¿Por qué Dios mío, por qué?

¿Por qué Dios mío, por qué?

Pablo Perazzo

Si somos —como se suele decir— «católicos practicantes» hemos escuchado muchas veces este pasaje: «Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá. Pero el que pierda su vida por causa de mí, la hallará» (Mateo 16, 24-25). Sin embargo, resulta paradójico decir que Jesús nos quiere felices y alegres, cuando ser cristiano implica seguir a una persona colgada de una cruz.

¿Cómo entender esto? Suenan sensatos los reclamos de quiénes reniegan de Dios —a veces nosotros mismos— porque tienen a un padre, madre o familiar muy querido, que murió por este virus que azota a la humanidad. Por no mencionar las cruces que seguramente ya cargamos hace años.

 

LA VIDA IMPLICA CRUCES

Lo primero, es entender que Dios no nos envía las cruces a nuestra vida. La vida en sí misma está teñida de dolor. Nuestra vida está repleta de momentos maravillosos, pero también, ocasiones en las que vivimos situaciones con mucho dolor. Empezando por los problemas personales, que pueden ser desde algo corporal, pasando por problemas afectivos y psicológicos, hasta problemas de índole moral o espiritual.

También están los problemas que podemos experimentar en nuestras relaciones con otras personas. Empezando por aquellos con los que vivimos bajo el mismo techo, ya sea el cónyuge, hijos o parientes cercanos, amigos íntimos o del trabajo. Así como personas que, por circunstancias totalmente inesperadas, pueden generar complicaciones severas.

 

¿POR QUÉ DIOS PERMITE QUE MI CRUZ SEA TAN PESADA?

En segundo lugar, efectivamente, es correcto decir que estos males son permitidos por Dios. Si no, obviamente, no existirían. Si Dios no los permitiera, no surgirían. Es una cuestión de simple lógica. Sin embargo, si Dios es tan bueno, nos creó por amor, y quiere que seamos felices… ¿por qué permite tanto sufrimiento?

El mal es un misterio. ¿Por qué? Justamente porque Dios que es bueno y amoroso, y aparentemente no debería permitir ese tipo de cosas. Parece como si algo «no encajara», no tuviera lógica. Y es que efectivamente, ¡no tiene lógica! Esas cruces, y todo el mal que existe, no debería ser una realidad. Dios no quiere nada de esto. El paraíso era un lugar hermoso, donde nuestros primeros padres vivían en plena armonía con toda la creación.

Entonces ¿cómo es posible que exista tanto mal? La respuesta típica, sería decir que es culpa de nuestro pecado. Sin embargo, prefiero responder a la pregunta desde otra perspectiva: ¡Porque Dios nos quiere libres! Es decir, al crearnos a su imagen y semejanza, nos ha dado la libertad.

La falta de lógica no está en Dios, sino en nosotros, que en vez de ser fieles a su amor, encaminando nuestra libertad hacia la felicidad, preferimos alejarnos de Él, optando por el mal. En nuestra vida podemos elegir el camino del bien o del mal. No hay un camino intermedio.

 

DIOS YA LO SABIA

Es cierto que sabía que nuestros primeros padres elegirían seguir la tentación del demonio. Pero si no tuviésemos la posibilidad de optar por el mal, no seríamos libres, ni tampoco podríamos amar. El amor es posible gracias a la libertad.

Libremente decido amar a la otra persona. Dios quiere que, desde una opción libre, deseemos amarlo. No nos quiere obligar, y por eso no puede negar la posibilidad de que optemos por el mal. ¡Aunque no lo quiera!

Entonces, Dios no quiere el mal para nosotros. Pero si no lo permitiera, estaría yendo en contra de nuestra libertad y por lo tanto, en contra de lo que Él mismo creó. En otras palabras, Dios, por respetar nuestra libertad y ser consecuente con su valor, permitió la posibilidad de que eligiéramos el mal y todas sus consecuencias.

 

¿QUÉ PODEMOS HACER PARA LLEVAR NUESTRA CRUZ?

Adherirnos, con el uso adecuado de nuestra libertad, al plan amoroso del Padre, siguiendo las huellas de nuestro Señor. Hacer el mejor esfuerzo de nuestra parte por buscar la alegría y la felicidad, realizándonos a través del amor.

¿Y cómo vivir el amor si estamos heridos por el pecado? Siguiendo el camino que Dios Padre, rico en misericordia, nos proporcionó a través de su Hijo único, quien se sacrificó para redimirnos del pecado, a través de su muerte y resurrección. El amor de Cristo implica la cruz, pero es el camino hacia la vida eterna.

¿Quién tiene la culpa del mal del mundo?

¿Quién tiene la culpa del mal del mundo?

Pablo Perazzo

Lo primero que debemos decir es que para los cristianos, aunque obremos mal, seguimos siendo buenos a los ojos de Dios. Estamos heridos por el pecado, sin embargo, la creación sigue siendo buena.

No hemos perdido nuestra imagen divina. Aunque todo esto se ve dañado por el mal. ¿Por qué? ¿Cómo? Lo dicho puede parecernos normal, pero para muchas culturas, filosofías y religiones distintas al cristianismo, el mal y el bien coexisten, es decir, son dos realidades que siempre existieron juntas.

La verdad es que no deja de ser una interpretación de la realidad con una aparente sensatez, o sentido común. Basta una mirada al mundo, a la sociedad en que vivimos, los lugares que frecuentamos, nuestra misma familia, e incluso, nosotros mismos. Para darnos cuenta que son dos realidades que están siempre juntas.

ORIGEN DEL BIEN Y EL MAL

El mal es una ausencia de bien. El mal es una cierta falta, limitación o distorsión del bien. Propiamente dicho, el mal existe en tanto haya una ausencia del bien. Ya sea físico —en tanto degradación de la materia—, o moral debido al mal uso de nuestra libertad (pecado).

Por eso el mal siempre es algo referido al bien. Sufrimos a causa de un bien del que no participamos. Ya sea por estar excluidos de algo que merecemos, o del que nosotros mismos nos hemos privado. Por eso nos debe quedar claro que, el bien y el amor de Dios están antes que la presencia del mal.

El mal surge, solamente, cuando Lucifer decide desobedecerle a Dios. Y tentando al ser humano, nos induce al pecado. Solamente desde entonces, la creación y la naturaleza humana están impregnadas del mal.

Por lo tanto, Dios no tiene ninguna culpa del mal en nuestras vidas. Es algo sin sentido, echarle la culpa o renegar de Dios, porque suceden cosas malas en nuestra vida. La realidad es así, pues Lucifer y nuestros primeros padres decidieron cerrar el corazón al Amor de Dios.

UNA NUEVA CREACIÓN GLORIOSA

No obstante, Dios nunca nos abandona. Es más, nos regala una nueva creación. Nuestro Padre del Cielo, envía a su Hijo Jesucristo a morir en la cruz, para luego resucitar, y así crear un mundo nuevo.

Cuando Cristo resucita no está «arreglando» este mundo en que vivimos. Lo que Cristo hizo con su muerte y resurrección, fue darle término a esta realidad corrompida por el pecado, y empezar una nueva realidad. Una realidad gloriosa. Precisamente por eso, decimos: «una Nueva Creación».

¡Así que ánimo! Abramos nuestro corazón a Cristo, y antes de lanzarnos a renegar de Dios por nuestro sufrimiento o por el mal que vemos a diario en todas partes, pensemos que Él es quien nos abre las puertas del Cielo y nos perdona siempre.

Dioses con los que confundes a Dios

Dioses con los que confundes a Dios

Mauricio Artieda

La vida cristiana es un proceso y un camino por amar y conocer a Dios. El mejor ejemplo está en la vida de los apóstoles: ninguno de ellos empezó su vida al lado de Cristo sabiendo a ciencia cierta quién era Él. Poco a poco, gracias a la amorosa pedagogía del Señor, Jesús se les fue revelando la plenitud de su divinidad, pero para que ocurriera eso, los apóstoles pasaron por distintas aproximaciones e ideas sobre Jesús, a partir de sus propias expectativas, angustias, miedos, sueños, torpezas, ilusiones y demás.

EL DIOS DE LOS BUENOS

Es un dios difícil de tratar. Cuando somos o nos sentimos buenos todo anda bien con él, pero cuando las cosas se ponen difíciles, cuando el pecado aparece en nuestras vidas, este reyezuelo se ofende a muerte y exige – si está de buen humor – penitencias y sacrificios para reparar los males cometidos.

Quienes creen en él enfrentan una dura disyuntiva: aceptar la dura experiencia de no ser nunca suficientes para el Dios que aman, o bloquear esta frustración a través de la peligrosa fantasía de no reconocerse pecadores. Los primeros, agobiados por los sentimientos de culpa, tarde o temprano se hartan y lo abandonan; los segundos, a fuerza de racionalizaciones y excusas, han construido un mundo de fantasía donde la crítica de los defectos y pecados ajenos es la droga que les permite sentirse temporalmente tranquilos y justificados.

EL DIOS DE LOS FILÓSOFOS

Es un dios sabio y muy exigente. Para él lo importante es que sus seguidores lo entiendan, conozcan su historia, admiren sus dogmas y tengan una teología ortodoxa, según el catecismo de la Iglesia, por supuesto.

Los seguidores de esta divinidad profesoril han oído hablar mucho de dios pero nunca han hablado con Dios. Sus discursos son correctos, incluso hermosos, pero dejan un regusto insípido, como si hubiesen sido leídos y no vividos… y es que eso es exactamente lo que ha ocurrido, porque estos hombres hasta el sagrario de la oración lo han convertido en una ocasión para aprender y no para amar.

Creen que aman a dios porque lo conocen, pero la escala de grises del conocimiento humano, por más ordenada que sea, no basta para medir la luz refulgente y las infinitas tonalidades de Dios.

EL DIOS DE LOS ASTRÓNOMOS

Este dios es hermoso como la Luna. Sus seguidores lo contemplan con admiración y respeto, especialmente de noche, tal vez con una oración sincera antes de dormir, pero después de eso su presencia en la vida diaria es meramente decorativa. Y no es que estos creyentes no crean en él, no es que no sepan que se encarnó y entregó su vida para redimirlos del pecado. También sobre la Luna saben y tienen la certeza que de ella dependen algunos factores gravitacionales que permiten la vida en la Tierra. Ese no es el problema. El punto es que el dios de los astrónomos no baja, no se hace concreto, no se inmiscuye en la vida de nadie y sus misterios son historia del pasado.

Estos creyentes son una raza muy particular y triste: creen ser redimidos pero no viven como redimidos, creen ser amados pero no se sienten amados, creen que en la Eucaristía está el cuerpo del Dios vivo pero su dios, en la práctica, es un cadáver.

EL DIOS DE LOS MÍSTICOS

Este dios produce una mezcla de placer y orgullo en sus secuaces. Quienes lo siguen, al inicio, experimentan el calor y la cercanía del Dios vivo, pero luego, maravillados por la experiencia sentimental más que por el encuentro con el Señor, sacrifican al hijo para salvar al becerro. Así es, estos hombres rezan, ¡madre mía, cómo rezan y hablan de dios! Incluso pueden ser hombres caritativos; pero toda su actividad religiosa esta centrada en ellos mismos, en el orgullo y en el placer sensual que experimentan.

Pero como sucede con todos los ídolos, este pequeño y mezquino diosecillo dionisiaco tampoco es capaz de llenar la sincera hambre de comunión que reclama el corazón de sus fieles.

EL DIOS DE LOS DRAMÁTICOS

Este dios está siempre triste y compungido contemplando los pecados de los hombres. Siente algún tipo de placer enfermizo recordándole a sus fieles sus traiciones, hipocresías y maldades. Todo lo exagera y lo redimensiona para hacerse la víctima y así acumular ruegos, coronillas, promesas y fervorosas oraciones de arrepentimiento.

De su omnipotencia no queda ni rastro, el pecado parece ser mucho más fuerte que él; por eso, sus seguidores siempre toman la iniciativa: se llenan de medios y se autosugestionan para redoblar sus esfuerzos en la lucha contra el pecado. Pero tropiezan, las buenas intenciones les duran algunos días o semanas hasta que incurren en lo mismo de siempre. ¡Y la mezquina divinidad que adoran hace fiesta!, porque nadie se acuerda de ella mientras dura el combate voluntarista. El nombre del dios de los dramáticos se pronuncia solo cuando se saborea la culpa y aparece la necesidad — fundamentalmente psicológica — de recibir el perdón, y así poder recomenzar este ciclo des-graciado.

Dios no puede hacerlo todo

Dios no puede hacerlo todo

Franco Lanata

¿Dios lo puede todo? A ello, debemos responder que sí y que no. Así es, Dios puede hacer todo en su omnipotencia pero al mismo tiempo no puede contradecirse, ni traicionarse, ni negarse, ni ir contra la verdad, pues Él es la verdad. No puede hacer imposibles, porque los imposibles atentan contra el orden mismo de su creación. Sin embargo, sí puede intervenir en el orden natural de lo creado en vista de que su Reino de bien, paz y amor, crezca en el mundo.

Es importante reflexionar en una palabra que se va ausentando cada vez más de nuestra cultura actual: naturaleza. Hoy parece molestarnos la idea de que las cosas sean de una determinada manera o ya estén establecidas, porque en ese hecho encontramos que los seres pueden ser limitados o definidos y eso podría atentar contra nuestra libertad, más aún cuando esta pretende ser declarada como absoluta.

Dicho de otro modo, descubrir o reconocer que los seres sean de un modo nos sugeriría inmediatamente un orden, un camino de despliegue, la diferencia entre lo favorable de lo desfavorable, lo correcto de lo incorrecto y finalmente, lo bueno de lo malo. Aceptar eso nos podría comprometer e incomodar. Por ello hablar de naturaleza divina o naturaleza humana resulta políticamente incorrecto. Pretender saber quién y cómo es Dios o el hombre sería demasiado pretencioso y, en consecuencia, dictatorial. Pero para nosotros, que tenemos fe, es decir, que creemos con todo nuestro ser en lo que Dios Trinidad nos ha revelado de sí mismo, de nosotros y del mundo, la palabra naturaleza será, por el contrario, nuestro punto de partida.

DIOS ES LA BASE DE LA FE

Si pensamos en «cómo» es Dios, por ejemplo, sabremos que es una comunión de amor entre tres personas divinas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esto fue lo que nos reveló Jesús, la Palabra hecha hombre y al tener esto claro también sabemos cómo «no» es Dios. Ese conocimiento que tenemos (limitado pero seguro), es la base sobre la que se sustenta nuestra fe y nuestra relación con Él. De ahí, que podamos tener la seguridad y la confianza en un Dios que es fiel a sí mismo y que no nos engaña, porque Él mismo es amor y sabiduría.

Ese mismo Dios crea por sobreabundancia de amor y participa su ser a toda la creación, de allí que nos crea a su propia imagen y semejanza. Del hecho básico y fundamental de que tanto Dios como el hombre sean de un modo y no de otro, es decir, que tengan naturaleza, es que se sigue el hecho de poder afirmar que hay cosas que Dios no podría hacer porque no están en su plan de sabiduría y amor.

UN GRITO DESESPERADO

Con esta idea quiero pasar a pensar en nuestras vidas. ¿Cuántas veces el misterio del mal afecta nuestras vidas a diversos niveles?, ¿cuántas veces la pregunta por las capacidades de Dios no es un divertido juego de lógica sino un grito desesperado desde lo profundo de nuestro corazón? Con frecuencia queremos que las cosas sean de otro modo, no tener algún mal moral, una enfermedad, un dolor, un daño, una herida, la muerte, etc. Creo que hay dos cosas fundamentales que tenemos que creer y entender y sobre las cuales tenemos que interpretar la realidad.

Lo primero es que el sentido de la creación es el infinito amor que Dios tiene por la humanidad. Desde ahí se deriva lo segundo: podemos confiar, aunque muchas veces con dificultad, en que Dios, sin oponerse al orden natural creado, actúa constantemente en nuestro favor y para nuestro bien.

Las preguntas más elevadas y misteriosas no suelen llegar a nuestras vidas por casualidad, sino por necesidad. Y en medio de un mundo en el que vamos navegando con fragilidad, en que nos surgen constantes interrogantes sobre el misterio del mal; podemos confiar en que no vamos a merced de fuerzas extrañas y malignas, sino a merced del amor y la Palabra que lo sostiene todo y nos libera del caos. Venimos del amor, vivimos del amor y vamos hacia el amor.

Para terminar te invito a reflexionar sobre esta pregunta: ¿Realmente creo que Dios puede obrar maravillas en mí?

Concluyen ciclo escolar en la parroquia de San Juan de los Lagos

Concluyen ciclo escolar en la parroquia de San Juan de los Lagos

A través de una modalidad híbrida en el ciclo escolar 2020-2021 la parroquia de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos concluyó la graduación de 64 alumnos que terminaron los diplomados en Tanatología, Teología, Espiritualidad y Formación Humana.

El acto de clausura, para evitar aglomeraciones fue por la mañana y tarde de acuerdo a los turnos que maneja el plantel. Y fue presidido por el Director del mismo el Padre Jaime Ramírez López y el Padre Armando Sánchez quien es el responsable de la escuela de formación así como el cuerpo docente.

DOCENTES Y ALUMNOS

Primeramente se llevó la Misa en la parroquia de San Juan y en ella el Padre Jaime reconoció el esfuerzo tanto de los docentes como de los alumnos para sacar adelante este ciclo escolar caracterizado por la pandemia.

En el acto académico se entregaron las constancias y diplomas a los más de 100 alumnos que conforman la escuela. Se contó con la presentación de la soprano Carolina Torres. Cabe señalar que el próximo ciclo escolar iniciará el próximo 7 de septiembre y se pueden pedir informes en la parroquia de San Juan de los Lagos.

Se compadeció de ellos porque andaban como ovejas sin pastor

Se compadeció de ellos porque andaban como ovejas sin pastor

Entre el envío de los Doce (6,7-13) y su regreso (6,30) Marcos inserta el relato de la prisión y martirio de Juan el Bautista (6,17-29), motivado por una nota particular sobre lo que Herodes piensa sobre la identidad de Jesús: “Se enteró el rey Herodes, pues su nombre se había hecho célebre. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos (egēgertai ek nekrōn) y por eso actúan en él fuerzas milagrosas». Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas». Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado (ēgérthē)»” (6,14-16). De hecho, Juan el Bautista será identificado con Elías por boca del propio Jesús en referencia a su martirio (Cfr. 9,9-13). Esta pequeña nota marginal sirve como quicio narrativo hacia la conclusión de la primera parte del Evangelio. Retomando el dicho de Jesús sobre el desprecio de un profeta auténtico por parte de sus paisanos y sus parientes (Cfr. 6,4), el tema se proyecta hacia la profesión de fe en Cesarea de Filipo (8,27-33), cuando Jesús pregunta a sus discípulos en un primer momento la opinión de la gente sobre su identidad: para la multitud, Jesús es, en efecto, un profeta. Coinciden también las comparaciones con Juan el Bautista y con Elías. También el tema de la resurrección: Jesús no es Juan el Bautista redivivo, pero su propia resurrección será objeto de los tres anuncios de la pasión, comenzando por el primero, que sigue a la profesión de fe de Pedro: “Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar (anastēnai) a los tres días” (8,31; Cfr. 9,31; 10,34). El desenlace trágico de la vida del último profeta del Antiguo Testamento y el primer testigo del Nuevo proyecta una sombra dramática sobre la misión de los Doce y el destino de Jesús, pero iluminado por la esperanza de la resurrección. Los discípulos y apóstoles de Jesús participan de su misión y tendrán también que participar de su camino de cruz para poder “salvar su vida” (Cfr. 8,34-38). Por lo pronto, los Doce – llamados ahora simplemente “apóstoles” (hoi apóstoloi) – regresan de la misión y dan cuenta a Jesús de sus actividades de manera sintética: “le contaron todo lo que habían hecho y enseñado” (kái apēngeilan autōi pánta hósa epóiēsan kái hósa edídaxan). Como respecto a Jesús, la predicación de los misioneros también es descrita como “enseñanza” (Cfr. 6,6). Esta conclusión narrativa de la misión de los Doce da pie a la introducción del siguiente relato, dándonos así el contexto en el que debe ser leído: la primera multiplicación de los panes en el Evangelio de Marcos (6,30-44). En el ciclo B de las lecturas dominicales que estamos escuchando este año se interrumpirá la lectura de Marcos y por algunos domingos será Juan quien nos guiará en una catequesis eucarística intensiva para llevarnos a la confesión de fe y al compromiso con Jesús (Domingos XVII-XXI). “En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Entonces él les dijo: «Vengan conmigo a un lugar solitario, para que descansen un poco». Porque eran tantos los que iban y venían, que no les dejaban tiempo ni para comer. Jesús y sus apóstoles se dirigieron en una barca hacia un lugar apartado y tranquilo. La gente los vio irse y los reconoció; entonces de todos los poblados fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Cuando Jesús desembarcó, vio una numerosa multitud que lo estaba esperando y se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas” (6,30-34). Después de recibir el parte misionero de sus apóstoles, Jesús les propone un momento de descanso (kái anapáusasthe olígon) en íntimo retiro un lugar solitario (kat’idían eis érēmon tópon). Literalmente se trata de ir a un “lugar desierto” – reminiscencia del Éxodo y de los relatos del Señor alimentado a su pueblo en el camino del desierto hacia la Tierra Prometida. Marcos insiste en la mención del “lugar desierto” (Cfr. 6,31.33.35), en el comer (6,31.36.37.42-44) y en el pan (6,37.38.41.44), elementos que remiten también al milagro del maná (Cfr. Ex 16). Por su parte, el “descanso” sugiere el tema teológico de la entrada en la Tierra Prometida bajo la guía del Señor, Pastor de su pueblo (Cfr. Dt 3,20; 12,10; 25,19; Jos 1,13-15; Sal 23,2; 95,11; Jr 23,1-8; Ez 34,11-16). Como Jesús, los apóstoles también se han visto sobrepasados por la multitud que trata de acercárseles para ser atendida, obligándoles a olvidar el alimento (Cfr. 3,20). Por su parte, Mateo relaciona el retiro al desierto con el asesinato del Bautista (Cfr. 14,13). Jesús parte con sus discípulos nuevamente “en la barca” (en tōi plóiōi, Cfr. 1,19.20; 4,36; 5,21; 6,32; 8,14) a un lugar solitario indeterminado. Sin embargo, el retiro de Jesús con sus apóstoles no alcanza su objetivo, ya que una nueva multitud se ha movilizado a pie, “corriendo” (synédramon), y se les ha adelantado hacia ese lugar. La multitud se convierte en rebaño a los ojos de Jesús: “Cuando Jesús desembarcó, vio una numerosa multitud que lo estaba esperando y se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas”. La mirada de Jesús es la mirada entrañable del Dios misericordioso que condujo a su pueblo de la esclavitud a la libertad a través del Mar Rojo y cuidó de él amorosamente, dándoles comida y bebida según su necesidad, aunque fuera un pueblo rebelde y quejumbroso, dado a la murmuración. Es preciso insistir en la reacción de Jesús, en sus sentimientos ante la vista de tanta indigencia material y espiritual de la multitud – Jesús “se compadeció” (esplanjnísthē, Cfr. Mt 9,36; 14,14; Lc 7,13; 10,33; 15,20): no se trata solamente de “sentir lástima” o identificarse con un noble sentimiento de filantropía o de empatía con el pobre y desamparado. Jesús es el rostro misericordioso del Padre ante el abandono de su pueblo hambriento y disperso: la expresión “como ovejas sin pastor” (hōs próbata mē éjonta poiména, Cfr. 1Re 22,17; 2Cro 18,16; Sal 44,11; Is 13,14; Jr 10,21; 23,2; Ez 34,5-6) remite al contexto veterotestamentario de la necesidad de guía por parte del pueblo. “Jesús se da cuenta de la condición de tantos hombres que con semejante celo se han precipitado a esperarlo en la orilla. Ve en ellos ovejas que no tienen pastor. Cuando Moisés había sabido de su próxima muerte, había visto cernirse este peligro sobre el pueblo y había suplicado a Dios por un sucesor (Nm 27,17; cf. 1Re 22,17; Ez 34,5). Moisés mismo se consideraba el pastor del pueblo. Lo que él había temido, Jesús lo ve realizado: aquellos hombres son realmente ovejas que no tienen pastor, que ninguno guía, de quienes nadie se hace cargo, que corren el peligro de ponerse unas contra otras, el peligro de extraviarse e irse a la perdición. Esta miserable condición del pueblo despierta la compasión de Jesús (sólo en 1,41; 6,34; 8,2) y lo induce a comportarse como pastor. Aquí se ve con particular claridad que Jesús es, como Moisés, el pastor de todo el pueblo. Él instruye y da de comer al pueblo” (Stock, Marco [2003] 116). El contexto del primer relato de multiplicación de los panes en Marcos es el relato del Éxodo y, en este sentido, la referencia Jesús-Moisés es válida pero, en realidad, los sentimientos de Jesús, su reacción ante la multitud hambrienta en más de un sentido, le coloca por encima de Moisés, que es meramente el mediador, el profeta-instrumento en manos del Señor para la liberación de Israel y su entrada en el “descanso” de la Tierra Prometida. Jesús abriga en su corazón los sentimientos del Padre (Cfr. Lc 15,20), el verdadero “Pastor” de Israel. Se trata de un amor misericordioso y entrañable con que Dios se compadece de su pueblo castigando sus pecados y perdonándole por su piedad. Jesús realiza en sí mismo el “pastoreo” con que el Señor en persona se había comprometido y es, al mismo tiempo, el Rey-Pastor escatológico anunciado por el Señor a través de Jeremías (Cfr. 23,1-8): “Yo mismo reuniré al resto de mis ovejas de todos los países a donde las había expulsado y las volveré a traer a sus pastos, para que ahí crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las apacienten. Ya no temerán ni se espantarán y ninguna se perderá. Miren: Viene un tiempo, dice el Señor, en que haré surgir un renuevo en el tronco de David: será un rey justo y prudente y hará que en la tierra se observen la ley y la justicia”.

El Señor en el desierto hizo una Alianza con su pueblo, instruyéndolo con su Palabra – la Ley y los mandamientos, por medio de Moisés, para que conocieran el camino del bien, de la libertad y de la vida plena – y alimentándolo con el maná, para que aprendieran a confiar absolutamente en la providencia amorosa con que Dios cuida de sus hijos cada día. Así, después de la primera reacción de Jesús ante la vista de esta multitud desamparada – “compadecerse” – y como consecuencia de ella, Jesús “se puso a enseñarles muchas cosas” (kái ērxato didáskein autóus pollá). Desde la primera vez que Jesús “enseña” en el Evangelio de Marcos en la sinagoga de Cafarnaúm (edídasken, Cfr. 1,21), impresiona por su autoridad: mientras que la de los escribas es una enseñanza de escuela, basada en la interpretación de la Escritura apoyada en la autoridad de maestros famosos a quienes podían citar, Jesús interpreta la Ley con absoluta libertad profética y en primera persona: “antes se dijo… pero ahora yo les digo…” (Cfr. Mt 5,20-48), proponiendo un ideal ético superior a “la justicia de los escribas y fariseos” – la perfección del amor y la misericordia de nuestro Padre celestial. Jesús rompe con la forma tradicional farisaica de interpretación bíblica, considerándola “tradiciones humanas” que anulan la Palabra de Dios (Cfr. Mc 7). Hasta aquí nos deja la lectura del relato de Marcos: el milagro de la multiplicación de los panes y su explicación lo escucharemos de la pluma de Juan durante los próximos domingos. Sin embargo, es preciso señalar que en la lógica y la teología narrativa que sigue Marcos esta enseñanza de labios de Jesús es inseparable del banquete que viene enseguida, que es su conclusión. Jesús no sólo “enseña”, sino que alimenta al pueblo, dándole “pan”: aunque la palabra puede llevar consuelo y esperanza, el hambre de aquella multitud era también del Jesús hoy también nos alimenta con el pan de la Palabra y de la Eucaristía para sostener nuestra respuesta de vida cristiana a la llamada a ser Pueblo de Dios, Iglesia.