesús y sus discípulos. Al sueño de la muerte y al caos de los elementos sucede la calma de la resurrección y de una nueva creación. Esta enseñanza cristológica va acompañada de una catequesis: se trata de formar la fe de los discípulos, de darle un contenido. En vez de pensar que, al adherirse a Cristo, quedarán suprimidas automáticamente las dificultades, las luchas, las calamidades y la muerte, el verdadero creyente debe seguir a Cristo a través de la pasión, la persecución y la muerte, consciente de que la salvación llega por medio de estos acontecimientos” (Léon-Dufour [ed.], Los Milagros de Jesús [Madrid 19862] 215). Cada uno de nosotros, bautizados y discípulos de Jesús, tenemos también que recorrer nuestro propio camino con Él: a veces la oscuridad de la noche y las tormentas de la vida provocan en nuestro ánimo un miedo que nos hace dudar de la cercanía de Jesús, de nuestra comunión con Él, de la amorosa providencia con la que el Padre cuida aun de los más pequeños (Cfr. Mt 6,25-34) – necesitamos madurar en la fe.

 

Y no les hablaba sino en parábolas

Y no les hablaba sino en parábolas

El mensaje central de la predicación de Jesús, evidentemente, es el Reino de Dios – todo lo que Jesús enseña y hace, sus palabras y sus obras, están orientadas exclusivamente a la revelación del Reino de Dios. Desde el primer milagro, la expulsión de un demonio en la sinagoga de Cafarnaúm (1,21-28), siguiendo con las abundantes curaciones, Jesús se enfrenta a la incomprensión de la gente – lo confunden con un curandero y quieren retenerlo con ellos; como respuesta, Jesús se aparta para orar y emprende una gira con sus discípulos: “Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique (kērýxō); pues para eso he salido. Y recorrió toda Galilea, predicando (kērýssōn) en sus sinagogas y expulsando los demonios (kái tá daimónia ekbállōn)” (Cfr. 1,35-39). El domingo pasado escuchamos en la lectura del Evangelio cómo los parientes de Jesús lo consideraban trastornado y querían hacerlo regresar, incluso por la fuerza, al ambiente familiar para resguardarlo, mientras que los escribas lo acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo (3,20-35). Los parientes de Jesús están “fuera” de la casa donde está reunido con sus discípulos; los escribas vienen “de Jerusalén”: ambos grupos son ajenos al círculo de los discípulos de Jesús y a su ambiente galileo. Llegábamos a la conclusión de que sólo aquellos que aceptan la llamada de Jesús y se hacen discípulos (Cfr. 3,13-19), que están dispuestos a entrar en su intimidad a la escucha de su palabra – la palabra del Hijo que debe ser escuchada (Cfr. 9,7) – y en la obediencia a la voluntad de Dios (tó thélēma tóu Theóu), serán capaces de reconocerlo y profesar la fe en Cristo, Mesías salvador (Cfr. 8,27-30). Ahora, ante la enseñanza de Jesús en parábolas, la dificultad de comprenderlo a Él, su mensaje y su misión, se pondrá nuevamente en evidencia: “Cuando quedó a solas, los que le seguían a una con los Doce le preguntaban sobre las parábolas.

 

REINO DE DIOS

Él les dijo: «A ustedes se les ha dado el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera (ekéinois dé tóis éxō) todos de les presenta en parábolas, para que por mucho que miren no vean, por mucho que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone»” (4,10-12, Cfr. Is 6,9-10; Jn 12,40; Hch 28,26-27). La enseñanza en parábolas está profundamente relacionada con el anuncio del Reino de Dios. No basta escuchar las parábolas – un género literario sapiencial que se ha desarrollado desde el proverbio bimembre hasta los relatos, imágenes y comparaciones más elaboradas de la parábola clásica evangélica, conservando el carácter básico de “semejanza” (māšāl). La comprensión de la enseñanza en parábolas exige agudeza intelectual y disponibilidad para sintonizar con las categorías del Reino – en una palabra, “conversión”, una de las exigencias del Reino que llega (metanoéite, Cfr. 1,15). Las dos parábolas que nos ofrece la lectura de este domingo (4,26-34) tienen algunos elementos en común y quizá también comparten este trasfondo para comprender su sentido en el contexto del “Discurso Parabólico” de Marcos. Ante todo, coinciden en su clasificación: pertenecen a las llamadas “parábolas de crecimiento”. Después de la célebre “Parábola del Sembrador” y su interpretación (4,1-9.13-20) y un par de parábolas-imágenes – la lámpara y la medida – el discurso termina con la “Parábola de la semilla que crece por sí sola” y la “Parábola del grano de mostaza”. Forman parte integral del discurso que comienza en 4,1: “Y otra vez se puso a enseñar (ērxato didáskein) a orillas del mar… Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas (kái edídasken autóus en paraboláis pollá). Les decía en su instrucción (en tēi didajēi autóu):…” (4,1-2). En el texto griego ambas parábolas se articulan con lo anterior con una simple conjunción: “y decía” (kái élegen…, v. 26.30): debemos entender que el escenario es el mismo – la orilla del mar – y el auditorio también – la enorme multitud (ójlos pléistos, v. 1) que ha forzado a Jesús a embarcarse. “En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: «El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas.

Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha»”. Esta parábola es exclusiva de Marcos. El objeto de la comparación (hóutōs) queda bien claro desde el principio: el reino de Dios (hē basiléia tóu Theóu). Un hombre cualquiera siembra la semilla (tón spóron) y ahí termina su actividad: el crecimiento y desarrollo de la semilla se describe minuciosamente, mientras que el hombre lleva adelante la rutina de “acostarse y levantarse de noche y de día”. Este proceso se lleva a cabo de manera “automática” (automátē): “la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto (karpophoréi)”.

 

LA COSECHA

El hombre no sabe nada acerca del proceso natural por el que la semilla germina y da fruto (hōs ouk óiden autós), hasta que llega el momento de la cosecha (Cfr. Jl 4,13; Ap 14,15-16) – esta referencia a la hoz (tó drépanon) y la cosecha (ho therismós), ambas imágenes apocalípticas por excelencia, han inducido a interpretar el sentido de la parábola como una explicación de la tardanza de la Parusía: los tiempos de Dios no son los tiempos de los hombres; todo es obra de Dios, que realiza su obra ante la ignorancia de los hombres. Sin negar esta posibilidad, debemos señalar que, siendo el Reino el referente de la comparación, la parábola debe interpretarse desde la perspectiva de Jesús, de su identidad y su misión incomprendida y malinterpretada por las expectativas de los diversos grupos del judaísmo de su tiempo: “Frecuentemente se ha supuesto que esta parábola está en oposición a los esfuerzos de los zelotes, que querían forzar la salvación mesiánica sacudiendo por la fuerza el yugo romano; habrá que recordar aquí que también al círculo de los discípulos pertenecían antiguos zelotes. ¿Por qué no actúa Jesús? Obrar era la exigencia del momento. […] Un punto central de la predicación de Jesús, la firme confianza: ¡la hora de Dios viene! Más: ya ha comenzado. En el comienzo de Dios está ya incluido el final. Todas las dudas sobre su misión, todas las burlas, toda la poca fe, toda la impaciencia no pueden disminuir la certeza de Jesús: de la nada, a pesar de todos los fracasos, Dios lleva sin cesar sus comienzos a la plenitud. Se trata de tomar a Dios en serio, de contar realmente con él, a pesar de todas las apariencias” (Jeremias, Interpretación de las Parábolas [Pamplona 20007] 114-115). Algo similar encontramos enseguida en la “Parábola de la semilla de mostaza”: “Les dijo también: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra». Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado”. Esta parábola es de triple tradición sinóptica (Cfr. Mt 13,31-32; Lc 13,18-19): los exégetas señalan su relación común con la fuente de los dichos (Q) y las particularidades de los diversos textos y contextos. La introducción de la parábola se asemeja a la forma rabínica de comenzar las parábolas; desde el punto de vista sintáctico se une al discurso previo con la misma fórmula del v. 26: “y decía” (kái élegen…, v. 26.30). Nuevamente, el punto central de la parábola es el Reino de Dios, que ha de ser expuesto a los oyentes a través de una semejanza: “¿Con qué compararemos (pōs homoiōsōmen) el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? (en tíni autēn parabolēi thōmen?)”

 

PROVERBIOS

 

La imagen elegida es la de una “semilla de mostaza” (hōs kókkōi sinápeōs), cuya pequeñez era objeto de proverbios y dichos populares en la Palestina del tiempo de Jesús (cfr. Lc 17,6; Mt 17,20). Una cosa pequeña, ínfima, en sus principios, que se convierte en algo enorme: de ser la más pequeña de las semillas a convertirse en el más grande de los arbustos – dato confirmado por la experiencia. La comparación no se establece, estrictamente hablando, entre el Reino y la semilla, sino con el resultado final del proceso: el enorme arbusto a cuya sombra pueden anidar los pájaros, como el cedro de la profecía de Ezequiel, que representa el futuro reino mesiánico (Cfr. Ez 17,23; 31,6; Dn 4,9.18; Sal 103,12 LXX). “La importancia especial de esta parábola, narrada en Marcos y Q, radica en que revela cómo concibió Jesús la naturaleza del reino, y es además uno de los elementos mejor atestiguados de la enseñanza de Jesús. En general la interpretación de la parábola ha seguido cuatro caminos distintos, de acuerdo con la idea que se ha considerado el eje de la parábola: a) el crecimiento; b) el desarrollo lento y gradual; c) la venida rápida y catastrófica del reino y d) el reino, en que también tendrán cabida los gentiles, considerado como hecho importante para la situación concreta en la que se halla Jesús” (Taylor, Evangelio según San Marcos, 307). Ambas parábolas, al final, coinciden en la seguridad absoluta y la confianza inquebrantable en que el Reino, obra de Dios, se realiza independientemente de cualquier otro protagonismo o actividad: la semilla sembrada producirá indefectiblemente su fruto, a pesar de los cuestionamientos y dudas, de las malas interpretaciones y la desconfianza de los hombres. Jesús está predicando la Palabra (Cfr. 2,2; Hch 11,19; 14,25; 16,6) a sus oyentes mediante parábolas, que suponen una escucha atenta y una disposición sapiencial al discernimiento: “Quien tenga oídos para oír, que oiga” (4,9). Jesús les habla en parábolas, “de acuerdo con lo que ellos podían entender” (kathōs ēdýnanto akóuein) – probablemente en referencia a que las imágenes que Jesús usaba, siendo tomadas de la experiencia cotidiana, podían ser captadas por la gente común. ¿Qué entenderían ellos de la enseñanza en parábolas? Quizá quedaban tan perplejos como nosotros hoy al oír hablar del misterio del Reino de Dios, comparado con cosas y procesos que ya no nos resultan tan familiares: la siembra, la ganadería, la elaboración del pan, etc. Para comprender el mensaje de Jesús y, en consecuencia, para conocer su identidad y misión, necesitamos entrar en el círculo de sus discípulos y sintonizar con su deseo íntimo de hacer la voluntad del Padre: entrar a la escuela del Evangelio y el discipulado para que Jesús, el Maestro, nos explique en privado todas las cosas, para que abra nuestro oído y nuestro corazón a la escucha de la Palabra y el discernimiento evangélico.

lo acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo

lo acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo

En este Domingo X del Tiempo Ordinario retomamos la lectura del Evangelio de Marcos (3,20-35). El Domingo IV escuchamos la narración del primer milagro de Jesús en este Evangelio: la expulsión de un demonio en la sinagoga de Cafarnaúm (1,21-28). Es una manifestación concreta del poder de Jesús, que “enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas”. El espíritu inmundo reconoce a Jesús y su misión: “¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios” (Cfr. 3,11). El siguiente domingo Marcos nos daba un resumen de la intensa actividad de Jesús en la casa de Pedro, también en Cafarnaúm: “Al atardecer, cuando el sol se ponía, le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero no dejó que los demonios hablaran, porque sabían quién era él”. Marcos insiste como ningún otro evangelista en la actividad exorcista de Jesús (Cfr. 1,23-27.34.39; 3,11-12; 5,1-20; 9,14-29). “Los demonios son llamados también espíritus inmundos. En el lenguaje bíblico «inmundo» significa también «profano, adverso a Dios, separado de Dios, en contraste y oposición a Dios». «Espíritu» indica una potencia fuerte, activa, difícilmente asible. Los espíritus inmundos aparecen en el Evangelio como poderes no humanos, que reaccionan de manera personal, disponen de un conocimiento especial, están en contraste con Dios y dominan y dañan a no pocos seres humanos. Se oponen al Espíritu Santo de Dios. Arrastrando a los hombres aquí y allá les impiden disponer libremente de sí y se exhiben como potencias enemigas del hombre. Jesús es superior a ellos; con una sola palabra vence su poder; libera a los hombres de tal esclavitud, restituyéndoles la capacidad de disponer de sí libremente. Es este uno de los modos en que Jesús muestra la cercanía del reino de Dios con su poder liberador y amigo del hombre. No solamente la palabra potente, sino también el gesto potente es propio del actuar de Jesús” (Stock, Marco [2003] 41-42). Ahora podemos constatar, en contraste, la incomprensión de la identidad y misión de Jesús por parte de los testigos de sus palabra y hechos. “En aquel tiempo, Jesús entró en una casa con sus discípulos y acudió tanta gente, que no los dejaban ni comer. Al enterarse sus parientes, fueron a buscarlo, pues decían que se había vuelto loco. Los escribas que habían venido de Jerusalén, decían acerca de Jesús: «Este hombre está poseído por Satanás, príncipe de los demonios, y por eso los echa fuera». Jesús llamó entonces a los escribas y les dijo en parábolas: «¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Porque si un reino está dividido en bandos opuestos, no puede subsistir. Una familia dividida tampoco puede subsistir. De la misma manera, si Satanás se rebela contra sí mismo y se divide, no podrá subsistir, pues ha llegado su fin. Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y llevarse sus cosas, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa. Yo les aseguro que a los hombres se les perdonarán todos sus pecados y todas sus blasfemias. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tendrá perdón; será reo de un pecado eterno». Jesús dijo esto, porque lo acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo”. “Jesús entró en una casa” (kái érjetai eis óikon): muy probablemente la casa de Simón y Andrés, que se ha convertido en su centro de operaciones en Cafarnaúm (Cfr. 1,29; 2,1-2). Su actividad es intensa por la cantidad de gente que busca ser atendida – “no los dejaban ni comer” (hōste mē dýnasthai autóus mēdé árton phagéin). Sus “parientes” (hoi par’autóu) se apersonan con la intención de apoderarse de Jesús y reconducirlo, incluso por la fuerza (kratēsai autón, Cfr. 6,17; 12,12; 14,1.44.46.49.51), a la seguridad y custodia del ambiente familiar.

 

ESCRIBAS DE JERUSALÉN

 

Es probable también pensar que, si como llegaron a afirmar los escribas de Jerusalén, Jesús estaba poseído por un espíritu inmundo, fuese confundido con un falso profeta (Cfr. Jn 7,12.52) y su vida corriera peligro (Cfr. Jn 10,20; Dt 13,2-12; Zac 13,2-5). La opinión sobre Jesús que se difunde entre la gente y que probablemente comparten sus parientes es que “se había vuelto loco” (élegon gár hóti exéstē): estaba fuera de sí, su comportamiento causaba estupor a los testigos. Por su parte, los escribas provenientes de Jerusalén (hoi grammatéis hoi apó Hierosolýmōn, Cfr. 7,1) representan la oposición que las autoridades del pueblo sostendrán contra Jesús a todo lo largo del Evangelio. Han oído hablar de la fama de Jesús y han venido a constatar por sí mismos los acontecimientos. Descalifican a Jesús con dos acusaciones: 1) “tiene un demonio” (Beelzebóul éjei, Cfr. 2Re 1,2 LXX); 2) “expulsa a los demonios con el poder del príncipe de los demonios (en tōi árjontōi tōn daimoníōn)”. Mientras que los demonios expulsados reconocen que Jesús es “el Santo de Dios”, los escribas, expertos en las Escrituras y autoridades en medio del pueblo, atribuyen su poder a un influjo demoniaco. Jesús responde a las acusaciones con parábolas: un reino dividido no puede subsistir (Cfr. Dn 2,41; 11,4), lo mismo que una “casa”, una familia dividida. Satanás contra Satanás es un absurdo: el fin del reinado de Satanás no viene de una división interna, sino de la irrupción salvífica poderosa del Reino de Dios (Cfr. Mt 12,28; Lc 11,20). Jesús es “el más fuerte” (ho isjyróteros, Cfr. 1,7) capaz de someter al “fuerte”, Satanás. Enseguida, Jesús pronuncia sentencia solemne (amēn légō hymín) contra sus acusadores: no alcanzarán nunca el perdón por “blasfemar contra el Espíritu Santo” (hos án blasphēmēsēi eis tó pnéuma tó hágion). ¿En qué consiste este gravísimo pecado, cuyo carácter absolutamente imperdonable parece contradecir la imagen del Dios misericordioso que viene desde el Antiguo Testamento? No se trata solamente de las palabras de la acusación infamante contra Jesús – estar poseído por un demonio – sino la actitud, la cerrazón obcecada de quienes deberían estar en posición privilegiada para reconocer al “Santo de Dios” por su conocimiento de las Sagradas Escrituras y no lo han hecho (Cfr. CatIgCat 574). “«El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón nunca, antes bien será reo de pecado eterno» (Mc 3,29). No hay límites a la misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo. Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición eterna” (CatIgCat 1864). Así, “la «blasfemia» no consiste en el hecho de ofender con palabras al Espíritu Santo; consiste, por el contrario, en el rechazo de aceptar la salvación que Dios ofrece al hombre por medio del Espíritu Santo, que actúa en virtud del sacrificio de la Cruz” (Cfr. Dominum et Vivificantem 46). Para concluir esta sección, Marcos inserta un material de la tradición sinóptica (Cfr. Mt 12,46-50; Lc 8,19-21) sobre el verdadero parentesco de Jesús: “Llegaron entonces su madre y sus parientes; se quedaron fuera y lo mandaron llamar. En torno a él estaba sentada una multitud, cuando le dijeron: Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que te buscan.

 

MADRE Y HERMANOS

 

El les respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre»”. Este material originalmente no tiene relación alguna con la afirmación inicial de Marcos sobre “la parentela” de Jesús que pretende llevárselo de regreso al ámbito familiar, pero en este contexto sirve para redondear la enseñanza. El verdadero parentesco de Jesús no está en la carne y la sangre. “Ahí afuera” (éxō) se encuentran “su madre y sus hermanos” (hē mētēr autóu kái hoi adelphói autóu) – los que están fuera del círculo de Jesús no pueden comprender sus palabras y sus actos, el despliegue de la acción poderosa del Reino que se manifiesta a través de las palabras y los hechos de Jesús, “con autoridad” (Cfr. 1,22.27). “Lo que Jesús dice en conclusión constituye la norma que deben seguir todos estos grupos: «Quien hace la voluntad de Dios, es mi hermano, hermana y madre» (3,35). Jesús reivindica para sí el conocimiento y cumplimiento de la voluntad de Dios. Quien cumple con él la voluntad de Dios le pertenece. Esta afirmación está dirigida ante todo a los Doce, que experimentan muy de cerca cómo la persona y la obra de Jesús son rechazadas. Ellos deben orientarse en la situación y confirmarse en su comunión con él” (Stock, Marco [2003] 75). En definitiva: sólo aquellos que aceptan la llamada de Jesús y se hacen discípulos (Cfr. 3,13-19), que están dispuestos a entrar en su intimidad a la escucha de su palabra – la palabra del Hijo que debe ser escuchada (Cfr. 9,7) – y en la obediencia a la voluntad de Dios (tó thélēma tóu Theóu), serán capaces de reconocerlo y profesar la fe en Cristo, Mesías salvador (Cfr. 8,27-30).

 

Bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu

Bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu

A lo largo de su historia con Dios, Israel ha tenido experiencia directa del amor misericordioso y la fidelidad con que el Señor les ha tratado, sacándolos de la “casa de la esclavitud” con grandes prodigios, caminando por el desierto con su pueblo durante cuarenta años y, por último, dándoles la tierra que había prometido a los Patriarcas. De ahí la importancia de la reflexión histórica en las grandes síntesis teológicas del Deuteronomio, como el texto que escuchamos este domingo (4,32-34.39-40). Moisés cuestiona directamente a sus oyentes – Israel, el pueblo elegido – sobre el contenido y el sentido de la historia que han vivido con el Señor: una investigación que abarca desde la creación hasta los tiempos recientes, desde “el día que creó (bārā’, Cfr. Is 45,12) Dios al hombre sobre la tierra”. La manera como Dios ha tratado a su pueblo no tiene comparación posible con ninguna mitología. Ningún dios es comparable con el Dios de Israel, único creador y salvador (Cfr. Is 41,22-23; 43,10-12.25; 44,6; 45,5.6.18.22; Dt 4,35), quien ha hablado a su pueblo en el Horeb-Sinaí para darle a conocer los mandamientos (Cfr. Ex 19-20; Dt 5,4 – “en medio del fuego”: mittôk-hā’ēš, v. 33) y hacer con ellos una alianza que sigue vigente para los israelitas de hoy (Cfr. Dt 5,3). El Éxodo y la Alianza sinaítica son el prólogo histórico para el don de la Ley y de la Tierra por parte del único Dios verdadero y fiel – un elemento fundamental de la imagen de Dios que profesa el Deuteronomio (Cfr. 6,4). “Reconoce, pues, y graba hoy en tu corazón que el Señor es el Dios del cielo y de la tierra y que no hay otro. Cumple sus leyes y mandamientos, que yo te prescribo hoy, para que seas feliz tú y tu descendencia, y para que vivas muchos años en la tierra que el Señor, tu Dios, te da para siempre”. La Alianza con el Dios único debe quedar grabada “en tu corazón” (’el-lǝbābékā), entregado completamente a Dios por la observancia de sus “leyes y mandamientos”. El resultado será la “felicidad” para ti y tus hijos, así como una larga vida “en la tierra que el Señor, tu Dios, te está dando para siempre” (Cfr. 32,47). El verdadero objeto de la Alianza y la promesa patriarcal se revelan en su sentido teológico más profundo: no se trata solamente de un pedazo de tierra – aunque rico en frutos y recursos – sino de la relación única que el Dios creador y salvador ha establecido gratuitamente con Israel, su pueblo predilecto. La felicidad de Israel no vendrá de la posesión de la tierra, sino de la relación con el Dios que por amor los sacó de Egipto y les da una tierra para que allí puedan conocerle, amarle y servirle en libertad. El don de la tierra es un regalo supeditado al don de la Ley (Cfr. 30,15-20). Por eso, la rebeldía y el pecado del pueblo tendrá como consecuencia terrible el exilio (Cfr. 28,30-37.63-68; 29,21-27): lejos de la tierra que consideraba suya, Israel comprenderá que lo único que le queda es la Ley, auténtica garantía de la relación con Dios.

 

SU MISIÓN

En el texto del Evangelio de San Mateo que hoy escuchamos (28,16-20) no hay ninguna despedida, ni hay lugar para el sentimentalismo. Este breve texto nos ofrece la conclusión del Evangelio y las últimas palabras de Jesús a sus discípulos, en donde encontramos una misión – “vayan por todo el mundo…” – y una promesa – “Yo estaré con ustedes”. “En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban. Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo»”. A diferencia del relato lucano, que ubica la ascensión en Betania, cerca de Jerusalén (Cfr. 24,50; Hch 1,4), Mateo ubica este último encuentro de Cristo resucitado con sus discípulos en Galilea, cumpliendo lo que se les había indicado por el ángel testigo de la resurrección (Cfr. 28,7). La diferencia de ubicación de la ascensión se debe a visiones teológicas y estructurales diferentes en cada Evangelio: Mateo hace volver a los discípulos a Galilea, donde todo comenzó – el lugar del inicio de la predicación de Jesús y de la vocación de los primeros discípulos (Cfr. Mt 4,12-25; Hch 10,37; 13,31). Ahora será también el lugar del inicio del envío misionero de los discípulos. El “monte” (eis tó óros) es el lugar del encuentro con Dios – como en el caso de los montes de la tentación, del sermón y de la transfiguración, no es necesario precisar la geografía (Cfr. 4,8; 5,1; 17,1). Este breve texto nos ofrece una clara descripción de lo que la comunidad cristiana comprende de sí misma: es una comunidad misionera, animada e impulsada por la presencia permanente de Jesús en medio de ella. Cristo resucitado enumera las tareas que la Iglesia es enviada a cumplir: “hacer discípulos” (mathētéusate), “bautizar” (baptízontes) y “enseñarles a cumplir todo lo que yo les he mandado” (didáskontes autóus teréin pánta hósa eneteilámēn). “Hacer discípulos” – llamar a las naciones a tener la misma experiencia que los discípulos inmediatos de Jesús han tenido, llamados a estar con Él, escuchar su palabra, identificarse plenamente con las actitudes y los sentimientos del Maestro para recorrer con Él el camino de la cruz y la glorificación. En este contexto se inserta la vida sacramental – el bautismo, que abre a los creyentes el camino del discipulado y la identificación sacramental con Cristo y la participación en su Pascua – y la enseñanza moral – los mandamientos, que forman parte de esta respuesta de fe a Cristo viviendo los valores del Reino. La fórmula bautismal trinitaria indica que el cristiano es introducido por el bautismo en la intimidad de la Trinidad, en el amor del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, marcado con su sello para la vida eterna: éste es el sello de la alianza nueva en cada cristiano. “Los cristianos son bautizados en «el nombre» del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y no en «los nombres» de éstos, pues no hay más que un solo Dios, El Padre todopoderoso y su Hijo único y el Espíritu Santo: la Santísima Trinidad” (CatIgCat 233). Esta triple misión podrán realizarla los discípulos porque Jesús ha sido ya constituido con plena “autoridad” (exousía) sobre todo el universo y porque se compromete con una presencia permanente entre los suyos: “yo estaré con ustedes todos los días” (egō meth’hymōn eimi pásas tás hēméras). Mateo no nos da noticia de la Ascensión porque su Evangelio termina con estas palabras de Jesús – un compromiso permanente de presencia, porque Cristo resucitado y glorificado en el cielo no se aleja de su Iglesia, no la abandona nunca – permanece presente “hasta el fin del mundo”. Y, sin embargo, coincide esencialmente con la descripción lucana del acontecimiento: la Ascensión de Jesús es su entronización-glorificación con poder, que no se limita a Israel, sino que se extiende sobre todo el universo, y el principio de una nueva presencia de Jesús en el mundo a través de la misión de la Iglesia. Efectivamente, los discípulos de Jesús no tienen tiempo que perder – deben aprender a caminar con la mirada puesta en Jesús, nuestra esperanza, y los pies firmemente asentados sobre la tierra para cumplir su misión incansablemente: dar testimonio del Señor resucitado “hasta que vuelva”.

 

SANTÍSIMA TRINIDAD

Hoy celebramos la Solemnidad de la Santísima Trinidad – confesamos, en nuestra profesión de Fe, un solo Dios verdadero en tres personas distintas: “Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra… Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del padre antes de todos los siglos… Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida”. Esta imagen de Dios que caracteriza nuestra fe cristiana la ha comprendido y profundizado la Iglesia iluminada por la luz del Espíritu Santo a partir de su experiencia vital de fe: “La verdad revelada de la Santísima Trinidad ha estado desde los orígenes en la raíz de la fe viva de la Iglesia, principalmente en el acto del bautismo. Encuentra su expresión en la regla de la fe bautismal, formulada en la predicación, la catequesis y la oración de la Iglesia. Estas formulaciones se encuentran ya en los escritos apostólicos, como este saludo recogido en la liturgia eucarística: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros» (2Co 13,13)” (CatIgCat 249; Cfr. 249-256). A través de la revelación veterotestamentaria, heredada por la Iglesia cristiana de las manos de Israel, hemos conocido la unicidad del Dios verdadero, Creador de todas las cosas y Salvador de sus fieles, a quienes invita, por medio de la Alianza, a vivir en una relación de amor y observancia de sus mandamientos. “En la plenitud de los tiempos” (Cfr. Gal 4,4-6) hemos conocido el rostro definitivo de Dios, Padre misericordioso, a través de su Hijo amado, hecho hombre por nosotros: “A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer” (Jn 1,18). El envío y misión salvadora del Hijo se prolonga en el envío del Espíritu, llamado “Señor” porque es Dios como el Padre y el Hijo. Es el Espíritu Santo, “Espíritu de filiación adoptiva” (Cfr. segunda lectura, Rm 8,15), quien nos configura con Cristo muerto y resucitado, nos introduce en el misterio de amor trinitario y nos inspira la plegaria filial, haciéndonos capaces de llamar “Padre” a Dios. La Trinidad Santísima no es una fórmula matemática o un enunciado filosófico para desenmarañar con nuestras solas capacidades intelectuales, sino un misterio de amor para contemplar y vivir, ya que hemos sido bautizados invocando a la Santísima Trinidad sobre nosotros. Somos hijos del Padre, injertados sacramentalmente en Cristo y marcados con su sello en el bautismo por el Espíritu Santo, de quien somos templos vivos (Cfr. Rm 8,9; 1Cor 3,16-17; 6,9; 2Cor 6,16). Vivir en la gracia de Dios significa vivir en el amor trinitario, del que ya participamos por gracia del bautismo – al mismo tiempo, nuestra esperanza cristiana es participar de la vida eterna, la eterna bienaventuranza que será vivir plena y definitivamente en ese misterio de amor (Cfr. CatIgCat 1721, 1997). Celebremos con gozo y fe este misterio de amor: “Dios Padre, que al enviar al mundo la Palabra de verdad y el Espíritu santificador, revelaste a todos los hombres tu misterio admirable, concédenos que, profesando la fe verdadera, reconozcamos la gloria de la eterna Trinidad y adoremos la Unidad de su majestad omnipotente” (Oración Colecta).

«¡Reciban el Espíritu Santo!»

«¡Reciban el Espíritu Santo!»

Hoy, Domingo de Pentecostés y conclusión de las fiestas pascuales, volvemos a escuchar un fragmento del Evangelio de San Juan que fue proclamado ya el II Domingo de Pascua (20,19-31), por lo que reproducimos el comentario hecho ya en aquella ocasión. “Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría”. San Juan nos ubica en este contexto cronológico, ubicados al anochecer del día de la resurrección, el día del Señor. Los discípulos se encuentran encerrados por temor a que les pudiera pasar lo mismo que a su Maestro – ser aprehendidos, encarcelados y condenados a muerte. Jesús “se presentó” (élthēn ho Iesóus): el uso deliberado del verbo “venir” en el texto joánico hace referencia a la Parusía – en la visión teológica de Juan, la resurrección es el principio de la plenitud, de la venida en gloria del Hijo de Dios. La ubicación de Jesús, “en medio” (éstē eis tó méson; uso de la preposición con acusativo que indica la dinamicidad de la manifestación) de sus discípulos es también relevante: en la experiencia extática de Juan al principio de su visión profética en el libro del Apocalipsis, Cristo resucitado se ubica “en medio” de los candelabros de oro que representan la dimensión litúrgico-cultual de la Iglesia en relación con la trascendencia divina a través del propio Jesús (Cfr. Ap 1,12-13: en mésōi). En el mismo libro, en la visión de la corte celestial, el Cordero “de pie y degollado” se encuentra también “en medio” (Cfr. Ap 5,6: en mésōi, dos veces) del trono celestial y de los cuatro vivientes que representan la totalidad de la creación animada; “en medio” de los veinticuatro ancianos que representan la antigua y la nueva alianza. Cristo resucitado está en el centro como mediador de la relación de la humanidad y la creación con la salvación divina. El saludo de Cristo a sus discípulos es relevante: “la paz esté con ustedes” (eirēnē hymín). En el hebreo del Antiguo Testamento, la palabra šālôm, generalmente traducida como “paz”, es la forma de saludar, de preguntar por la salud de alguien (Cfr. 2Sam 11,7), por la situación general de su bienestar personal y la integridad de la vida, la prosperidad material y espiritual, que es un don de Dios (Cfr. Nm 6,22-26; 25,12; Sal 29,11; Is 26,12) – probablemente la palabra se deriva del verbo šālam: quedar entero, completo. El Mesías, Siervo del Señor, anunciado por el profeta Isaías, sería llamado “Príncipe de la Paz” (śar-šālôm; 9,6. Cfr. Zac 9,9-10): Cristo resucitado es este Príncipe de la Paz que la da a sus discípulos de un modo completamente nuevo, diferente a la paz de los hombres, que muchas veces sólo es una máscara hipócrita para ocultar la guerra y el odio (Cfr. Jn 14,27; 16,33). La paz es también un fruto del Espíritu (Cfr. Gal 5,22). Jesús les muestra a sus discípulos las manos y el costado para que puedan identificarlo: es el mismo Jesús con el que ellos convivieron antes de la Pasión, el mismo al que vieron crucificado y colocado en el sepulcro, como lo testimonian también los anuncios de la resurrección (Cfr. Mt 28,5-6: el “crucificado” [estaurōménon] “ha resucitado” [ēgérthē]). El Espíritu Santo continúa la misión del Hijo, impulsando a la comunidad cristiana al testimonio y la misión. Jesús resucitado “sopló” (enefýsēsen; Cfr. Ez 37,9 LXX) sobre ellos, gesto que nos recuerda Gn 2,7 – el soplo del aliento (rȗaḥ/nəšāmat ḥayyîm) divino en el primer hombre y ahora el soplo de Cristo resucitado que da comienzo a la nueva creación. La misión de la comunidad cristiana incluye el perdón de los pecados, continuación de la misión misericordiosa de Jesús que es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Cfr. Jn 1,29; Jr 31,34).

 

VID VERDADERA

 

En este Ciclo Dominical B el Leccionario nos ofrece la posibilidad de leer otro pasaje del Evangelio de San Juan (Jn 15,26-27; 16,12-15) que completa de alguna manera el desarrollo iniciado en el Domingo V con la imagen de la Vid verdadera y los sarmientos y continuado en el Domingo VI. Según algunos exégetas, estos textos corresponden al Segundo (15,1-16,4D) y Tercer (16,4E-33) Discursos de Despedida de Jesús. Estos discursos, ubicados en el contexto de la cena de Jesús con discípulos, no están propiamente centrados en el tema de la “despedida”, sino que apuntan más bien a la realidad que viven los discípulos de Jesús en la situación post-pascual. Después de la insistencia sobre la relación de “permanencia” en el amor y la necesidad de dar frutos que caracteriza la imagen: relación con Jesús (v. 1-8) y con el Padre a través de Jesús (v. 9-17), a partir del v. 18 la perspectiva se expande para presentar la relación entre los discípulos y “el mundo” – una relación de “odio”, que contrasta absolutamente con el tema del amor desarrollado en el contexto previo – la consecuencia es el anuncio de la persecución (v. 20-25). En medio de la persecución los discípulos tendrán que “dar testimonio”, alentados y fortalecidos por el Espíritu Santo: “En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando venga el Consolador, que yo les enviaré a ustedes de parte del Padre, el Espíritu de verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí y ustedes también darán testimonio, pues desde el principio han estado conmigo»”. El tema del Espíritu Santo ya había aflorado en el contexto de los discursos de adiós (Cfr. 14,16.26). Es “el Consolador” (ho paráklētos; Cfr. CatIgCat 692), “enviado” por Jesús (hón egō pémpsō hymín) “de parte del Padre” (pará tóu Patrós) como “Espíritu de verdad” (tó pnéuma tēs alēthéias, Cfr. 16,13). En el Credo nosotros profesamos la fe en el Espíritu Santo, “Señor y dador de vida”, en la unidad substancial del único Dios verdadero: Padre, Hijo y Espíritu Santo, “que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria” (Cfr. CatIgCat 245-248). El título “Espíritu de verdad” hace referencia a la función reveladora que desempeñará el Espíritu en relación con los discípulos – “los irá guiando hasta la verdad plena” (Cfr. 16,13). Jesús mismo “da testimonio de la verdad” (Cfr. Jn 18,37) en su proceso frente a Pilato – el Espíritu fortalecerá a los discípulos con su gracia e iluminará su entendimiento para que “den testimonio” ante los tribunales de la Verdad que es el mismo Jesús. Su testimonio es absolutamente válido porque es acreditado por las palabras de Jesús: “desde el principio han estado conmigo” (hóti ap’arjēs met’emóu este, Cfr. Hch 1,21-22). Coincide así el IV Evangelio con la tradición sinóptica en cuanto al anuncio de la persecución y el odio contra los discípulos “por causa de mi nombre” y la misión del Espíritu Santo que inspirará su propia defensa a los discípulos (Cfr. Mt 10,17-22; Mc 13,9-13). El Tercer Discurso de Despedida (16,4E-33) comienza con el tema de la próxima partida de Jesús y la tristeza de los discípulos, a la que Jesús responde con la promesa del Paráclito: “Les conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito; pero si me voy, se lo enviaré (pémpsō autón prós hymás)” (16,7). La próxima partida de Jesús se refiere a la pasión, muerte y resurrección, cuando “su tristeza se convertirá en gozo” (Cfr. 16,16-20) al verlo glorificado.

 

AUSENCIA

 

Sin embargo, también se refiere a una “ausencia” más prolongada: después de resucitar y volver al Padre, los discípulos ya no verán a Jesús resucitado de la misma manera – lo verán presente en la Iglesia por la acción del Espíritu: “cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia, porque me voy al Padre, y ustedes ya no me verán (hóti prós tón Patéra hypágō kái oukéti theōréité me); en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado” (16,8-11). La función del Espíritu respecto al mundo se completa con la función que desempeñará respecto a los discípulos. La ausencia de Jesús por su partida no implica un vacío en la vida de los discípulos, ya que seguirá presente por la acción del Espíritu, que será el “guía” y el Espíritu de profecía (CatIgCat 729). Jesús no abandona a sus discípulos, sino que los confía a la acción del Espíritu. El envío del Espíritu no es el principio de una nueva economía de salvación, sino la plenitud de la Pascua de Cristo: el Espíritu será la memoria viva de Jesús en medio de la Iglesia, haciéndolo presente por medio de su testimonio por la Palabra y los sacramentos en la dinámica de la vida cristiana integral. Así se completa la enseñanza y la exhortación objeto del discurso y contenidas en la imagen de la Vid verdadera y los sarmientos: la “permanencia en el amor” de Jesús y del Padre sólo será posible por la acción del Espíritu enviado por Jesús “desde el Padre”; en consecuencia, los “frutos” de vida cristiana que los sarmientos deben producir sólo serán una realidad en la vida de los discípulos gracias a la acción del Espíritu, que continúa la acción reveladora y la dotación de la gracia para la fe y el servicio (Cfr. segunda lectura, 1Cor 12,3-7.12-13) – el “testimonio” de vida cristiana que los discípulos deben dar ante el mundo. Jesús resucitado hace partícipes a sus discípulos de su Espíritu para la misión (Cfr. CatIgCat 730).

¿Es pertinente plantearnos ahora la pregunta sobre el momento específico del don del Espíritu de parte de Cristo a sus discípulos? ¿Fue en la cruz, en el momento en que “inclinando la cabeza entregó el Espíritu” (kái klínas tēn kephalēn parédōken tó pnéuma; Jn 19,30; Cfr. 7,39)? ¿O en sus apariciones a los discípulos, narradas por el evangelista Juan, al soplar sobre ellos y decirles: “reciban al Espíritu Santo” (Jn 20,22)? ¿O en esta fiesta de Pentecostés, según el relato de Hechos de los Apóstoles, cincuenta días después de la Pascua? La respuesta es sencilla y compleja a la vez. Pentecostés no es una fecha: es el fruto permanente de la Pascua de Cristo – la presencia siempre nueva y siempre viva de Jesús en su Iglesia por la acción del Espíritu Santo, “Señor y dador de vida”, memoria y presencia de Cristo en medio de sus discípulos, que los impulsa a la misión y al testimonio cristiano.

El Señor Jesús subió al cielo

El Señor Jesús subió al cielo

La conclusión del Evangelio de Marcos ha presentado a los exégetas y a sus lectores en general problemas muy grandes a nivel textual y hermenéutico – los testimonios textuales sobre la conclusión del Evangelio de Marcos nos presenta hasta cuatro formas diferentes: 1) el llamado “Final Breve”, que termina en 16,8: “Ellas [las mujeres que habían ido a buscar el cuerpo de Jesús al sepulcro] salieron huyendo del sepulcro, pues un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas, y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo” – así aparece en los Códices Sinaítico y Vaticano (s. IV); 2) un segundo final, a modo de resumen y transición hacia el texto conocido de 16,9-20, reportado por unos pocos manuscritos y versiones  antiguas: “pero ellas reportaron brevemente a Pedro y a aquellos que estaban con él todo lo que se les había dicho. Y después de estas cosas Jesús mismo envío a través de ellos, desde el Este hasta el Oeste, la sagrada e imperecedera proclamación de eterna salvación”; 3) El “Final Largo” o “Final Canónico”, del que hoy escuchamos los últimos versículos (16,9-20), que presenta problemas de vocabulario y de redacción para conectar con el v. 8 previo y que probablemente es citado por Justino Mártir en su famosa “Apologia” (I,45; s. II), mientras que San Ireneo de Lyon y la concordancia de los cuatro Evangelios de Taciano, conocida como el Diatessaron, son los primeros testimonios incuestionables en el ámbito patrístico; 4) por último, San Jerónimo en el s. IV es testigo de una expansión textual en el v. 14 del “Final Canónico” en que los “Once” tratan de justificar su “incredulidad y dureza de corazón”: “«Esta época de iniquidad e incredulidad está bajo el poder de Satanás, quien no permite que la verdad y el poder de Dios prevalezcan sobre la impureza de los espíritus. Por tanto, revela ahora tu justicia».

 

PODER DE SATANÁS

Y Cristo les replicó: «El término de los años del poder de Satanás se ha cumplido, pero otras cosas terribles se acercan. Y por aquellos que han pecado yo fui entregado a la muerte, de manera que ellos puedan regresar a la verdad y ya no pequen, de manera que puedan heredar la gloria espiritual e incorruptible de justicia que está en el cielo»” (Cfr. Metzger, A Textual Commentary on the Greek New Testament [21998] 102-106). Debemos decir enseguida que la “autenticidad” textual y literaria del final breve del Evangelio de Marcos no desmerece la autenticidad canónica del escrito, que es, no obstante, parte integral del Evangelio de Marcos y constituye su conclusión particular. Desde el punto de vista exegético-teológico la conclusión “original” del Evangelio de Marcos con las mujeres asustadas que huyen y guardan silencio a pesar de que se les ha encomendado transmitir un mensaje a los discípulos y a Pedro, es verdaderamente extraño – además, desde el punto de vista gramatical, la frase parece trunca: falta algo para continuar, probablemente, con el relato de la falta de fe de los discípulos y la aparición del Resucitado. Parece ser que, en efecto, falta algo en la conclusión de Marcos: “Tampoco sabemos cómo llegó a desaparecer la conclusión original del evangelio. Se ha conjeturado que se mutiló el papiro original, que Marcos murió prematuramente o que se suprimió deliberadamente la conclusión original del evangelio” (Taylor, Evangelio según San Marcos, 738). Es difícil aventurar alguna hipótesis sobre el origen del “Final Canónico” y la manera como terminó insertado en la conclusión del Evangelio de Marcos: el debate continúa para los exégetas – algunos lo consideran “un catecismo pascual” (Cfr. Gnilka, El Evangelio según San Marcos II, 414.419). “Este pasaje no está contenido en los manuscritos más antiguos del Evangelio de Marcos. En el modo de narrar, se distingue claramente del resto del texto marciano, que describe los acontecimientos de un modo vivo y con muchos detalles particulares. En estos versículos se resume lo que en otros Evangelios se nos refiere sobre las apariciones del Resucitado. El pasaje consiste en una serie de tales resúmenes. Se encuentra ya documentado en el siglo segundo, y fue añadido al Evangelio de Marcos, probablemente porque muy pronto se sintió como insatisfactorio el hecho de que el Evangelio concluyera con el miedo de las mujeres. Este pasaje ha tomado el nombre de final canónico de Marcos. Aunque no proviene de Marcos, viene de una antigua tradición y pertenece a la Sagrada Escritura” (Stock, Marco [2003] 354).

 

PALABRA DE DIOS

Para nosotros, lectores y predicadores de la Palabra de Dios, el punto de partida, iluminado por el marco de fe de la Iglesia, es el texto canónico tal como nos ha sido transmitido constantemente, y así podemos leer el capítulo 16 del Evangelio de Marcos en una progresión constante, comenzando con la imagen del sepulcro vacío y el testimonio del joven con túnica blanca – “Buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí” (v. 1-8) – y continuando con otras dos secciones: 1) el testimonio de las apariciones del Resucitado a María Magdalena, identificada nuevamente y quien cumple el encargo de comunicar la noticia “a los que habían vivido con él, que estaban tristes y llorosos”, incapaces de creer a su testimonio (ēpístēsan, v. 11). Se añade de manera casi marginal la aparición “a dos de ellos”, identificados por la tradición como los “peregrinos de Emaús” (Cfr. Lc 24,13-35), cuyo testimonio tampoco es recibido con fe (oudé ekéinois epísteusan, v. 13); 2) la segunda sección, cuadro conclusivo del capítulo 16, es la tercera y última aparición de Cristo resucitado, en este caso a “los Once” (tóis héndeka), mientras estaban “a la mesa” (Cfr. Lc 24,36-49; Jn 20,19-23). Comienza en el v. 14 con la reprimenda que Jesús les dirige – “se les apareció (ephanerōthē) y les echó en cara su incredulidad (ōnéidisen tēn apistían autōn) y su dureza de corazón (kái sklērokardían, Cfr. Mc 10,5; Lc 24,25) por no haber creído a quienes le habían visto resucitado”. Así, encontramos un proceso que nos lleva desde el testimonio celestial, pasando por el de María Magdalena y los dos discípulos del camino, hasta la confrontación con la realidad de Cristo resucitado frente a los ojos de “los Once”. “En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: «Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado. Estos son los milagros que acompañarán a los que hayan creído: arrojarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño; impondrán las manos a los enfermos y éstos quedarán sanos». El Señor Jesús, después de hablarles, subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba su predicación con los milagros que hacían” (16,15-20). Podríamos sentirnos tentados a descalificar a “los Once” como misioneros por su falta de fe, acreditada insistentemente a lo largo de este capítulo conclusivo de Marcos. Sin embargo, Jesús los envía: “Vayan por todo el mundo (poreuthéntes eis tón kósmon hápanta) y prediquen el Evangelio (kērýxate tó euangélion) a toda creatura”. Se complementa así el proceso iniciado con la vocación de “los Doce” (epóiēsen dōdeka, v.14.16), quienes fueron llamados e instituidos “para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar (kái hína apostéllēi autóus kērýssein) con poder de expulsar los demonios” (Cfr. 3,13-19). Ciertamente podemos entender como una advertencia para los Apóstoles la cláusula sobre la incredulidad: “El que crea y se bautice, se salvará (ho pistéusas kái baptisthéis sōthēsetai); el que se resista a creer, será condenado (ho dé apistēsas katakrithēsetai)” – fe y salvación están indisolublemente relacionados en el gesto sacramental del bautismo, inserción en Cristo resucitado y en su cuerpo, la Iglesia (Cfr. CatIgCat 161, 183, 1253, 1257). Los “signos” (sēméia, Cfr. Mc 8,11) acreditarán el carácter de los enviados, destacando en primer lugar la expulsión de los demonios “en mi Nombre” (en tōi onómatí mou). No olvidemos que en Evangelio de Marcos el primer milagro de Jesús es la expulsión de un demonio (Cfr. 1,21-28) y que este tipo de actividad exorcista es signo de la llegada del Reino (Cfr. Mt 12,28; Lc 11,20), así como la curación de los enfermos (Cfr. 1,29-34), imponiéndoles las manos.

 

APÓSTOLES

Los Apóstoles, enriquecidos con la gracia del Espíritu Santo, hablarán todas las lenguas del mundo para comunicar el mensaje de salvación (Cfr. Hch 2,1-13). Jesús resucitado estará presente en la misión de sus enviados por medio del testimonio evangélico y la invocación de su Nombre. Por último, “los Once” son testigos de la exaltación del Señor Jesús (ho Kýrios Iēsóus), como sello y conclusión teológica del misterio de muerte y resurrección que es la Pascua de Cristo: “subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios” (anelēmphthē eis tón ouranón kái ekáthisen ek dexiōn tóu Theóu). Jesús resucitado es “arrebatado” al cielo, como lo fue Elías (Cfr. 2Re 2,11 LXX; 1Mac 2,58). Es la entronización del Rey-Mesías, victorioso sobre el poder del pecado y de la muerte (Cfr. Sal 110,1). “Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: «A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás» (Dn 7,14). A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del «Reino que no tendrá fin»” (CatIgCat 664). El v. 20 es una suerte de resumen que nos refiere el cumplimiento del mandato recibido del Señor: los Apóstoles “fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes” (exelthóntes ekērysan pantajóu), acompañados en todo momento por la acción del Señor a través de los signos que había anunciado.

 

DON DEL ESPÍRITU

A la espera del don del Espíritu, la Iglesia contempla al Señor Jesús que sube a la derecha del Padre para interceder y acompañar con su poder la misión de sus discípulos. Con la mirada de fe y la esperanza puesta en Jesús, podemos emprender la difícil tarea de hacer llegar el anuncio gozoso del Evangelio a los hombres y mujeres de hoy, que tal vez en medio de sus sufrimientos y ansiedades “se niegan a creer”, es decir, no se sienten capaces de entregarse completamente a Cristo. No podemos cruzarnos de brazos: debemos reforzar nuestro testimonio de vida cristiana, que es la mejor predicación, hecha con la vida y no sólo con palabras. Ante la tentación del desánimo y de nuestra propia falta de fe, es preciso recordar la esencia misionera de la Iglesia y la imposibilidad de callar el testimonio de la resurrección que escuchamos insistentemente en este tiempo de Pascua. “En efecto, la misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola!” (Cfr. San Juan Pablo II, Redemptoris Missio [7 diciembre 1990] 2). Le fe es un don que se recibe en el bautismo, se pide y crece en la oración y se refuerza y madura en la misión evangelizadora (Cfr. CatIgCat 153, 162). ¡No hay tiempo que perder!