Incontenible enemigo de Jesús

Herodes el Grande, es una figura controversial en la historia de Israel. Político y administrador muy hábil, se granjeó el reconocimiento de los romanos, quienes lo reconocieron por sus habilidades al servicio del Imperio. Al mismo tiempo que se ganó el desprecio de los judíos, probablemente por su origen idumeo, su estilo de vida hedonista y romanizado y sobre todo su aparente desprecio de las profundas tradiciones religiosas judías.

Como político, se distinguió por la manera brutal y fría de ejercer el poder. Los historiadores dan cuenta de las constantes purgas políticas con las que afianzó su reinado, en las que no dudó en ejecutar a algunos de sus numerosos hijos, esposas y familiares.

En este contexto, es que el Evangelio de Mateo describe la venida de Cristo al mundo. El profeta Miqueas, había profetizado desde el Siglo VIII a.C., el nacimiento de Jesús en el portal de Belén.

En el capítulo 2 de Mateo se describe la escena: llegaron los “Sabios de Oriente” a preguntar a Jerusalén: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.» En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén.”

ENEMIGOS

La política herodiana se caracterizaba por la eliminación sistemática de sus enemigos. Flavio Josefo, el historiador, no duda en atribuir la dolorosa muerte de Herodes a los numerosos crímenes que había cometido.

El mismo capítulo de Mateo muestra a Herodes indagando con los magos el tiempo de la aparición de la estrella y pidiéndoles: “Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle”.

El relato nos muestra a un Herodes taimado, astuto, dueño de la escena política, ejerciendo el poder brutalmente y sin contemplaciones. No consulta a los sacerdotes y escribas para atender la voluntad de Dios, sino con la implacable determinación de acabar con quien considera una amenaza, aún a su tierna edad.

El casto esposo de la Virgen María

En el Plan Reconciliador de Dios, San José tuvo un papel esencial: Dios le encomendó la gran responsabilidad y privilegio de ser el padre adoptivo del Niño Jesús y de ser esposo virginal de la Virgen María. San José, el santo custodio de la Sagrada Familia, es el santo que más cerca está de Jesús y de la Santísima de la Virgen María.

San Mateo (1,16) llama a San José el hijo de Jacob; según San Lucas (3,23), su padre era Helí. Probablemente nació en Belén, la ciudad de David del que era descendiente. Al comienzo de la historia de los Evangelios (poco antes de la Anunciación), San José vivía en Nazaret.

Según San Mateo 13,55 y Marcos 6,3, San José era un “tekton”. La palabra significa en particular que era carpintero o albañil. San Justino lo confirma, y la tradición ha aceptado esta interpretación.

Nuestro Señor Jesús fue llamado “Hijo de José”, “el carpintero” (Jn 1,45; 6,42; Lc 4,22).

VERBO DIVINO

La concepción del Verbo divino en las entrañas virginales de María se hizo en virtud de una acción milagrosa del Espíritu Santo, sin intervención alguna de San José. Este hecho es narrado por el Evangelio y constituye uno de los dogmas fundamentales de nuestra fe católica: la virginidad perpetua de María. En virtud a ello, San José a recibido diversos títulos: padre nutricio, padre adoptivo, padre legal, padre virginal; pero ninguna en si encierra la plenitud de la misión de San José en la vida de Jesús.

San José ejerció sobre Jesús la función y los derechos que corresponden a un verdadero padre, del mismo modo que ejerció sobre María, virginalmente, las funciones y derechos de verdadero esposo. Ambas funciones constan en el Evangelio. Al encontrar al Niño en el Templo, la Virgen reclama a Jesús: “Hijo, porque has obrado así con nosotros? Mira que tu padre y yo, apenados, te buscábamos”. María nombra a San José dándole el título de padre, prueba evidente de que él era llamado así por el propio Jesús, pues miraba en José un reflejo y una representación auténtica de su Padre Celestial.

La relación de esposos que sostuvo San José y Virgen María es ejemplo para todo matrimonio; ellos nos enseñan que el fundamento de la unión conyugal está en la comunión de corazones en el amor divino. Para los esposos, la unión de cuerpos debe ser una expresión de ese amor y por ende un don de Dios. San José y María Santísima, sin embargo, permanecieron vírgenes por razón de su privilegiada misión en relación a Jesús. La virginidad, como donación total a Dios, nunca es una carencia; abre las puertas para comunicar el amor divino en la forma más pura y sublime. Dios habitaba siempre en aquellos corazones puros y ellos compartían entre sí los frutos del amor que recibían de Dios.

La Centenaria devoción en la Loza de los Padres

Sem. Miguel Zúñiga López / Sem. Armando Infante Rivera

La devoción al Niño Dios de las Confianzas que nació en la Comunidad de la Loza de los Padres, es una devoción a la Infancia de Jesús que poco a poco ha ido creciendo. Por la falta de datos, no podemos saber con precisión como y porque empieza la devoción. Las personas de la comunidad guardan en su corazón el origen de la devoción y de la imagen, pero al variar los testimonios, no podemos inclinarnos por uno u otro. Pero algo que, si es palpable y verídico en la comunidad, es el hecho de que se tenga una devoción bien arraiga y fuerte; incluso me atrevería a decir, que es ya parte de la identidad de la comunidad, por lo que podríamos concluir que La Loza de los Padres no se entiende sin la devoción al Niño Dios de las Confianzas. Esta devoción se ha extendido a lo largo de la región, y es que son tantos los favores que se le atribuyen, que el pueblo fiel, acude a implorar su auxilio.

La imagen se encuentra en la pequeña capilla de la Ex­-Hacienda de Loza de los Padres, incluso, cuando se ingresa el recinto sacro, es fácil percibir que la imagen no ocupa el lugar central del antiquísimo retablo. A un costado se encuentra un pequeño altar, que, si no se presta atención, pasa desapercibido. En este lugar sencillo y un tanto oculto, se encuentra la bendita Imagen.

Tal vez esta disposición dentro de la capilla ha ayudado a que las personas puedan contemplar la imagen de cerca, y así, al tenerlo frente a frente presentar su oración. Durante todo el año, frente a la Imagen, es común que las personas de la comunidad y aquellos que vienen a visitarlo dejen una veladora encendida, como muestra de gratitud.

NAVIDAD

Al acercarse los días de la navidad, los fieles de Loza de los Padres comienzan a prepararse para la magna celebración de la Natividad del Señor. Las fiestas comienzan la tarde del 16 de diciembre con el novenario de preparación para la Solemnidad. Durante los días entre el 16 y 23 de diciembre las personas se congregan en torno a la capilla de la Ex –Hacienda, para la celebración eucarística, el rezo del rosario y las tradicionales posadas.

La tarde del 24 de diciembre, la comunidad vive la Solemne Procesión con la Bendita Imagen del Niño Dios de las Confianzas, por las principales calles de la comunidad. La jornada comienza alrededor de las tres de la tarde, la Imagen es revestida para salir a bendecir a los fieles. Mientras la imagen es revestida para tan solemne acto dentro de la sacristía, poco a poco llegan las Bandas de la comunidad, el carro alegórico, la pólvora, las danzas, la cera, los arreglos florales y la hermosa Iglesia a escala elaborada en cera donde se coloca la Imagen para salir a la procesión. La Familia Espinoza García, de la comunidad de Monte Grande, municipio de Manuel Doblado, desde 1972 son los encargados de revestir la Imagen para tan solemne día. Es vestido es completamente hecho a mano, de vainicas, burgalesas y deshilados. A petición de la Sra. Beatriz Pérez Muñoz, esposa del Sr. Froilán Silva, hacendado de la Loza hasta el siglo XX, el vestido tomo forma de ropón, lo que gusto a la comunidad y hasta el día de hoy ha seguido la tradición.

Alegría, regocijo y un sinfín de sentimientos encontrados, se presenta en el momento en que la bendita imagen sale de la Iglesia, para iniciar la procesión. Las campanas son echadas a vuelo, las bandas entonan dianas, cohetes y pólvora se escuchan en varios puntos de la comunidad, esto, solo en el momento en que se coloca la imagen en el carro alegórico.

Alrededor de las cinco de la tarde, sale la procesión de la Ex –Hacienda, y conforme avanza la tarde va recorriendo las calles de la comunidad donde esperan cientos de fieles para unirse a la caravana. Durante el recorrido, se escucha la pólvora que anuncia que el Niño ha salido a bendecir la comunidad; cientos de personas se acercan al carro alegórico para aventar confeti, signo de la alegría de ver al Niño Dios frente a la puerta de su casa; miles de globos de helio, son echados en vuelo conforme avanza la carava. Las bandas entonan hermosas marchas, anunciando la cercanía del Rey. Todo, es ambiente de fiesta.

Mientras la procesión recorre las calles de la comunidad, los fieles que han venido a pagar una manda, abarrotan la calle principal, para dirigirse a la Iglesia. Es muy significativo ver como cientos de personas entran a la comunidad de rodillas, llevando en sus manos arreglos floreales.

Alrededor de las 8 de la noche, la procesión avanza por la calle principal hacia la Ex-Hacienda. Estos últimos momentos de la procesión son muy significativos: mientras la imagen va entrando a la comunidad, cientos de fuegos artificiales iluminan el cielo, las personas esperan el paso del carro alegórico, y a su paso se santiguan, incluso algunos llegar a derramar lágrimas de alegría de ver pasar la bendita imagen.

NIÑO DIOS

La alegría llega a su máxima expresión en el momento en que el Niño Dios entra al atrio de la Iglesia, es un momento indescriptible: la imagen hace su entrada en medio de aplausos, lagrimas, fuegos artificiales, bandas de viento entonando dianas, cohetes que anuncian que el Rey ha llegado, cientos de globos son echados en vuelo por la multitud de fieles. Todo esto sirve como antesala para la Solemne Celebración Eucarística de Nochebuena, que es presidida por el Cura en turno.

Terminada la Celebración Eucarística, la centenaria pastorela, conocida en la comunidad como “coloquio”; entra a la Iglesia, donde con su actuación se hace un viaje por la historia de la salvación. Alrededor de las 2 de la madrugada, se lleva a cabo el tradicional arroyamiento del Niño Dios.

Muy de mañana, las bandas de la comunidad se congregan para entonar las mañanitas a Jesús que ha nacido en medio de nosotros. Durante toda la mañana alegran a los fieles con hermosas melodías. Siendo la 1 de la tarde, comienza la Misa de Navidad, aquí fieles de la comunidad y aquellos que han venido a visitar al Niño Dios, participan del banquete celestial.

Una vez terminada la misa, comienza la fiesta popular. Es un momento de encuentro fraterno entre los habitantes de Loza de los Padres y los miles de visitantes que abarrotan la comunidad.

Este año, como media de prevención de contagios por COVID-19, se ha suspendido la fiesta, pero es también una oportunidad para que esta navidad un tanto diferente a las demás, nos ayude a tener un encuentro personal con Jesús que ha venido a nuestro encuentro.

El Santo que va a nacer de ti será llamado Hijo de Dios

En el Evangelio de Lucas, la sección conocida como “El Evangelio de la Infancia” (cap. 1-2) está construida en dípticos de estilo midráshico – es decir, relatos basados en textos del Antiguo Testamento. Lucas nos presenta un díptico de anunciación: el anuncio del nacimiento de Juan el Bautista (1,5-25) y el anuncio del nacimiento de Jesús (1,26-38). La “anunciación” es un género literario presente tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento (Cfr. Gn 16,10-12; Jue 13; 1Sam 1-3): “Relato en el que un mensajero divino anuncia a alguien la concepción y el nacimiento de un niño al que Dios le tiene reservada una misión especial. Posee un esquema típico y muy estereotipado que se repite tanto en el AT como en el NT: presentación, aparición del mensajero y saludo, turbación del receptor, comunicación del mensaje, pregunta u objeción del receptor, señal y misión, aceptación del receptor” (Flor Serrano – Schökel, Diccionario de la Ciencia Bíblica, 23).

El principio del relato nos presenta la situación específica y los personajes: nuestro texto litúrgico prescinde del dato cronológico – “en el sexto mes”, es decir, en el sexto mes del embarazo de Isabel y del anuncio a Zacarías. El enviado divino es el “ángel Gabriel” (ho ángelos Gabriēl, Cfr. Dn 8,16; 9,21; Lc 1,19). Los ángeles de Dios, cuyo nombre tanto en hebreo como en griego significa simplemente “mensajeros”, son enviados para comunicar un mensaje de parte de Dios y en la literatura apocalíptica para revelar el sentido de las visiones, como lo hace Gabriel en el libro de Daniel. La localidad, Nazaret, en Galilea, sería una simple aldea de poca importancia, ni siquiera es mencionada en el Antiguo Testamento. Galilea es una tierra medio pagana desde la época de las incursiones de Teglatfalasar III (732 a.C., Cfr. 2Re 15,29; Is 8,23-9,1; Mt 4,15), que la arrebató al Reino del Norte. La joven a quien es enviado el mensajero divino es caracterizada como “virgen” (parthénos, Cfr. Is 7,14 LXX; Mt 1,22-23), aludiendo así al célebre “oráculo del Emmanuel”. La joven, siendo virgen, está desposada (emnēsteuménēn) con José, de la “Casa de David” (ex óikou Dauíd, Cfr. Is 7,13; 2Sam 7), aludiendo al oráculo de Natán en el que el Señor prometió a David hacerle una “Casa-dinastía”. En este caso, a diferencia de Isabel, María es una joven que naturalmente puede convertirse en madre, pero cuya maternidad por el momento no parece posible, ya que no ha iniciado vida en común con José (Cfr. Mt 1,18).

HIJA DE SIÓN

El saludo del ángel invita a María, la verdadera “hija de Sión” (Cfr. Sof 3,14-15; Zac 2,14; 9,9; Jl 2,21-27; Is 12,6), a alegrarse con la salvación que viene de parte de Dios en los tiempos mesiánicos que comenzarán con la encarnación del Hijo de Dios. El ángel se refiere a María con una expresión extraña y muy particular en la Biblia: “llena de gracia” (kejaritōménē) – se trata del verbo jaritóō, “favorecer, agraciar, tratar con benignidad”, un participio perfecto que indica un estado permanente. “La expresión «Kejaritoméne», usada como nombre propio, es un participio perfecto, el cual denota un estado pleno y permanente de gracia y de favor divino. Es difícil dar de él una traducción adecuada. Algunas versiones traducen «Favorecida»; otras prefieren el término tradicional «Llena de gracia»… María es objeto del favor de Dios, permanentemente fiel. El amor de Dios la llena (cfr Cant 8,10; Est 2,17; 5,8; 7,3; 8,5). Dado por el Ángel, el nombre «Kejaritoméne» le viene, en realidad, de Dios. Dios le da un nuevo nombre, toma posesión de ella de manera nueva, y con ese nombre le confiere una misión. Si es «Llena de gracia», eso significa que la obra que Dios va a llevar a cabo por su conducto será ante todo y sobre todo una «gracia» de «amor misericordioso y gratuito», será una extraordinaria iniciativa de amor de parte de Dios” (Carrillo Alday, El Evangelio de Lucas [20042] 29-30). “El Señor está contigo” (ho Kýrios metá sóu), una expresión que indica la cercanía de Dios que acompaña a quien ha sido escogido para una misión particular en la historia de la salvación (Cfr. Ex 3,12; Jue 6,12; Jr 1,8.19; 15,20). De aquí la turbación que experimenta María al escuchar semejantes palabras. Enseguida, el ángel pronuncia una fórmula clásica de las teofanías – las apariciones divinas que manifiestan la obra salvífica en la historia –: “no temas” (mē phobóu, Cfr. Gn 15,1; 21,17; 26,24; Jue 6,23; Is 41,10; Lc 1,13; 5,10; 8,50; 12,32; Hch 18,9; 27,24; Ap 1,17), porque la gracia de Dios te acompaña. La maternidad de María se convierte en el signo del poder divino, de su misericordia y de la salvación que cumple lo anunciado por los antiguos profetas. La expresión remite al oráculo del Emmanuel (Cfr. Is 7,14 LXX). En lugar del nombre “Emmanuel” – “Dios con nosotros” – se anuncia el nombre de “Jesús”, que aquí no es explicado, como en el Evangelio de Mateo: “porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Cfr. Mt 1,21). En lugar de una explicación etimológica del nombre de Jesús, el ángel lo caracteriza a través de cinco notas mesiánicas: “El será grande (mégas) y será llamado Hijo del Altísimo (hyiós hypsístou klēthēsetai, Cfr. 2Sam 7,14; Sal 2,7; 89,27; 110,3); el Señor Dios le dará el trono de David, su padre (Dauíd tóu patrós autóu), y él reinará sobre la casa de Jacob (basiléusei epí tón óikon Iakōb) por los siglos y su reinado no tendrá fin (tēs bailéias autóu ouk éstai télos)”. No cabe duda: el niño cuyo nacimiento es anunciado será el Mesías de Dios, el esperado.

Una vez más se afirma la virginidad de María, que pregunta acerca del modo en que este anuncio podrá realizarse. El ángel contesta con términos e imágenes arraigados en la tradición bíblica veterotestamentaria para afirmar la concepción virginal: el Espíritu Santo (pnéuma hágion) descenderá sobre María y la cubrirá con su sombra. Jesús no tendrá un padre biológico, porque su Padre es Dios y el seno de María será fecundado por la acción del Espíritu Santo – por eso Jesús es “santo” (hágion) e “Hijo de Dios” (hyiós Theóu). Jesús será, para el Evangelio de Lucas, Hijo de Dios sin padre humano, como Adán, como lo afirma en su genealogía de Jesús en la que, a diferencia de Mateo, el recorrido es a la inversa y no termina con Abraham, el Patriarca de Israel, sino con Adán, el primer hombre: “Tenía Jesús, al comenzar, unos treinta años, y era según se creía hijo de José… Hijo de Adán, hijo de Dios” (Cfr. Lc 3,23-38). Jesús será “el nuevo Adán”, principio de la humanidad nueva. “No hay nada imposible para Dios”: la concepción virginal de Jesús en el seno de María por obra del Espíritu Santo desafía nuestra capacidad de comprensión y explicación. No es un mito, sino la manifestación del infinito poder de Dios que salva a los hombres a través de medios extraordinarios. “Entonces, ¿es cierto lo que decimos en el Credo: «Creo en Jesucristo, su único Hijo [de Dios], nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa María Virgen»? La respuesta es un «sí» sin reservas. Karl Barth ha hecho notar que hay dos puntos en la historia de Jesús en los que la acción de Dios interviene directamente en el mundo material: el parto de la Virgen y la resurrección del sepulcro, en el que Jesús no permaneció ni sufrió la corrupción. Estos dos puntos son un escándalo para el espíritu moderno. A Dios se le permite actuar en las ideas y los pensamientos, en la esfera espiritual, pero no en la materia. Esto nos estorba. No es éste su lugar. Pero se trata precisamente de eso, a saber, de que Dios es Dios, y no se mueve sólo en el mundo de las ideas. En este sentido, se trata en ambos campos del mismo ser-Dios de Dios. Está en juego la pregunta: ¿Le pertenece también la materia? Naturalmente, no se pueden atribuir a Dios cosas absurdas o insensatas o en contraste con su creación. Pero aquí no se trata de algo irracional o incoherente, sino precisamente de algo positivo: del poder creador de Dios, que abraza a todo ser. Por eso, estos dos puntos – el parto virginal y la resurrección de Jesucristo ha inaugurado una nueva creación. Así, como Creador, es también nuestro Redentor. Por eso la concepción y el nacimiento de Jesús de la Virgen María son un elemento fundamental de nuestra fe y un signo luminoso de esperanza” (J. Ratzinger-Benedicto XVI, La Infancia de Jesús, 62-63). A diferencia de Zacarías, que pregunta sobre algo que considera irrealizable – “¿En qué lo conoceré? Porque yo soy viejo y mi mujer avanzada en edad” (1,18) –, María pregunta sobre el modo en que se realizará algo que considera absolutamente cierto, porque se le ha anunciado de parte de Dios (Cfr. Lc 1,45). Habiendo escuchado las palabras del ángel, María ofrece toda su persona a la realización del misterio de salvación: “Yo soy la esclava del Señor (idóu hē dóulē Kyríou); cúmplase en mí lo que me has dicho (génoitó moi katá tó rhēmá sou)”. Una vez concluida su misión, el ángel se retira de la presencia de María, dejándola completamente llena de alegría y viviendo ya, entrañablemente, dentro del misterio de Dios. María es la reina que se hace sierva proclamando con júbilo la grandeza del Señor, que ha hecho en ella cosas grandes (Cfr. Lc 1,46-49).

ADVIENTO

El tiempo santo del Adviento celebra la fidelidad de Dios, que no olvida las promesas de salvación hechas en el pasado por medio de los profetas. Su amor misericordioso ha colmado de manera admirable la esperanza de Israel y de la humanidad entera, dándonos a su Hijo hecho hombre en el seno de la Virgen Madre. Éste es el signo de salvación que hoy contemplamos, en este Domingo IV de Adviento, en la proximidad de la grande fiesta del nacimiento del Salvador. Alegrémonos con María santísima, porque a través de ella y de su fe hemos recibido al Salvador.