Celebran a  Nuestra Señora de la Caridad del Cobre

Celebran a Nuestra Señora de la Caridad del Cobre

La pequeña comunidad de la Colonia Peñitas se unió para festejar de manera muy emotiva a su santa patrona, Nuestra Señora de la Caridad del cobre.

El padre Salvador Veloz, decano del Señor de la Salud, presidió la acción de gracias, acompañado del Padre Jesús Sánchez Alcántar, párroco del lugar.

En su mensaje de agradecimiento a la comunidad, el padre Chava se permitió una evocación muy sentida ya que, en sus años de seminarista, tuvo oportunidad de servir como apostolado en el grupo de catequesis de esta capilla.

MARÍA

La homilía inició con una alabanza a María: ¿Quién será la mujer que a tantos inspiró….? Y sobre esta base, el decano fue desglosando las cualidades de nuestra Madre Santísima: “María es esa mujer… en cierta ocasión de mis vivencias sacerdotales, me invitaron a una reunión donde platicábamos sobre las diferentes advocaciones de la Virgen. A la abuelita de la familia le preguntó la nietecita de 6 años, entonces… ¿hay muchas vírgenes? Y ella de manera muy bella y sencilla explicó -No mijos, es la misma virgencita, pero con diferente vestido… Las advocaciones dependen de cada lugar o de la misión de la virgen. En nuestro caso, nuestra señora está dedicada a la caridad, al amor. María se nos presenta como madre amorosa de sus hijos”.

Al concluir la ceremonia, se cantaron las mañanitas y se repartió un pastel entre los asistentes presenciales, pocos, debido a las condiciones sanitarias, pero entusiastas, y se procedió a festejar en familia, para que quede constancia que a cada capilla si le llega su fiestecita inevitablemente.

Recibe su primera parroquia

Recibe su primera parroquia

La comunidad parroquial de Nuestra Señora de Guadalupe recibió a su nuevo párroco, se trata del Padre Oscar Valentín Muñoz quien se venía desempeñando como vicario en la parroquia de San Felipe Apóstol.

El Arzobispo Alfonso Cortés fue quien entregó la parroquia al nuevo párroco que vino a relevar al Padre Jesús Salvador Rodríguez, quien lamentablemente falleció el mes pasado.

DIOS LOS ESCOGE

En su homilía Mons. Alfonso señaló: “Dios escoge a unos bautizados y los consagra con su gracia ministerial. Esos son los sacerdotes. Participamos de ese ministerio de Jesucristo para el Pueblo de Dios… Nosotros primero somos bautizados. A ejemplo de Cristo tenemos que dar la vida, en cuerpo y alma por ustedes… El presbítero, ahora el Padre Oscar, se va a encargar de representar a Jesucristo en nombre de la Iglesia y en nombre de Cristo. El Padre Oscar tiene 3 tareas: alimentar al pueblo fiel del Evangelio, administrar los Sacramentos y santificar a su comunidad”.

Enseguida el Padre Oscar renovó sus promesas bautismales y sacerdotales. Enseguida Mons. Cortés le entregó la Pila Bautismal, el Confesionario, Ambón y Altar. Así mismo le invitó a ocupar la Sede para desde ese momento quedar constituido párroco de la comunidad. Finalmente, después de la comunión, le fueron entregados los Santos Óleos y los libros parroquiales. Enseguida realizó su primer deber como párroco que fue llevar el Santísimo al Sagrario.

En su primer mensaje el Padre Oscar agradeció a Dios y al Arzobispo el haberle llamado al ministerio sacerdotal y a servir como párroco. Recalcó a la comunidad que viene a caminar con ellos en su proceso de evangelización.

Las emociones y el sistema inmunológico

Las emociones y el sistema inmunológico

El sistema inmune recibe información del medio ambiente a través del sistema nervioso, el cual recibe esa información asociando eventos ambientales que son percibidos como estresantes o en los estados depresivos o en la ansiedad.

Existen algunos estudios en los que muestran que las emociones percibidas de ambiente favorables llevan a enfermos terminales a aumentar la sobrevida y hacen menos vulnerables físicamente a las personas sanas a partir de los 45 años.

El estrés provoca alteraciones en la respuesta inmunológica y altera la susceptibilidad a contraer o aumentar el crecimiento de tumores y algunas enfermedades.

SISTEMA INMUNE

Recordemos que las funciones del sistema inmune son identificar y eliminar materiales extraños, que contactan el organismo, incluyendo bacterias, virus, parásitos y hongos. También identifica y destruye células del propio organismo que sufrieron alteraciones asociadas con malignidad y de inhibir respuestas inmunológicas entre las células de su propio cuerpo. Estas funciones permiten al hombre sobrevivir en su medio ambiente y mantener su propio organismo bajo control.

El estrés y las emociones están asociadas con cambios fisiológicos. Por ejemplo las personas bajo estrés suelen desarrollar prácticas pobres para el mantenimiento de la salud que afectan la función inmunológica: fuman mucho, tienen insomnio, beben más alcohol o drogas, comen poco etc.

El empobrecimiento inmunológico tienen que ver con cambios de vida según algunos estudios que muestran que diferentes eventos afectan la inmunidad, haciendo a los individuos más vulnerables para contraer enfermedades e influenciando el curso y pronóstico de las mismas,  a mayor depresión, mayores desajustes en la función inmunológica.

Los estudiantes en periodos de exámenes resultan con mayor afectación al sistema inmune, aunque la afectación puede variar en función de las formas que tienen los sujetos en afrontar estos eventos y por sus características individuales.

Existen evidencias de asociaciones entre las relaciones interpersonales y la salud, encontrando mayor mortalidad entre individuos con pocas relaciones sociales que con muchas. Los sentimientos de soledad también se correlacionan con una peor respuesta inmunológica.

EL ESTRÉS

La forma en que las personas percibimos y afrontamos el estrés es determinante para la respuesta del organismo y también para la función inmunológica. El estilo explicativo es otra de las variables importantes en la percepción de los estresores, por tanto las formas en que nosotros expliquemos esos eventos que consideramos estresantes. Quienes tienen un estilo explicativo pesimista, son personas menos saludables en su vida posterior, que aquellos que tenían explicaciones optimistas a los eventos que les ocurren.

Las personas introvertidas tienen mayor cantidad de infecciones y síntomas somáticos y son más susceptibles a contraer enfermedades severas que las personas extrovertidas.

En conclusión la expresión de emociones, el optimismo, un sentido de control personal y la habilidad para encontrar significado a las experiencias de la vida se asocian con una mejor salud mental. También estas variables mejoran la progresión de enfermedades, aumentan la sobrevida en pacientes terminales e influencia sobre la salud en general. 

¿Dónde están nuestras seguridades y esperanzas?

¿Dónde están nuestras seguridades y esperanzas?

Silvia del Valle

A propósito de la prolongada caída de las redes sociales que se dio hace unas semanas, me di cuenta de que muchos estaban muy desesperados y brincaban de una red social a otra; brincaban de una aplicación de mensajería a la otra tratando de estar comunicados, sin darse cuenta de que esto solo provoca que todo se sature y colapse.

Este fenómeno es muy interesante porque nos permite ubicar que tenemos puestas nuestra esperanza y seguridad en cosas efímeras y muy volátiles que no dependen de nosotros.

Esto nos hace muy inestables y vulnerables por lo que debemos enseñar a nuestros hijos a poner sus seguridades y esperanzas en lo trascendente para llegar a ser felices, por eso aquí te dejo mis cinco tips para lograrlo.

LA FAMILIA

Una familia unida es el lugar más adecuado para el correcto desarrollo de los hijos.

En la actualidad hay muchas situaciones que hacen difícil tener una familia unida. No me refiero solo a aquellas familias que son monoparentales sino las que, a pesar de tener papá y mamá, ambos tienen que trabajar mucho y por lo mismo no pueden convivir con sus hijos.

De cualquier forma es necesario que nuestros hijos tengan una comunidad familiar y sientan que ahí están seguros, que ahí pueden expresar sus temores, sus angustias, lo que les inquieta y los que les hace felices, de tal forma que podamos cobijarlos y encausarlos.

Cada familia puede establecer sus tiempos y espacios para la sana convivencia. Esto les da mucha seguridad y les permite crecer sanos.

APRENDER A SER FELICES

La felicidad no debe radicar en el tener sino en el ser.

De tal forma que la felicidad sólo dependa de ellos y de cómo ven las cosas y de las personas que los rodean sin que las modas que nos quiere imponer la sociedad los afecten. Ellos será n felices en todo momento.

Ser feliz no quiere decir que van a estar riendo todo el tiempo, por supuesto que tendrán momentos de dificultad o de preocupación pero lo sabrán afrontar con una actitud positiva y siempre con paz en el corazón.

ESPERANZAS

Y es que es necesario que sepamos lo que es humanamente posible y lo que está fuera de nuestro alcance y que requiere de otras medidas como la oración.

Cuando las cosas se salen de nuestras manos es necesario voltear los ojos al cielo y pedir ayuda a Dios, y nuestros hijos deben saber que así funciona la vida y tener el discernimiento para ubicar cuando hay que aplicarlo.

DISPUESTOS A ADAPTARSE

Nuestros hijos deben saber que la vida es un constante cambio y que es necesario no estar aferrados a nada ni a nadie, de esta forma estarán capacitados para analizar las circunstancias y tomar las decisiones prudentes para salir adelante en cada una de ellas.

Si así lo hacen, este proceso no les generará angustia o desesperación, sino que al contrario, les permitirá afrontar los cambios con alegría y paz en el corazón y les ayudará a tomar las mejores decisiones, siempre con los pies en la tierra.

Esto lo deben aprender de nosotros, sus papás, de cómo tomaos los imprevistos, como enfrentamos los retos, de si nos adaptamos a los imprevistos de cada día y si somos alegres durante el día a pesar de todo la que suceda. Las palabras convencen pero el ejemplo arrastra.

COMPARTIR SU ALEGRÍA

La boca habla de lo que está lleno el corazón, por lo que es necesario estar seguros de que nuestros hijos tienen alegre el corazón para que lo puedan compartir con los que les rodeamos, ya sea en la forma de hablar, en la forma de jugar y hasta en la forma de enfrentar las frustraciones y los problemas.

Que Dios nos ayude a saber que Dios debe estar en nuestros corazones para que podamos dar testimonio de alegría y paz en el corazón, poniendo nuestra esperanza y seguridad en Dios.

Hay que mostrar la fe con obras

Hay que mostrar la fe con obras

En días pasados conversamos un poco con ex Gobernador del Estado, Miguel Márquez Márquez. Le preguntamos sobre lo que fue su administración y su postura, como católico, sobre cómo se debe de vivir la fe en estos tiempos en ocasiones tan contrarios los principios evangélicos y moral cristiana

Por principio de cuentas, ¿cómo es la vida de un ex gobernador?

Estoy dedicado a la familia, con mi esposa y mis hijos. Vivimos en una “privadita” que mi papá nos regaló, construimos y ahí vivimos con mis demás hermanos y mi madre. Es una vida normal como cualquier familia: en las mañanas voy al rancho, mi familia siempre se dedicó a la agricultura y ganadería. Por la tarde voy a comer en familia o tengo algunas citas, atiendo gente ahí en mi casa que es su casa. Luego voy a rezar el Rosario con mi mamá por las tardes. Claro que esto no es todos los días, porque atiendo algunas citas. Ya por la noche nos reunimos a cenar y a las 11 de la noche ya estoy literalmente en cama.

A tres años de haber dejado la Gubernatura, ¿cuáles serían los mejores momentos que vivió como Gobernador y cuáles fueron los mejores obras que realizó?

Lo mejor que te puede pasar es estar cerca de la gente y, sobre todo, de la gente que más lo necesita. Que es la que menos tiene, que menos puede, que menos sabe. Aquella gente que hay que empujar, que hay que echarle la mano. A mí me encantaba, sobre todo, ir a las comunidades, a las colonias para estar cerca de ellos, escucharles y resolverles, en la medida de lo posible, sus problemas. Hasta echarles una palmadita para que salieran adelante.

También me gustaba mucho convivir con los jóvenes. Y me gustaba mucho contribuir en la educación de los niños, si en el tema académico, pero también yo siempre les insistía mucho en el tema de los valores. Necesitamos excelentes seres humanos comprometidos con los demás, con la comunidad, con el medio ambiente y con el prójimo.

Apostar por el tema de la salud también para mí fue fundamental y fíjate que creo fue algo en lo que no nos equivocamos. En el tema de la salud literalmente al Gobernador Diego le dejamos el 99% de la construcción de hospitales, centros de salud, personal médico y que convierte a Guanajuato en el primer sistema de salud pública a nivel nacional. Por eso no se entregó al INSABI. Y yo creo que ese fue uno de los temas muy importantes que le dejamos a la gente. Era importante tener un sistema de salud robusto.

¿Qué temas a usted no le dejaron tan satisfecho durante su gestión?

Sin lugar a dudas el tema de la seguridad. En todos los demás rubros Guanajuato fue de los primeros lugares y lamentablemente durante los últimos dos años comenzamos a tener problemas con el robo de combustible, que es un tema estrictamente federal, pero que tuvo un impacto muy fuerte a nivel local, sobre todo en la Refinería pues desde ahí estaba la colusión junto con la empresa PEMEX y hay que decirlo con todas sus letras. Y eso nos vino a descomponer la seguridad del Estado. Eso es algo de lo que al final se empezó a complicar y ahora lamentablemente se complicó más.

¿Cuáles serían las claves para que nuestra sociedad pueda mejorar y se pueda superar?

Yo soy un convencido y no es que seamos conservadores y retrogradas y nos consideren casi como cavernícolas, pero la verdad ahí está. Lo que le da cohesión, unidad y hace salir adelante a las comunidades es la célula básica, la familia. El respeto a la dignidad de la persona es fundamental. Fomentar los valores de ser subsidiarios, solidarios con los demás, con aquellos que menos tienen. Y aquellos que pueden por sí mismo, pues darles el empujón para que generen dinero, generen empresas. Ser muy respetuosos de nuestros adultos, de nuestros mayores. Inculcarles a nuestros jóvenes el valor de la humildad, el valor de la honestidad que hoy en día se ha perdido bastante. Hoy tal parece que el fin justifica los medios y se quiere ser famoso a toda costa y se les olvida lo más importante que es ser buenas personas. Hay que convivir más en familia y estar cernamos en casa. Hay que convivir más con nuestros hijos y lo digo como padre de familia que tengo dos hijos de 16 y 18 años. Estar al pendiente de la formación de nuestros hijos. Y si nos vamos al tema de la fe, es fundamental para comprender mejor el propósito en la vida. En lo personal yo no lo podría entender si en mí no estuviera la presencia de Jesús, de María.

¿Qué mensaje les daría a los jóvenes?

Que no se dejen llevar por esas “lucecitas” que les ponen por ahí de la vida fácil. No se dejen llevar por las drogas. No se dejen llevar por las malas influencias. Yo creo que hoy los jóvenes viven retos muy interesantes, muy difíciles, más complejos que a los que nosotros nos enfrentamos. Hoy están invadidos de información, hoy tienen que saber seleccionar la información, saber cuál es la verdad, cual es mentira. Cual es aquella que parece ser verdad y resulta ser mentira y los jóvenes se dejan ir con ella. Les ofrecen una falsa felicidad. Yo creo que los jóvenes no deben de perder de vista que la felicidad está en ustedes mismos y ser buenas personas. Está en ustedes que la descubran en las cosas más sencillas.

¿Qué mensaje le da los católico?

Primero, no renegar de nuestra fe. Muchos ante esta oleada a nivel internacional, donde hay una clara destrucción a la Iglesia Católica sacan la cara y no, al contrario, salir de frente y manifestarnos como católicos que profesamos nuestra fe, que tratamos de vivirla y practicarla. Que no nos de miedo decir que somos católicos. Pero también es cierto que la fe no se presume, sino que se practica. Hay que mostrar la fe con obras. Yo sí creo que los católicos hoy más que nunca estamos a prueba, pero estemos siempre con la fe en alto, con frente en alto. No podemos dar la espalda, no podemos renegar de nuestros principios. Al contrario, siempre llevarla con mucho orgullo, siempre portarla con mucha humildad y vivirla con mucha devoción.

Finalmente, ¿cuál es su postura sobre el aborto?

Mi postura siempre ha sido muy clara, siempre estaré a favor de la vida. Lo he dicho, lo diré y así moriré, defendiendo la vida por encima de todo. Hay que agradecer la vida, agradecer a nuestros padres que nos dieron esta oportunidad y a Dios.

El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido

Los capítulos 40-55 del Libro de Isaías forman una sección ampliamente conocida como “Libro de la Consolación” por el oráculo con el que se abre (Cfr. 40,1) y “Deuteroisaías”, según el título asignado por la exégesis crítica a partir de los s. XVIII-XIX (Döderlein, Eichhorn, Duhm) para diferenciar esta obra dentro del conjunto del libro en base a la distinción de autor, destinatarios, época, lenguaje, estilo, etc. El autor se describe como un profeta anónimo, diferente del Isaías de Jerusalén autor de 1-39, que ejerce el ministerio hacia el final del exilio en Babilonia (ca. 553-539 a.C.), dirigiéndose a los desterrados para anunciarles la salvación inminente que el Señor va a realizar en su favor bajo la imagen de un nuevo Éxodo, con un lenguaje poético de imágenes fuertes y bellas metáforas a través de la forma literaria del oráculo de salvación. “Dios actúa y salva, pero se sirve de los hombres. El profeta anónimo tiene la misión de proclamar la buena nueva. El exilio fue un castigo, pero está por terminar. Un soberano extranjero, Ciro de Persia, liberará a los exilados de Judá; se le declara «Ungido» del Señor, como si fuera uno de los descendientes de David. Por otra parte, al leer los textos surge una pregunta: ¿quién es el misterioso «siervo del Señor»? La respuesta no es fácil: ¿será el anónimo «profeta de la consolación»? ¿Será Jeremías? ¿Será Ciro de Persia? El cuarto y último de los cantos (Is 52,13-53,12) es particularmente importante; parece una anticipación de la obra de Jesús, que se entrega por los hombres «obedeciendo hasta la muerte y una muerte de cruz» (Flp 2,8)” (Loza Vera, Introducción al profetismo – Isaías [BBB 7; Estella 2011] 317). En efecto, los “Cánticos del Siervo de Yahweh” están insertos en esta sección, en la que desempeñan una función muy particular, presentándonos el perfil de este personaje – o mejor dicho “personajes”, en plural – enigmático. Estos textos plantean más preguntas que respuestas. “La palabra «siervo» o «servidor» en el lenguaje bíblico puede tener ecos muy distintos. Por su origen, evoca una situación de dependencia y humillación, incluida la esclavitud. Pero el «siervo» de un gran personaje – un rey, por ejemplo – es muchas veces su colaborador más próximo (su «ministro», palabra que quiere decir «servidor»). Por tanto, los «siervos de Dios» son con frecuencia los personajes más prestigiosos: Moisés (véase sobre todo Núm 12,7; Dt 34,5, en contextos que realzan especialmente al personaje) y también David (2Sam 7,5; etcétera). […] Finalmente, en 42,1; 50,10; 52,13; 53,11 no hay ninguna identificación concreta en el contexto. Se trata en cada ocasión de un personaje cercano a Dios, encargado de una misión importante. ¿Quién es?” (Wiéner, “El segundo Isaías”, CB 20 [81999] 47-48). Hoy escuchamos en la primera lectura dos breves versículos tomados del cuarto “Cántico” – el más extenso y el más complejo: “El Señor quiso triturar a su siervo con el sufrimiento. Cuando entregue su vida como expiación, verá a sus descendientes, prolongará sus años y por medio de él prosperarán los designios del Señor. Por las fatigas de su alma, verá la luz y se saciará; con sus sufrimientos justificará mi siervo a muchos, cargando con los crímenes de ellos” (53,10-11). En una primera lectura del texto podemos identificar a este “siervo”, caracterizado por una particular relación con Dios por el posesivo “mi siervo” (‘abdî, Cfr. v. 11), como la parte fiel del pueblo de Israel, que ha sufrido el justo castigo divino por sus pecados (Cfr. 40,2; 49,1-9a) y es ahora el destinatario del anuncio de salvación. Sin embargo, una lectura más detallada del texto nos permite descubrir en esta figura una función específica: sus sufrimientos se han realizado para “complacencia” divina (waYHWH ḥāphēṣ, v. 10; Cfr. Mt 3,17; 17,5). Se ha objetado fuertemente que esta afirmación describe una imagen cruel de Dios, proponiendo incluso traducir de una manera diferente: “Le agradó al Señor (cuando estaba) quebrantado por sus sufrimientos” (Cfr. 52,14; 53,3). Sin embargo, es preciso indicar que la complacencia divina no está en los sufrimientos en sí, sino en la actitud obediente del siervo que ha asumido sus padecimientos para cumplir la voluntad divina de salvación, ya que sus sufrimientos tienen un valor sacrificial expiatorio (’āšām, Cfr. Lv 5,19; 7,5; 14,21; 19,21): “Cuando entregue su vida como expiación (’im-tāśîm ’āšām naphšô)… y por medio de él prosperarán los designios (ḥēpheṣ) del Señor”. Los sufrimientos del siervo no concluirán en la muerte: al contrario, verá su “descendencia” (zéra‘) y “sus días se extenderán” (ya’ărîk yāmîm). “Las fatigas de su alma” (mē‘ămāl naphšô) serán recompensadas con la visión y la saciedad. Los sufrimientos de “mi siervo justo” (ṣaddîq ‘abdî), a los que ya se ha reconocido un valor sacrificial expiatorio, servirán también para “justificar” (yaṣdîq) “a muchos” (lārabbîm) – el siervo, siendo justo, es decir, inocente y libre de pecado, los justificará “cargando con los crímenes de ellos” (wa‘ăwōnōtām hû’ yisbōl). Se trata, en primer lugar, del tema bien conocido por la tradición veterotestamentaria del justo sufriente y perseguido a pesar de su inocencia (Cfr. Sal 22; Sab 2,12-22) quien, al final, ve recompensada su confianza en Dios que lo salva de las acechanzas de sus enemigos; la novedad está en que los sufrimientos del justo tengan un significado expiatorio y sean causa de justificación de los culpables. “La persecución que empezó ya en el capítulo 50 llegó hasta la muerte y una sepultura infame. Pero esta muerte no fue vivida pasivamente. El siervo mártir ha sufrido en solidaridad con el mundo pecador. Por la gracia del Señor que lo amaba, esta muerte ha sido un sacrificio eficaz, que conduce a una vida nueva al siervo y a la turba de pecadores por los que ha dado éste su vida. Evidentemente, es en Jesucristo donde se realiza en plenitud la personalidad del siervo. La confesión más antigua de fe cristiana – la que nos ha conservado Pablo en 1Cor 15 – se inspira ciertamente en Is 53, cuando dice que Cristo murió «por nuestros pecados según las escrituras». Y Jesús vivió sin duda su marcha hacia la muerte y su misma muerte en el espíritu de este texto. Se necesitaría una larga exposición para señalar todas las huellas de Is 53 en el Nuevo Testamento” (Wiéner, “El segundo Isaías”, CB 20 [81999] 57). En efecto, para nosotros, lectores cristianos del Antiguo Testamento y de este texto en particular, resulta evidente descubrir el sentido profundo, cristológico, que los Evangelistas señalan al relacionar el mesianismo de Jesús con la figura del siervo sufriente, como lo veremos hoy en la lectura evangélica.

El salmo (33 Biblia Hebrea/32 LXX y Vul) es un himno de alabanza a Dios por el poder de su palabra creadora – “Por la palabra del Señor fueron hechos los cielos, por el soplo de su boca sus ejércitos” (v. 6). “Es un himno de veintidós versículos como el número de las letras del alfabeto hebreo: un indicio de que el orante quiere dar a Dios una alabanza apropiada de la A a la Z, como invitaba el final del salmo precedente. Con un estilo sapiencial escruta los caminos de Dios para encontrar en ellos una regla de vida. El salmo se autodefine tehillâ, «canto de alabanza y de acción de gracias», como el siguiente Sal 34,2 y los Sal 22,26; 100,4; 145,1; 147,1. Quiere ser un concierto para coro y orquesta (vv. 1-3), una «ovación», terû‘â (v. 3), al Señor, que gobierna todas las cosas con amor, orden y medida. Está inspirado teológicamente de modo particular en Gn 1 e Is 40-55. Es un «canto nuevo» (v. 3) compuesto para responder a las maravillas siempre nuevas de Dios. Su ambiente original se puede encontrar entre los círculos sapienciales del post-exilio, que tenían continuamente ante los ojos la revelación de Dios testimoniada por las Escrituras” (Lorenzin, I Salmi, 151-152). Los v. 1-2, de la primera estrofa, son una invitación a la alabanza divina y la acción de gracias, compuesta en tono sapiencial, dirigida a “los justos” (ṣaddîqîm) y “los rectos” (yəšārîm). La segunda estrofa (v. 4-5) son el principio del himno dedicado a la alabanza de la palabra divina cuyos atributos son la rectitud y la lealtad (yāšār/’ĕmȗnāh), ya que el Señor ama la justicia y el derecho y actúa siempre con misericordia (ṣədāqāh/mišpāṭ/ḥésed): “Sincera es la palabra del Señor y todas sus acciones son leales. El ama la justicia y el derecho, la tierra llena está de sus bondades”. En los siguientes versículos se pasa de la alabanza del Dios creador por su palabra a la consideración de la justicia divina que gobierna la vida de los pueblos y de los hombres, “los hijos de Adán” (v. 13), entre los que se cuenta incluso “el rey” (v. 16). “Cuida el Señor de aquellos que lo temen y en su bondad confían; los salva de la muerte y en épocas de hambre les da vida” (v. 18-19): ante la mirada escrutadora y providente del Señor no valen títulos ni poder, sino la actitud fundamental de confianza y obediencia: “el temor del Señor” (hinnēh ‘ên YHWH ’el-yǝrē’āyw), que es también el principio de la sabiduría (Cfr. Pr 1,7). La confianza del justo no está en sus propias fuerzas, sino en la “misericordia” del Señor (lǝḥasdô), que le libra de toda peligro, incluso de la muerte (mimmāwet) y de la hambruna (bārā‘āb, Cfr. Gn 41,36; Job 5,20). Después de esta instrucción sobre el modo de obrar del Señor respecto de sus fieles, el salmo termina con una profesión de fe y una petición: “En el Señor está nuestra esperanza, pues él es nuestra ayuda y nuestro amparo. Muéstrate bondadoso con nosotros, puesto que en ti, Señor, hemos confiado” (v. 20.22). La profesión de fe es una declaración absoluta de confianza en Dios, invocado como “nuestra ayuda” (‘ezrēnû) y “nuestro escudo” (ûmāginnēnû, Cfr. Sal 59,12; 84,10; 89,19). La profesión de fe no es una declaración teórica de principios, sino la declaración solemne de la experiencia que Israel como pueblo y cada uno en lo particular ha tenido con el Señor a lo largo de su propia historia: por este motivo, la súplica es una nueva invocación del “amor misericordioso” (ḥasdǝkā) del Señor sobre el orante, que se dirige a Dios de tú a tú en la intimidad de la plegaria. “En el proceso de revelación del antiguo pacto, Israel ha estado entrando en contacto con el poder la «palabra» y del «consejo» de Yahvé, y se ha ido sintiendo seguro por ellos. El pueblo de Dios ha aprendido que sólo bajo la atención eficaz del «ojo de Dios» se encuentra protección y ayuda. Y ahora, en el himno, se desvelan realidades ocultas, a la luz del poder de la revelación. Se ilumina una suprema y fundamental realidad. La creación y la historia dependen enteramente de Yahvé. Ningún poder puede subsistir junto a él. […] Para el himno, el señorío ilimitado y «supremo» de Dios es un acontecimiento presente que transforma la visión superficial del mundo y ofrece en perspectiva nuevas realidades” (Kraus, Los Salmos I, 580).

La Carta a los Hebreos continúa con su contemplación de Cristo, Sumo Sacerdote “misericordioso y digno de fe” (Cfr. 2,17). Es el Hijo de Dios glorificado por su obediencia a la voluntad del Padre, que ha entrado en el descanso de Dios – “que ha penetrado en los cielos” (Cfr. 4,14) – y se ha convertido así en un ejemplo de fidelidad (Cfr. 3,1-4,14). Ahora el discurso pasará a considerar la misericordia como elemento característico de Cristo sacerdote: “Cristo ha llegado a su gloria actual por el camino de la compasión, que le ha llevado a una solidaridad completa con sus hermanos en los sufrimientos y en la muerte. Su gloria, lo repetimos, no tiene ninguna relación con la de los ambiciosos y de los conquistadores opresores. Es la gloria de un amor llevado hasta el extremo. En consecuencia, ésta lo establece en una actitud de misericordia ilimitada y le otorga los medios para venir en ayuda de forma muy eficaz. De esto se sigue que su mediación es de una cualidad insólita. Ésta no consiste absolutamente en buscar un arreglo entre dos adversarios, sino más bien en cubrir todo el espacio que se extiende desde el fondo de la miseria humana hasta la cima de la santidad de Dios” (Vanhoye, La Lettre aux Hébreux [2001] 84). Encarnación y Pascua son las dimensiones esenciales del sacerdocio de Cristo: habiéndose hecho hombre como nosotros, el Hijo ha experimentado el sufrimiento que le ha llevado a la perfección de la misericordia (Cfr. 2,10; 5,8-9). Siendo el Hijo de Dios hecho hombre es fiel al Padre, que lo ha constituido en tal carácter, y es fiel a los hombres, como intercesor suyo y salvador, capaz de empatía y solidaridad con los pecadores manteniéndose Él mismo alejado del pecado: “Así es el Sumo Sacerdote que nos convenía: santo (hósios), inocente (ákakos), incontaminado (amíantos), apartado de los pecadores (kejōrisménos apó tōn hamartōlōn), encumbrado por encima de los cielos (hypsēlóteros tōn ouranōn genómenos), que no tiene necesidad de ofrecer sacrificios cada día, primero por sus pecados propios como aquellos Sumos Sacerdotes, luego por los del pueblo: y esto lo realizó de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo” (Cfr. 7,26-27). Jesús se mantiene alejado de los pecadores en cuanto Él no es un pecador, aunque ha venido a llamar a los pecadores, come con ellos y no le importa ser considerado amigo suyo (Cfr. Mt 11,19; Mc 2,17; Lc 5,8). El texto litúrgico del este domingo es el comienzo de la sección dedicada a contemplar a Cristo como Sumo Sacerdote misericordioso que, en cuanto tal, es para nosotros un estímulo para la perseverancia en la fe: “Hermanos: Puesto que Jesús, el Hijo de Dios, es nuestro sumo sacerdote, que ha entrado en el cielo, mantengamos firme la profesión de nuestra fe. En efecto, no tenemos un sumo sacerdote que no sea capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos, puesto que él mismo ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado. Acerquémonos, por tanto, con plena confianza al trono de la gracia, para recibir misericordia, hallar la gracia y obtener ayuda en el momento oportuno” (4,14-16). Cristo, “el Hijo” (tón hyión tóu Theóu) asimilado al Siervo sufriente, ha sido exaltado y glorificado como meta de su itinerario pascual: ha cruzado el umbral y entrado definitivamente en el santuario del cielo (Cfr. 9,24) para ejercer ahí como “Sumo Sacerdote” (arjieréa mégan). Éste es el motivo principal para “mantener firmemente la profesión de nuestra fe” (kratōmen tēs homologías): la contemplación de Cristo glorificado a través del sufrimiento es un motivo para mantenernos firmes en el camino de la fe hasta llegar a participar también nosotros de esa gloria. Además, Cristo Sacerdote intercederá por nosotros en virtud de la profunda solidaridad que le une con nuestra condición humana por el misterio de la encarnación, ya que sabe de primera mano lo difícil que es este camino y la dureza de las pruebas a las que se ve sometido quien quiere recorrerlo. Por eso comienza una nueva sección (Cfr. 4,15-5,10) en la que el objetivo será ofrecernos una profunda meditación sobre la figura de Jesucristo mediador solidario de los hombres ante Dios. Una característica particular de nuestro Sumo Sacerdote desde el principio es la capacidad de “compadecerse” (dynámenon sympathēsai) de nuestras debilidades – debilidades que Él mismo ha experimentado al verse sometido a la tentación (Cfr. Mt 4,1-11): en efecto, “ha sido probado como nosotros, menos en el pecado” (pepeirasménon dé katá pánta kath’homoiótēta jōrís hamartías). El Hijo de Dios hecho hombre ha sido tentado, pero ha salido victorioso en su combate contra la tentación. “Dicho esto, se plantea una cuestión: ¿la ausencia de pecado no disminuye la solidaridad de Cristo con nosotros? A primera vista, podría pensarse que la disminuye, pero reflexionando con cuidado, nos damos cuenta de lo contrario. El pecado, en efecto, no contribuye absolutamente a fundamentar una verdadera solidaridad: muy por el contrario, crea la división, porque siempre es una manifestación de egoísmo. La experiencia lo demuestra y la Escritura lo confirma. […] La auténtica solidaridad con los pecadores no consiste en hacerse su cómplice, sino en asumir generosamente por ellos las desastrosas consecuencias de sus extravíos. Es ésta la solidaridad que Cristo ha tenido. Él ha tomado sobre sí las faltas de los hombres pecadores, sometiéndose él mismo al suplicio de los peores criminales, de tal suerte que este suplicio, transformado desde dentro por la fuerza del amor, se convierte en la fuente del perdón y de todas las gracias. De esto se sigue que ningún ser humano puede en adelante encontrarse en una situación de sufrimiento, incluso por su culpa, sin encontrar a Cristo a su lado” (Vanhoye, La Lettre aux Hébreux [2001] 87-88). Por eso podemos acercarnos confiadamente “al trono de la gracia” (tōi thrónōi tēs járitos). En el Evangelio de Mateo se nos dice que cuando venga el Hijo del Hombre a juzgar, “se sentará en su trono de gloria” (kathísei epí thónou doxēs autóu): el trono es signo de la autoridad de juzgar que le corresponde a Cristo por su misterio pascual; sin embargo, para el autor de la Carta a los Hebreos no hay motivo de temor por el juicio, más bien la actitud tiene que ser de “confianza” (meta parrēsías) porque el trono del juicio se ha convertido en trono de gracia. Este “trono” no es sino el mismo Jesús en su humanidad glorificada – una vez más, encarnación y pascua como elementos característicos del sacerdocio de Cristo. Sólo de Él podremos “recibir misericordia” (lábōmen éleos) y sólo en Él podremos “encontrar gracia” (járin héurōmen, Cfr. Jn 1,14.16), cuyo auxilio necesitamos para perseverar en la fe (Cfr. 10,19-12,4).

Hace algunas semanas escuchamos el segundo anuncio de la Pasión seguido de la pregunta de Jesús a sus discípulos acerca del tema que discutían “en el camino”: “ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor”. Jesús había advertido a sus discípulos que en el camino del discipulado y del Reino no hay más grandeza ni más precedencia que la del servicio: “Si uno quiere ser el primero, sea el último y el servidor de todos” (9,30-37; Cfr. Domingo XXV ciclo B). Inmediatamente después del tercer anuncio de la Pasión (10,32-34) Marcos inserta un episodio que proporciona a Jesús la ocasión de una nueva enseñanza a sus discípulos sobre el discipulado como servicio, proponiéndoles ahora su propio ejemplo – Jesús es el primer servidor en el cumplimiento de la voluntad del Padre mediante la ofrenda de su propia vida “por la redención de muchos” (10,35-45). Así, la enseñanza sobre el servicio es inseparable del tercer anuncio, que constituye su trasfondo particular: “Iban de camino subiendo a Jerusalén y Jesús marchaba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que le seguían tenían miedo” (10,32). Aquí se explicita la importancia teológica del tema del “camino” (en tēi hodōi) en este contexto del Evangelio de Marcos: es el camino “que sube” (anabáinontes) hacia Jerusalén y hacia la cruz, en el que Jesús “va delante” (ēn proágōn autóus ho Iēsóus) de sus discípulos, incapaces de comprender el destino de Jesús y temerosos de preguntar y comprometerse con Él, quien ya les había advertido que tendrían que compartir su camino de cruz si querían ser sus discípulos de verdad (Cfr. 8,34-37). Jesús se les adelanta en camino hacia la cruz, como también se les adelantará en Galilea, para manifestárseles después de la resurrección (Cfr. 16,7). “Esta predicción se dirige sólo a los Doce; es la más completa y no habla ya de un futuro indistinto, sino de lo que le espera al final del camino que están recorriendo. En la introducción el evangelista subraya que se trata del destino propio de Jesús, aunque luego habla del Hijo del Hombre. Si Jesús dice: «Subamos a Jerusalén» (10,33), ésta es la única declaración con el «nosotros» en todo el Evangelio de Marcos. Jesús subraya el camino común que lo une a los Doce. El camino es común; todo el resto sucede sólo al Hijo del Hombre. Contra él se desencadenan acciones múltiples de los hombres. El sanedrín lo condenará a muerte, entregándolo a los paganos, que se burlarán de él, le escupirán encima, lo flagelarán y lo matarán. Cada acción de los hombres está dirigida a deshonrarlo y a matarlo. Pero al inicio y al final está la obra de Dios. Corresponde al plan de Dios (cf. 8,31; 9,31) que Jesús sea entregado al sanedrín. Y cuando los hombres hayan cumplido su propia obra de destrucción, después de tres días se tendrá la intervención de Dios: Jesús resucitará” (Stock, Marco [2003] 207-208). A pesar de la claridad con la que Jesús habla a sus discípulos sobre su propio destino, los hijos de Zebedeo se atreven a hacerle una petición que contrasta absolutamente con la enseñanza de Jesús, revelando así que no han comprendido nada – ellos esperan el momento de la glorificación de Jesús como la llegada a una situación de poder y no como el momento de la Pasión. “En aquel tiempo se acercaron a Jesús Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte». El les dijo: «¿Qué es lo que desean?» Le respondieron: «Concede que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria». Jesús les replicó: «No saben lo que piden. ¿Podrán pasar la prueba que yo voy a pasar y recibir el bautismo con que seré bautizado?» Le respondieron: «Sí podemos». Y Jesús les dijo: «Ciertamente pasarán la prueba que yo voy a pasar y recibirán el bautismo con que yo seré bautizado; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; eso es para quienes está reservado»”. “Santiago y Juan, los hijos del Zebedeo” (Iákōbos kái Iōánnēs hoi hyiói Zebedáiou) son de los primeros discípulos llamados por Jesús, quienes generosamente han dejado todo para seguirlo (Cfr. 1,19-20); son del grupo de los más íntimos, testigos de la curación de la hija de Jairo (Cfr. 5,37.40) y de la Transfiguración (Cfr. 9,2) – en contraste, Jesús también los llevará consigo a la agonía del huerto de Getsemaní (Cfr. 14,33). Su petición indica que, al igual que Pedro (Cfr. 10,28) se sienten acreedores a una recompensa por haberlo dejado todo para seguir a Jesús – no quieren perder la oportunidad de exigir lo que les corresponde: un lugar privilegiado (hína… kathísōmen, v. 37 / tó kathísai, v. 40), de influencia y poder, “cuando estés en tu gloria” (en tēi dóxēi sou). Se imaginan que el Reino del que Jesús les ha hablado es un reino mundano, en el que podrán ocupar puestos importantes (Cfr. 2Sam 16,6; Sal 110,1) por formar parte de este grupo exclusivo, cercano al Maestro (Cfr. 9,38). La respuesta de Jesús pone en evidencia lo desproporcionado de la petición: “no saben lo que piden”. Para participar de la gloria de Jesús es preciso participar primero de la cruz – “¿Podrán pasar la prueba que yo voy a pasar y recibir el bautismo con que seré bautizado?”. La “prueba” – literalmente “el cáliz” (tó potērion, Cfr. Is 51,17; Jr 25,28; 49,12; Ez 23,32-34; Ap 16,19) – y el “bautismo” (tó báptisma, Cfr. Sal 42,8; 69,2-3) se refieren a la Pasión que Jesús acaba de anunciar. El cáliz, que generalmente hace referencia al banquete, a la alegría y a la acción de gracias (Cfr. Sal 116,13), se convierte en símbolo de juicio y de prueba. Jesús invitará a sus discípulos a beber del cáliz que contiene la sangre de la alianza en la última cena (Cfr. 14,23-25). Los discípulos deben estar dispuestos a realizar las mismas acciones que Jesús: “beber” (piéin) del cáliz y “ser bautizados” (baptisthēnai) como Él: la comunión con Jesús se extiende de la pasión a la gloria. Ambos discípulos responden con prontitud: “Sí podemos” (dynámetha). Jesús les anuncia que efectivamente participarán de su sufrimiento por el martirio (Cfr. Hch 12,2), pero no puede comprometerse a cumplir su petición, ya que es el Padre quien distribuye los lugares en el Reino: en la hora de la glorificación de Jesús, en la Pasión, “la derecha y la izquierda” serán ocupadas por dos malhechores (Cfr. 15,27). Los Doce se sentarán en doce tronos para juzgar a las tribus de Israel cuando llegue el momento de la justicia escatológica (Cfr. Mt 19,28), pero antes habrá que pasar junto con Jesús por el camino de la cruz. No se nos refiere la reacción de Santiago y Juan a la respuesta de Jesús, pero sí la de sus compañeros: “Cuando los otros diez apóstoles oyeron esto, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús reunió entonces a los Doce y les dijo: «Ya saben que los jefes de las naciones las gobiernan como si fueran sus dueños y los poderosos las oprimen. Pero no debe ser así entre ustedes. Al contrario: el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor, y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos, así como el Hijo del hombre, que no ha venido a que lo sirvan, sino a servir y a dar su vida por la redención de todos»”. Es evidente que al interno del grupo de los Doce había tiranteces sobre primacías y precedencias (Cfr. 9,33-35), de manera que la reacción del resto del grupo (hoi déka) es de indignación, ya que los hijos del Zebedeo han querido “comerles el mandado”, adelantándose a solicitar los puestos más importantes, más cercanos al Maestro. Jesús tiene que dar una nueva enseñanza con autoridad sobre el servicio, aduciendo esta vez su propio ejemplo (Cfr. Jn 13,13-15). Hay un contraste absoluto entre la manera como se conducen “los jefes de las naciones” (hoi dokóuntes árjein tōn ethnōn) y “los grandes” (hoi megáloi autōn), quienes no buscan otra cosa que someterlas a su señorío (katakyriéuousin autōn) y ejercer su autoridad despótica sobre ellas (katexousiázousin autōn), y la conducta de los discípulos de Jesús, llamados a seguir su ejemplo de servicio. “Pero no debe ser así entre ustedes” (ouj hóutōs dé estin en hymín): al contrario, la única “grandeza” en el Reino es la del servicio – el título más grande que puede haber en el Reino es el de “servidor” (diákonos). La única ambición que cabe en el corazón de los discípulos de Jesús es la de imitar el modelo del Maestro y hacerse “esclavo” (dóulos, Cfr. Flp 2,7) de los demás por voluntad propia. La última frase de la enseñanza de Jesús resume todo el significado de su misión salvífica: “así como el Hijo del hombre, que no ha venido a que lo sirvan (ouk ēlthen diakonēthēnai), sino a servir (allá diakonēsai) y a dar su vida por la redención de todos”. La misión de Jesús es interpretada en clave de servicio – es el “Siervo” por antonomasia porque es el Hijo amado “en quien Dios se complace” (Cfr. 1,11; Is 42,1) porque obedece en todo la voluntad del Padre y realiza su designio salvífico haciendo ofrenda de su propia vida (dóunai tēn psyjēn autóu) como “rescate por muchos” (lýtron antí pollōn). “En el NT sólo encontramos el vocablo lýtron en la sentencia de Jesús de Mc 10,45 (= Mt 20,28), que ponen fin a la conversación sobre el servicio: Jesús, el hijo del hombre, no ha venido al mundo para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por «todos» (lit.: por «muchos»). […] Para la interpretación de Mc 10,45 se ha aludido también a Is 53, el capítulo del siervo de Dios sufriente, espec. a los vv. 10-12. No se puede negar un cierto parentesco entre ambos pasajes, pero, con todo, se trata de concepciones diferentes: Is 52,13 habla del siervo de Dios, no del hijo del hombre, Is 53,10, de «sacrificio por el pecado», no de rescate, etc. No obstante, debemos admitir que la palabra «rescate», conforme al significado del vocablo hebreo fundamental kopher, alude al sentido expiatorio de la pasión de Cristo. «Jesús murió por nuestros pecados, como lo anunciaban las Escrituras», dice la fórmula más antigua del mensaje apostólico, que era corriente también en la comunidad primitiva (1Cor 15,3). Por eso podemos muy bien seguir a autores como Schlatter y Schniewind (NTD), que ven en Mc 10,45 el testimonio del Jesús histórico sobre el sentido de su muerte” (Mundle, “Redención [lýtron]”, DTNT IV, 57). Jesús es el siervo inocente que sufre y entrega su vida como precio de redención, como rescate de los pecadores a todo lo largo de su misión, pero en particular en su pasión y su muerte (Cfr. Is 53,10-11: la primera lectura de este domingo) – por eso Jesús se refiere a sí mismo en esta frase conclusiva como “el Hijo del Hombre” (ho hyiós tóu anthrōpou): la misma expresión con la que se designa en los anuncios de la Pasión (Cfr. 8,31; 9,31; 10,33). “Con la propia misión de servicio Jesús da fundamento al deber de los discípulos de servir. No les impone ninguna ley extraña, sino que se hace ejemplo para ellos (cf. Jn 13,15). Ellos no pueden ser discípulos de quien ha venido para servir, si se niegan a servir. Seguir a Jesús quiere decir servir a todos. El servicio de los discípulos hunde sus raíces en la misión de Jesús, y con esto, en la voluntad de Dios; de tal manera los discípulos participan de la misión de Jesús y la continúan. Seguir a Jesús y servir junto a él no es sólo una tarea difícil, sino también una gran vocación. Tomando las actitudes de Jesús, también para los discípulos servir significa liberar de las necesidades espirituales y corporales, ofrecer ayuda, hacer progresar en la vida, reconciliar. Para esto deben empeñar todas sus fuerzas y su propia vida sirviendo, según el ejemplo y en la medida de Jesús, a todos los hombres” (Stock, Marco [2003] 213-214). En el corazón del hombre se encuentra enraizado un gran deseo de ser “grande”, incluso de “ser más grande” que los demás. Esta ansia es causa de graves conflictos y puede hacer al hombre esclavo de su propia ambición (Cfr. Sant 4,1-3), un apego que impide responder a la propia vocación (Cfr. 10,17-27). Jesús conoce la fragilidad de sus discípulos y la dificultad que experimentan para asimilar su enseñanza sobre el servicio: por eso no los reprende con dureza. Tampoco les dirige un profundo discurso teórico sobre el valor del servicio y el altruismo: les pone delante su propio ejemplo y les pide imitarlo para acreditar la autenticidad de su vocación. El discípulo verdadero debe arrancar de su corazón toda mezquindad y egoísmo para actuar como Jesús, en una entrega total de su vida unida a la entrega amorosa y confiada del Hijo en las manos del Padre – sólo así, despojado del peso de sus propios sueños de grandeza mundana, podrá seguir fielmente a Jesús en el camino de la pasión y de la cruz hacia la gloria y el Reino.