Consejos para luchar contra el demonio

Consejos para luchar contra el demonio

Padre Juan Carlos Vásconez

La existencia del demonio es uno de los temas que menos se tocan, o de los que se habla con poca seriedad. Esto ha hecho que muchos duden de su existencia, atribuyendo el mal a situaciones puramente psicológicas o de orden natural. Sin embargo, la Sagrada Escritura es clarísima en afirmar la existencia de este ser espiritual que busca por todos los medios destruir la felicidad del hombre.

Recordemos lo que nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica: «Satanás primero fue un ángel bueno, creado por Dios. El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos. El demonio no es un ser eterno, es una criatura creada por Dios, por lo que en su origen fue bueno. La Escritura nos dice que su nombre era Luzbel, es decir “luz bella”».

Diferentes comentaristas de todos los siglos lo identifican como el ángel más bello, el cual debido a esa extraordinaria belleza se llenó de soberbia y se reveló contra Dios, siendo así arrojado de su presencia para siempre. 

Podemos decir que en la lucha espiritual que se desarrolla desde el Génesis hasta el Apocalipsis, se encuentra implicado el demonio, como un auténtico adversario. ¡Aquí tienes algunos consejos prácticos para vencer!

NO DEJES QUE ENTRE LA TRISTEZA

Cada uno de nosotros ha atravesado días tristes, días en los cuales no se logra superar una cierta pesadez interior que contamina el ánimo y dificulta las relaciones con los demás. Hay que saber plantarle cara y no dejar que ese desánimo se arraigue.

Recordemos que la tristeza es aliada del enemigo. Satanás sabe utilizar muy bien esos momentos malos para llevarnos por la senda del pecado. Por lo cual, cada uno deberá buscar trucos para superar el malhumor y recuperar poco a poco la sonrisa.

Una buena forma de salir de este atolladero es recordar que Dios es tu Padre y, por más duras que sean las pruebas y los problemas, nunca te dejará solo.

ACUDE A SAN MIGUEL ARCÁNGEL

Es un poderoso aliado, según el libro del Apocalipsis es el encargado de frustrar a Lucifer o Satanás por ser el arcángel de los ángeles caídos. Por eso, en el arte se le representa como un ángel con armadura de general romano, amenazando con una lanza o espada a un demonio o dragón.

Se cuenta que el papa León XIII experimentó, durante la celebración de la misa, una visión en la cual vio a Satanás y a sus demonios desafiando a Dios. Vio entonces aparecer a Miguel y lanzar a Satanás y sus legiones en el abismo del Infierno. Escribió una oración que debería ser recitada después de cada misa:

«San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha. Sé nuestro amparo contra la perversidad y las acechanzas del diablo. Que Dios manifieste sobre él su poder, esa es nuestra humilde súplica. Y tú, Príncipe de la Milicia Celestial, con la fuerza que Dios te ha conferido, arroja al infierno a Satanás y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Amén».

UTILIZA AGUA BENDITA

Santa Teresa de Ávila tuvo que lidiar varias veces contra el demonio, en el libro de su vida admitió que en una ocasión el combate fue especialmente intenso, y solo encontró alivio después de pedir agua bendita y arrojarla al lugar donde vio a un demonio cerca.

En sus obras nos dejó recogido este consejo: «Tras muchas ocasiones, tengo la experiencia de que no hay nada como el agua bendita para hacer huir a los demonios y evitar que regresen. Debe ser grande la virtud del agua bendita».

NO DIALOGUES CON EL DEMONIO

Le concedemos fuerza al demonio cuando vivimos apartados de Dios, para no caer en ese estado debemos fomentar en nuestras almas un verdadero horror al pecado. Repítelo con corazón dolorido ¡Señor, que no te ofenda más!

Otro consejo de un santo nos puede dar más claridad en este sentido, san Josemaría nos recomienda: «No dialogues con la tentación. Déjame que te lo repita: ten la valentía de huir; y la reciedumbre de no manosear tu debilidad, pensando hasta dónde podrías llegar. ¡Corta, sin concesiones!».

LLEVA UN CRUCIFIJO

Quizás no lo habíamos pensado, pero llevar un pequeño crucifijo en el bolsillo puede ser la mejor medicina para afrontar el día. También lo puedes llevar puesto en una cadena, nos ayudará a tener más presencia de Dios.

Agarrarlo en las manos en momentos complicados del día o simplemente verla en el bolso o cartera puede hacernos recordar que no estamos solos. El Señor nos acompaña en cada paso que damos.

Recuerda que el demonio está vencido. No tengas miedo y confía en la victoria, no en la tuya pues eres débil, sino en la de Cristo. No en la de tus débiles fuerzas, sino en la del amor. Mantén siempre en tu corazón la palabra del apóstol Santiago: «Resistan al Diablo, y él se apartará de ustedes».

Las Consecuencias del pecado

Las Consecuencias del pecado

El pecado tiene algunas consecuencias principales que debemos tener muy presentes para comprender la razón por la cual hay que evitar pecar a toda costa y buscar la reparación de los daños causados por este.

El pecado daña nuestra relación con Dios, esto lo vemos en el Génesis (3, 7-10), luego del pecado de los primeros padres, la primera consecuencia visible es la afectación a la relación que tenían con el Padre.

Se da una pérdida de la plena comunión con Él hasta el punto de llegar a sentir vergüenza de ser vistos por Dios. Esto no solo genera una relación afectada entre el pecador y Dios, sino que afecta la comunión con los hermanos.

También se afecta la relación con las demás personas. Sin duda es el pecado el causante de los conflictos humanos además de ser el germen de la desconfianza, la envidia y demás males que aquejan a la familia humana.

LA CREACIÓN

El pecado daña la creación, el hombre como administrador de la creación, tiene en sus manos la responsabilidad de proteger todo lo que en ella hay.

Es por esto que cuando mi pecado afecta la naturaleza, por ejemplo, sus consecuencias van a recaer sobre todos los hombres además de romper la sana comunión con el mundo.

El pecado acarrea la muerte física y espiritual. La muerte se introdujo al mundo como consecuencia del primer pecado.

Pero en realidad la consecuencia más compleja de todo pecado es la muerte espiritual o eterna. Que es la separación eterna entre el hombre y Dios, estar permanentemente lejos de su presencia y de su gloria.

Es por esto que debemos comprender lo delicado de caer en la tentación, pues ello lleva a verse sometidos a una esclavitud, a los vicios, lo que conlleva a una serie constante de malas acciones y decisiones que terminan por destruir al pecador y a quienes le son más cercanos.

¿Qué es la concupiscencia?

¿Qué es la concupiscencia?

John Ming

En su acepción más amplia, la concupiscencia es cualquier anhelo del alma por el bien; en su acepción estricta y específica, es un deseo del apetito inferior contrario a la razón. Para entender cómo el apetito sensual y el racional se pueden oponer, hay que tener en cuenta que sus objetos naturales son totalmente diferentes. El objeto del primero es la gratificación de los sentidos; el objeto del segundo es el bien de toda la naturaleza humana y consiste en la subordinación de la razón a Dios, su bien supremo y fin último. Pero el apetito inferior es en sí mismo desenfrenado, con el fin de perseguir satisfacciones sensuales independientemente de la comprensión y sin tener en cuenta el bien de las facultades superiores. De ahí que los deseos contrarios al bien real y orden de la razón pueden, y a menudo lo hacen, levantarse en él, previo a la atención de la mente, y una vez levantados, disponen los órganos del cuerpo a su búsqueda y solicitan el consentimiento a la voluntad, mientras que más o menos impiden que la razón considere su licitud o ilicitud. Esta es la concupiscencia en su sentido estricto y específico. Sin embargo, en la medida en que la deliberación no está completamente impedida, la voluntad racional es capaz de resistir a tales deseos y negar su consentimiento, aunque no sea capaz de aplastar los efectos que producen en el cuerpo, y aunque su libertad y dominio sean hasta cierto punto disminuidos. Si, de hecho, la voluntad se resiste, sobreviene una lucha, el apetito sensual exigiendo rebeldemente su gratificación, y la razón, por el contrario, aferrándose a sus propios intereses espirituales y afirmando su control. «El deseo de la carne contra el espíritu, y el espíritu contra la carne.»

EL APETITO Y LA RAZÓN

A partir de la explicación dada, es evidente que la oposición entre el apetito y la razón es natural en el hombre, y que, aunque sea una imperfección, no es una corrupción de la naturaleza humana. Tampoco la naturaleza del pecado está en los deseos desordenados (concupiscencia real) o en la propensión a ellos (la concupiscencia habitual); pues el pecado, siendo la transgresión libre y deliberada de la ley de Dios, puede estar sólo en la voluntad racional; aunque sea cierto que son tentaciones del pecado, que se convierten en más fuertes y más frecuentes cuanto más a menudo se les consiente. Según consideradas hasta ahora son sólo objetos pecaminosos y causas antecedentes de las transgresiones pecaminosas; contraen la malicia del pecado sólo cuando la voluntad les da su consentimiento; no como si su naturaleza cambiase, sino debido a que son adoptadas y completadas por la voluntad y así comparten su malicia. De ahí la distinción entre la concupiscencia antecedente y la concupiscencia consecuente al consentimiento de la voluntad; esta última es pecado, la primera no lo es.

Los primeros padres estaban libres de la concupiscencia, de modo que su apetito sensual estaba perfectamente sujeto a la razón; y esta libertad la iban a transmitir a la posteridad siempre que observasen el mandamiento de Dios. Sobre este punto se puede citar una declaración breve pero importante de la doctrina católica de Pedro el Diácono, un griego, que fue enviado a Roma para dar testimonio de la fe de Oriente: «Nuestra creencia es que Adán salió de las manos de su Creador bueno y libre de los asaltos de la carne» (Lib. de Incarn., c. VI). En nuestros primeros padres, sin embargo, este completo dominio de la razón sobre el apetito no era una perfección natural o adquirida, sino un don preternatural de Dios, es decir, un regalo no debido a la naturaleza humana; ni era, por el contrario, la esencia de su justicia original, que consistía en la gracia santificante; era solo un complemento añadido a esta última por la generosidad divina. Por el pecado de Adán la libertad de la concupiscencia se perdió no sólo para él mismo, sino también para toda su descendencia con la excepción de la Virgen por un privilegio especial. La naturaleza humana fue privada de ambos, sus dones y gracias sobrenaturales y preternaturales, y el apetito inferior comenzó a desear contra el espíritu, y los malos hábitos, contraídos por los pecados personales, forjaron trastorno en el cuerpo, oscurecieron la mente y debilitaron el poder de la voluntad, sin, sin embargo, la destrucción de su libertad. De ahí esa condición lamentable de la que se queja San Pablo cuando escribe:

”Descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta. Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?» (Rom. 7,21-24).

REDENCIÓN DEL PECADO

Cristo por su muerte redimió a la humanidad del pecado y de su yugo. En el bautismo se borra la culpa del pecado original y el alma es limpiada y justificada de nuevo mediante la infusión de la gracia santificante. Pero la libertad de la concupiscencia no se restaura al hombre, no más que la inmortalidad; sin embargo, se le da gracia abundante con la cual puede obtener la victoria sobre el sentido rebelde y merecer la vida eterna.

Ideas condenadas

Ideas condenadas

Los reformadores del siglo XVI, especialmente Lutero, propusieron nuevos puntos de vista respecto a la concupiscencia. Adoptaron como fundamentales para su teología las siguientes proposiciones:

  • la justiciaoriginal con todos sus dones y gracias eran debidas al hombre como una parte integral de su naturaleza;
  • concupiscencia es en sí misma pecaminosa, y al ser la corrupción pecaminosa de la naturaleza humana causada por la transgresión de Adán y heredada por toda su descendencia, es la esencia misma del pecado original;
  • El bautismo, al no extinguir la concupiscencia, realmente no remite la culpa del pecado original, sino sólo hace que ya no le sea imputado al hombre y ya no atrae la condenación sobre él. Esta opinión es también mantenida por la Iglesia Anglicanaen sus Treinta y Nueve Artículos y su Libro de Oración Común.

 

IDEAS CONDENADAS

La Iglesia Católica condena estas doctrinas como erróneas o heréticas. El Concilio de Trento (Ses. V, e.v.) define que por la gracia del bautismo se remite totalmente la culpa del pecado original y no sólo simplemente deja de ser imputado al hombre. En cuanto a la concupiscencia el concilio declara que se mantiene en los que están bautizados con el fin de que puedan luchar por la victoria, pero no hace daño a los que se resisten por la gracia de Dios, y San Pablo la llama pecado, no porque es pecado formalmente y en el sentido propio, sino porque surgió del pecado e incita al pecado. Más tarde Pío V, por la Bula “Ex ómnibus affictionibus” (1 oct. 1567), Gregorio XIII, por la Bula «Provisionis Nostrae» (29 enero 1579), Urbano VIII, por la Bula «In eminenti» (6 marzo 1641), condenaron las proposiciones de Baius (21, 23, 24, 26); Clemente XI, por la Constitución «Unigénito«, las de Quesnel (34, 35); y finalmente Pio VI, por la Bula «Auctorem Fidei» (28 agosto 1794),las del Sínodo de Pistoia (16), que afirmaban que los dones y gracias concedidos a Adán y que constituían su justicia original no eran sobrenaturales sino debidos a su naturaleza humana.

¿Cómo formar la conciencia?

¿Cómo formar la conciencia?

Mayra Novelo

Es importante conocer el proceso de un acto moral para saber dirigir bien la formación de la conciencia. Se puede hablar de tres operaciones o fases en la formación de la conciencia.

La primera, que precede a la acción, es percibir el bien como algo que debe hacerse y el mal como algo que debe ser evitado. .

La segunda fase es la fuerza que lleva a la acción, impele a hacer el bien y evitar el mal. Se expresa cuando decimos: “Hago el bien” o “no, esto no lo hago”.

Por último la operación subsiguiente a la acción, el emitir juicios sobre la bondad o maldad de lo hecho. En esta etapa nos decimos: “He obrado bien” o “he hecho algo malo”.

ABRIR LA CONCIENCIA

En el primer paso lo importante es abrir la conciencia a la ley como norma objetiva. Es decir, educar una conciencia recta que sabe dónde va y qué es la verdad. Esto lleva al segundo paso que requiere trabajo para que la conciencia sea guía de la voluntad.
Por último, y todavía más importante, viene el juicio ulterior sobre lo hecho. Aquí es donde se juega de modo definitivo la formación o deformación de la conciencia. El que ha obrado mal y toma las medidas necesarias para reparar su falta y para pedir perdón ha dado un paso firme en le formación de su conciencia, mientras que el que la acalla, no prestándole atención, puede llegar a dañarla hasta que un día quizá sea incapaz de reaccionar ante el bien y el mal.

En conclusión, podemos decir que la brújula más segura en todo este campo moral es la adhesión fiel a la voluntad de Dios, compendios supremos de la ley natural y la ley revelada.

Cómo formar una recta conciencia:

Para ayudar a nuestros niños y jóvenes a adquirir una recta conciencia podemos:

 

  • Animarles y ayudarles a estudiar la doctrina católica, los Evangelios, los documentos y orientaciones de la Iglesia de una manera constante.
  • Ayudarles y animarles a reflexionar antes de actuar, pensando siempre en lo que están haciendo, en porqué lo están haciendo, en las consecuencias que ello puede tener para ellos o para los demás.
  • Ayudarles a tener bien claros los principios que deben cumplir.
  • Animarles y guiarles para llevar una profunda vida de oración y de sacramentos, especialmente la confesión.
  • Enseñarles a hacer un buen examen de conciencia y un balance de sus actos todas las noches.
  • Animarlos a pedir ayuda y consejo, acudiendo con frecuencia a un sacerdote o a un laico bien formado.
  • Promover en ellos la virtud de la sinceridad, para que sean capaces de llamar a las cosas por su nombre, ante ellos mismos, ante Dios y ante quien dirija su alma.
  • Animarlos a obrar siempre de cara a Dios con el único deseo de agradarle, sin utilizar otros criterios de aceptación social para justificarse. Un acto sólo será bueno si agrada a Dios.
  • Animarles a pedir ayuda al Espíritu Santo, ya que la relación con él será la mejor luz para la conciencia.
  • Ayudarles a mantenerse y a no desanimarse ante los fallos; aprendiendo siempre que ante las caídas lo mejor es comenzar de nuevo, y ayudarles a entender que lo peor que se puede hacer es pactar con los fracasos y las desviaciones del comportamiento aceptándolos como irremediables e inevitables.
  • Ayudarles a formar hábitos de buen comportamiento: programar el tiempo, saber qué queremos y qué vamos a hacer en cada momento, exigirse el fiel cumplimiento del deber.
  • Ayudarles a amar el bien por encima del mal y a no envidiar a quienes se rebajan a un nivel inferior, aunque esto pueda atraerles.
  • Hacerles ver en todo momento lo bueno que adquieren al vivir el bien, aunque implique trabajo y renuncia.
  • Brindarle un ideal valioso, recordándolos que el ideal más valioso y grande es Jesucristo, tanto en lo espiritual como en lo humano.
Reglas importantes:
  • Nunca puedes justificar el mal para obtener un bien. En otras palabras: el fin no justifica los medios.
  • No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti, o visto en forma positiva: trata a los demás como te gustaría que te trataran.
Dios quiere salvarlos a todos

Dios quiere salvarlos a todos

El primero texto sobre el que queremos reflexionar se encuentra en el capítulo 18 de Libro del Génesis; se narra que la maldad de los habitantes de Sodoma y Gomorra había llegado al extremo, tanto así que se hizo necesaria la intervención de Dios para cumplir un acto de justicia y para acabar con el mal destruyendo aquella ciudad.

Y aquí se inserta Abraham con su oración de intercesión. Dios decide revelarle lo que está por suceder y le permite conocer la gravedad del mal y sus terribles consecuencias, porque Abraham es su elegido, escogido para convertirse en un gran pueblo y hacer llegar la bendición divina a todo el mundo.

La suya es una misión de salvación, que debe responder al pecado que ha invadido la realidad del hombre, a través de él el Señor quiere volver a llevar a la humanidad a la fe, a la obediencia, a la justicia. Y ahora, este amigo de Dios se abre a la realidad y a la necesidad del mundo, reza por aquellos que están por ser castigados y pide que sean salvados.

La destrucción de Sodoma debía acabar con el mal presente en la ciudad, pero Abraham sabe que Dios tiene otros modos y otros medios para poner límites a la difusión del mal. Es el perdón, que interrumpe la espiral del pecado, y Abraham, en su diálogo con Dios, apella exactamente a eso. Y cuando el Señor acepta perdonar a la ciudad si se encuentra a cincuenta justos, su oración de intercesión comienza a descender hacia las profundidades de la misericordia divina.

EL MAL

El mal, de hecho, no puede ser aceptado, debe ser señalado y destruido a través del castigo: la destrucción de Sodoma tenía ciertamente esta función. Pero el Señor no quiere la muerte del malvado, sino que se convierta y viva, su deseo es siempre el de perdonar, salvar, dar vida, transformar el mal en bien.

Y así, es este deseo divino que, en la oración, se convierte en deseo del hombre y se expresa a través de las palabras de la intercesión. Con su súplica, Abraham está prestado su propia voz, pero también el propio corazón, a la voluntad divina: el deseo de Dios es misericordia, amor y voluntad de salvación.

Pero la misericordia de Dios en la historia de su pueblo se extiende ulteriormente. SI para salvar Sodoma servían diez justos, el profeta Jeremías dirá, a nombre del Omnipotente, que basta un solo justo para salvar Jerusalén: ‘prosigan el camino de Jerusalén, observen bien e infórmense, busquen en sus plazas y si hay un hombre que practique el derecho, y busca la fidelidad, yo la perdonaré’.

El número ha descendido más, la bondad de Dios se muestra incluso más grande. Y ni siquiera esto basta, la sobreabundante misericordia de Dios no encuentra la respuesta de bien que busca, y Jerusalén cae bajo el asedio del enemigo.

Será necesario que Dios mismo se convierta en aquel justo. Y este es el misterio de la Encarnación para garantizar a un justo. Él mismo se hace hombre. El justo será para nosotros siempre Él: es necesario entonces que Dios mismo se convierta en ese justo. El infinito y sorprendente amor divino será plenamente manifestado cuando el Hijo de Dios se hace hombre, el Justo definitivo, el perfecto Inocente, que portará la salvación al mundo entero muriendo en la cruz, perdonando e intercediendo por aquellos que ‘no saben lo que hacen’. Entonces la oración de cada hombre encontrará su respuesta, entonces toda nuestra intercesión será plenamente respondida.