¿Por qué tenían tanto miedo?

¿Por qué tenían tanto miedo?

Los primeros discípulos de Jesús eran pescadores: Él los llamó a la orilla del “Mar”: “Bordeando el mar de Galilea (kái parágōn pará tēn thálassan tēs Galiláias), vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Vengan conmigo y los haré llegar a ser pescadores de hombres». Al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca (en tōi plóiōi) arreglando las redes, y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca (en tōi plóiōi) con los jornaleros, se fueron tras él” (1,16-20). Para los discípulos, el Mar de Galilea es todo su mundo: allí están sus raíces, su modo de vida y oficio, su ambiente familiar, sus esperanzas y futuro – Jesús les cambió todo eso con unas cuantas palabras: “Síganme…” Tuvieron que dejar todo lo que hasta ese momento había sido valioso para ellos: padre, barca, redes. Aprenderán un nuevo oficio, entrarán a formar parte de una nueva familia, sus horizontes se abrirán hasta abarcar el mundo entero. A la orilla del Mar de Galilea volverán a encontrar al Maestro, resucitado y glorioso, para experimentar el poder su gracia, que le dará fruto abundantísimo a su nuevo oficio como “pescadores de hombres” y pastores (Cfr. Jn 21) y de ahí les enviará a la misión. El episodio cuya narración escuchamos hoy (4,35-41) es la conclusión de la jornada de actividad que comenzó en 4,1: “Y otra vez se puso a enseñar a orillas del mar (pará tēn thálassan).

 

LA BARCA Y EL MAR

Y se reunió tanta gente junto a él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar (en tēi thalássēi), se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar (prós tēn thálassan)” – es el principio del “Discurso Parabólico” de Marcos. Es importante resaltar que las parábolas “del Sembrado” (v. 3-9), “de la semilla que crece por sí sola” (v. 26-20) y “del grano de mostaza” tienen como rasgo común, además de ser comparaciones del Reino de Dios, que en las tres se habla del poder de Dios que se manifiesta en la obra del Reino – el poder de Dios que actúa en las palabras y hechos de Jesús para manifestar la irrupción de la salvación y la misericordia en la historia de los hombres y que actuará también en la misión de los Apóstoles: “Yo planté, Apolo regó; mas fue Dios quien dio el crecimiento. De modo que ni el que planta es algo, niel que riega, sino Dios que hace crecer” (Cfr. 1Cor 3,6-7). Jesús termina su discurso en parábolas: “Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado” (4,33-34). Más allá de la predicación a la multitud, Jesús desarrolla un ambiente educativo diferente con el círculo de sus discípulos – es intimidad con el Maestro se refleja en el siguiente relato en la referencia a “la barca” (en tōi plóiōi, Cfr. 1,19-20): “Marcos describe aquí la primera de las tres travesías del lago (cf. 6,45-52; 8,13-21). Éstas siempre son precedidas por un alejamiento de la gran multitud y tienen la característica de que Jesús está solo con sus discípulos y les concede la posibilidad de una experiencia especial de su persona.

 

PELIGROS

Estar en la misma barca significa precisamente estar particularmente cerca unos de otros, estar expuestos a los mismos peligros y compartir el mismo destino. Debe decirse también que Marcos tiene un particular interés por estas travesías y por las experiencias conexas; mateo nos refiere solamente dos (8,18.23-27; 14,22-33) y Lucas una sola (8,22-25)” (Stock, Marco [2003] 85). Jesús toma la iniciativa, invitando a sus discípulos a comenzar la travesía: “Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla del lago». Entonces los discípulos despidieron a la gente y condujeron a Jesús en la misma barca en que estaba. Iban además otras barcas. De pronto se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua. Jesús dormía en la popa, reclinado sobre un cojín. Lo despertaron y le dijeron: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?» El se despertó, reprendió al viento y dijo al mar: «¡Cállate, enmudece!» Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma. Jesús les dijo: «¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?» Todos se quedaron espantados y se decían unos a otros: «¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?»” Probablemente Jesús quiere apartarse de la multitud que quiere ser atendida o, como en el principio en Cafarnaúm, pretende ir a predicar a otro lado, para cumplir su misión y para buscar un espacio para orar (Cfr. 1,35-38). Jesús indica el trayecto: “Vamos a la otra orilla del Lago” (diélthōmen eis tó péran) – hacia la orilla oriental (Cfr. 5,1.21; 6,45; 8,13), donde encontrarán al endemoniado de Gerasa. Es de sobra conocida la frecuencia con que se originan tormentas muy intensas (láilaps megálē anémou) en el Mar de Galilea: en este caso las olas golpean la barca, “de manera que comienza a hacer agua” (hōste ēdē gemízesthai tó plóion). La descripción de Jesús, dormido en la popa reclinado en un cojín evoca el contexto narrativo y teológico del Libro de Jonás (Cfr. Jon 1,4-6). Para algunos de los discípulos, vecinos de la orilla del Mar y dedicados al oficio de pescadores, una tormenta que los toma desprevenidos es algo para tomar en serio. Su consternación y temor se percibe en el reproche que le hacen a Jesús: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” (didáskale, ou mélei soi hóti apollýmetha?). Tal vez lo único rescatable en las palabras que los discípulos dirigen a Jesús sobrecogidos de miedo es que entienden que su suerte y la de Jesús está unida: “¿no te importa que nos hundamos?” – en efecto, a partir de la llamada al discipulado, la suerte de Jesús y la de los suyos está unida “en la barca” y en el camino de la cruz (Cfr. 8,34-38). Por primera vez la vida de los discípulos está en peligro por causa de Jesús, que les ha indicado un camino peligroso, como lo será el seguimiento y la misión: “quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”. En este momento la barca se hunde y Jesús duerme.

 

SOBERANA MAJESTAD

Enseguida Marcos describe con soberana majestad la manera como Jesús calma la tempestad, con palabras que asemejan una fórmula de exorcismo (Cfr. 1,25): “El se despertó, reprendió al viento y dijo al mar (epetímēsen tōi anémōi kái éipen ti thalássēi): «¡Cállate, enmudece!» (siōpa, pephímōso)”. Jesús expulsa a los demonios, cura a los enfermos, anuncia el Reino de Dios con sus parábolas y manifiesta el poder de Dios aun sobre los elementos de la naturaleza – en contraste con “fuerte viento” (láilaps megálē anémou) de la tormenta, por la palabra de Jesús sobreviene inmediatamente una “gran calma” (galēnē megálē). Jesús ejerce el poder divino sobre los elementos de la naturaleza que le obedece inmediatamente (Cfr. Sal 89,10; 107,28-29); la oposición de los hombres a su palabra y la incredulidad de los discípulos tiene que ser vencida de otra manera, lenta y difícil. Por eso, la tempestad calmada no es la conclusión del relato – la escena final se desarrolla entre Jesús y sus discípulos y tiene por tema la fe. “¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?” (ti deilói este? Óupō éjete pístin?). “En las obras que realiza, Jesús demuestra su propia fuerza, y éstas evidencian que por medio de él actúa la potencia real de Dios, haciendo al mismo tiempo visible su carácter. Esta fuerza libra del peligro de muerte (4,35-41), de la esclavitud impuesta por las potencias hostiles a Dios (5,1-20), de la enfermedad (5,25-34) y de la muerte (5,35-43). En todos estos eventos están presentes los discípulos de Jesús (4,35; 5,1.31; 6,1). Cuando realiza sus prodigios, Jesús está interesado en la fe de los hombres (5,34.36), comenzando por la de los discípulos (4,40). Ellos deben referirse a él con plena confianza y ser, por medio de tales obras, confirmados y reforzados en la fe” (Stock, Marco [2003] 84). Los discípulos pasan del miedo a la tormenta y la muerte al “gran temor” (ephobēthēsan phóbon mégan) porque han percibido que en este gesto soberano de Jesús ha actuado el poder de Dios, el único que puede salvar: “La frase indica que los discípulos sintieron temor reverencial y que experimentaron el sentido del misterio” (Taylor, Evangelio según San Marcos, 317). Los milagros de Jesús manifiestan su identidad y su misión: es el Hijo de Dios, el Mesías que salva a sus fieles, a los que tienen fe en Él. En las duras palabras de Jesús se contiene la indicación de un camino que los discípulos tienen todavía por delante: el discipulado, el proceso de conocimiento en intimidad con Jesús, que ya comenzó pero que debe alcanzar su objetivo, que es la fe (Cfr. 8,27-30).

 

PALABRAS DEL RESUCITADO

Duras serán también las palabras del Resucitado que, al encontrar a la mesa a los Once “les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón (tēn apistían autōn kái sklērokardían), por no haber creído a quienes le habían visto resucitado” (Cfr. 16,14). El discipulado es un camino áspero y difícil, y la meta es la fe en Jesús, el Salvador. En este momento del camino, los discípulos se plantean una pregunta que de momento queda en suspenso, a la espera de respuesta a lo largo del Evangelio: “«¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?” – “Tú eres el Cristo” (Cfr. 8,29) – “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Cfr. 15,39). “El relato de la tempestad calmada (4,35-41) prefigura las tribulaciones que se abatirán sobre Jesús y sus discípulos. Al sueño de la muerte y al caos de los elementos sucede la calma de la resurrección y de una nueva creación. Esta enseñanza cristológica va acompañada de una catequesis: se trata de formar la fe de los discípulos, de darle un contenido. En vez de pensar que, al adherirse a Cristo, quedarán suprimidas automáticamente las dificultades, las luchas, las calamidades y la muerte, el verdadero creyente debe seguir a Cristo a través de la pasión, la persecución y la muerte, consciente de que la salvación llega por medio de estos acontecimientos” (Léon-Dufour [ed.], Los Milagros de Jesús [Madrid 19862] 215). Cada uno de nosotros, bautizados y discípulos de Jesús, tenemos también que recorrer nuestro propio camino con Él: a veces la oscuridad de la noche y las tormentas de la vida provocan en nuestro ánimo un miedo que nos hace dudar de la cercanía de Jesús, de nuestra comunión con Él, de la amorosa providencia con la que el Padre cuida aun de los más pequeños (Cfr. Mt 6,25-34) – necesitamos madurar en la fe.