‘Verán venir al Hijo del Hombre en una nube con gran poder y majestad’

‘Verán venir al Hijo del Hombre en una nube con gran poder y majestad’

‘Estén alerta, para que los vicios, con el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan su mente’

En este Domingo I de Adviento del ciclo C leemos ya un primer texto del Evangelio de Lucas (21,25-28.34-36). Se trata de algunos versículos de la versión lucana del “Discurso Escatológico” de la Tradición Sinóptica (Cfr. Mt 24-25; Mc 13; Lc 21,5-36). Aquí también se pone en evidencia la importancia estructural y teológica del tema de la salvación en el Evangelio de Lucas: en la manera como aborda en este discurso el tema de la venida del Hijo del Hombre, que es un signo de salvación. La obra de Lucas – su Evangelio y el Libro de los Hechos de los Apóstoles – revela una comprensión teológica del tiempo y de la historia – estamos en el “hoy” de la salvación en Cristo, el Salvador que nos ha nacido “hoy” (Cfr. 2,11) y que “hoy” mismo ha comenzado a cumplir su misión evangelizadora (Cfr. 4,21). La salvación que viene de Dios en Cristo es permanentemente actual, y nosotros, como las multitudes del Evangelio, “hoy” hemos las maravillas que hace el Hijo del Hombre, de su autoridad y señorío, y podemos dar testimonio de ello (Cfr. 5,26; 13,32-33). Podemos acoger a Jesús, que “hoy” nos pide hospedaje en nuestra casa para traernos la salvación, si somos capaces, como Zaqueo, de abrirnos a la acción de su gracia y a la conversión que exige el Reino de Dios (Cfr. 19,5.9). “Hoy” tenemos la oportunidad de reconocer a Jesús – a diferencia de Pedro (Cfr. 22,34.61) – como nuestro Señor y Salvador, para conseguir estar con Él en el Paraíso (Cfr. 23,43). En Cristo, el Hijo de Dios, que se ha hecho por nosotros también el “Hijo del Hombre”, la salvación divina y eterna ha entrado definitivamente en nuestra historia (Cfr. 12,28) para darnos la oportunidad de entrar, “hoy”, en su descanso si, a diferencia del Israel rebelde del desierto, “escuchamos su voz” (Cfr. Sal 95,7-11).

FIN DE LOS TIEMPOS

Por eso, en principio es inútil distraerse mirando con curiosidad hacia el futuro tratando de encontrar “signos” del fin de los tiempos; esta distracción puede impedirnos estar atentos al verdadero “signo”, que no es sino Jesús, el “Hijo del Hombre”, que en su venida nos traerá la liberación. En su “Discurso Escatológico” Lucas nos presenta a Jesús más que como el juez universal de Mateo (Cfr. Mt 25,31-46), como el Salvador universal y cósmico. Sin embargo, Lucas ya ha señalado la función de Jesús, el “Hijo del Hombre”, como juez (Cfr. 17,22-37): el “Día del Señor” anunciado por los antiguos profetas (Cfr. Am 5,18-20; Jl 2,1-2; Sof 1,14-18), día de juicio – día de la ira, de tiniebla y oscuridad – se convierte en “el día del Hijo del Hombre” (hóutōs éstai ho hyiós tóu anthrōpou en tēi hēmérāi autóu, v. 24), día de juicio y de salvación por la justicia divina. El cap. 21 del Evangelio de Lucas, por su parte, comienza con la enseñanza de Jesús sobre la ofrenda de la viuda – esta escena nos da la ambientación del principio del “Discurso Escatológico”, que se desarrolla en el Templo: Jesús anuncia la destrucción del Templo y la ruina de Jerusalén, así como las persecuciones que han de sufrir sus discípulos (Cfr. 21,5-24). El resto del capítulo se dedica al tema de la venida del Hijo del Hombre y sus alcances cósmicos, texto del que hoy escuchamos una selección (21,25-28.34-36): “En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Habrá señales prodigiosas en el sol, en la luna y en las estrellas. En la tierra, las naciones se llenarán de angustia y de miedo por el estruendo de las olas del mar; la gente se morirá de terror y de angustiosa espera por las cosas que vendrán sobre el mundo, pues hasta las estrellas se bambolearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad»”. Jesús habla de los “signos” (sēméia) cósmicos de la venida del Hijo del Hombre haciendo uso del lenguaje apocalíptico tradicional – el alcance de la salvación que se realiza en Cristo se extiende al universo entero. Los discípulos habían preguntado a Jesús sobre los “signos” de la destrucción del Templo (Cfr. 21,7) y ahora Jesús amplia esta información. El sol, la luna y las estrellas representan el ámbito de la trascendencia divina – no son dioses, como lo afirmaban las antiguas mitologías, sino creaturas de Dios que reflejan su gloria (Cfr. Gn 1,14-19; Sir 43,1-10) y sirven a sus propósitos. La reacción de las naciones y los hombres, por su parte, es de “angustia y miedo” (synojē ethnōn en aporíāi, v. 25), de “angustia y temor” (apó phóbou kái prosdokías). Sin embargo, todo eso no será sino el preámbulo del “signo” verdadero y único, el signo de salvación que debemos esperar: “Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y majestad” (kái tóte ópsontai tón hyión tóu anthrōpou erjómenon en nephélēi metá dynámeōs kaí dóxēs pollēs). Éste será un signo bien visible, de manera que los discípulos podrán verlo efectivamente (Cfr. Mt 24,30; 25,31; Mc 13,26; 14,62). Se trata de la venida del Salvador glorificado, que había empeñado su palabra de “volver”. En el momento de la Ascensión (Cfr. Hch 1,9-11) una nube cubrió a Jesús de la vista de los discípulos, ansiosos de no perder de vista al Señor – en el día de su venida, el Hijo del Hombre vendrá “en una nube” (erjómenon en nephélēi, Cfr. Dn 7,13), investido ya del poder y la gloria, atributos divinos, para consumar su victoria definitiva y su Reino. “Desde las teofanías del Antiguo Testamento, la Nube, unas veces oscura, otras luminosa, revela al Dios vivo y salvador, tendiendo así un velo sobre la trascendencia de su Gloria: […] Es, finalmente, la misma nube la que «ocultó a Jesús a los ojos» de los discípulos el día de la Ascensión, y la que lo revelará como Hijo del hombre en su Gloria el Día de su Advenimiento” (Cfr. CatIgCat 697). “Cuando estas cosas comiencen a suceder, pongan atención y levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación.

LOS VICIOS

Estén alerta, para que los vicios, con el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan su mente y aquel día los sorprenda desprevenidos; porque caerá de repente como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra. Velen, pues, y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del hombre”. A pesar de lo intimidante de estas imágenes apocalípticas y la respuesta de estupor y temor que causan en el mundo de los hombres, los discípulos de Jesús deben reconocer la venida del Hijo del Hombre como un signo de salvación: sin distraerse de la atenta espera haciendo cábalas sobre el cómo y el cuándo de la parusía. “Estén atentos y levanten la cabeza” (anakýpsate kái epárate tás kephalás hymōn) – atención y disponibilidad: los que antes andaban agachados bajo el peso del pecado y del castigo, ahora podrán levantar la cabeza con dignidad, “porque se acerca la hora de su liberación” (dióti engízei hē apolýtrōsis hymōn). Este término manifiesta un claro influjo de la teología paulina: “Apolýtrōsis se encuentra 10 veces en el NT, y sólo en los escritos paulinos, en Heb (2 veces) y en Lc (1); aquí aparece la preferencia del griego helenístico por los compuestos. En Heb 11,35 la palabra tiene un sentido profano y significa la liberación, que los mártires no quieren comparar [Sic] renegando de su fe (cf. 2mac 7,24); Lc 21,28 trata de la liberación que servirá de consuelo a los discípulos de Jesús al fin de los tiempos por encima de todos sus temores: «Poneos derechos y alzad la cabeza, que se acerca vuestra liberación». A esa liberación se refiere también Ef 1,14; 4,30; según Rom 8,23, ella traerá también consigo la liberación del cuerpo (no en el sentido de quedar liberado del cuerpo, sino de transformar toda la existencia; cf. Flp 3,21: «él transformará la bajeza de nuestro ser reproduciendo en nosotros el esplendor del suyo»)” (Mundle, “Redención [lýtron]”, DTNT IV, 58). La cercanía de Dios y de su Reino, proclamado ya “cercano” en la predicación de los discípulos enviados por Jesús (Cfr. 10,9.11), será efectiva e irreversiblemente victoriosa en el día de su venida. “Estar atentos” significa, en primer lugar, no perder el tiempo absurdamente escudriñando el cielo para buscar los “signos” del fin del mundo (Cfr. 17,23-25) – hay una misión que cumplir mientras vuelve Jesús (Cfr. Hch 1,10-11). La venida del Hijo del Hombre significa la salvación plena y definitiva: la parábola de la higuera floreciente, insertada en este contexto (Cfr. Mt 24,32-35; Mc 13,28-31; Lc 21,25-28), alude a un signo profético de salvación (Cfr. Jl 2,22). “Jesús empleó la imagen no en vistas al terror de los últimos tiempos, sino a los signos del tiempo de salvación. La higuera, pues, se diferencia de otros árboles de Palestina, como el olivo, el roble, el algarrobo, en que pierde su follaje en invierno y parece como muerta por sus ramas desnudas de modo que se puede observar en ella claramente la ascensión de la savia nueva. Sus brotes, irrupción de la vida en la muerte, símbolo del gran misterio de la vida y de la muerte, son un signo precursor del verano.

MIRAD LOS SIGNOS

Igualmente, dice Jesús, el Mesías tiene también sus signos precursores. ¡Mirad los signos! La higuera muerta reverdece, surgen los brotes, el invierno ha pasado definitivamente, el verano está a las puertas, el pueblo de salvación se despierta a una nueva vida (Mt 11,5); ahí está; la plenitud final ha comenzado, el Mesías llama a la puerta (Ap 3,20)” (Jeremias, Interpretación de las Parábolas [Pamplona 20007] 89). “Estar atentos” implica también la mirada aguda del discernimiento cristiano – “Donde esté el cadáver, allí también se reunirán los buitres” (Cfr. 17,37) –, que puede distraerse a causa de “los vicios, el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida” (Cfr. 17,26-30). Tan inesperada como el diluvio y la destrucción de Sodoma, así será también la venida del Hijo del Hombre. Por último, “estar atentos” significa “velar y orar continuamente” (agrypnéite… deómenoi): en esto consiste la espera activa y comprometida del Reino de Dios. Entre los evangelistas ninguno insiste tanto como Lucas en la oración de Jesús y la oración como rasgo característico de sus discípulos. Esperar la venida del Hijo del Hombre, Cristo, el Salvador, no es una excusa para evitar el compromiso cristiano de cada día: al contrario, es el principal estímulo de nuestra vida cristiana porque sabemos que tendremos que comparecer en su presencia. El tiempo santo del Adviento que comenzamos hoy de la mano de Lucas nos señala así la primera actitud espiritual que debemos ejercitar en este tiempo santo, en este tiempo oportuno que se nos ofrece “hoy”: “vigilancia y oración” – lejos de la superficialidad mercantilista con la que muchos llenan su vacío espiritual en estas fiestas, un cristiano consciente tendrá que vivirlas con un renovado empeño de vida cristiana.

‘¡Soy Rey!’

‘¡Soy Rey!’

En la cruz de Cristo contemplamos el máximo testimonio de la Verdad, de la presencia y la obra del amor de Dios por los hombres.

En esta Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo, como conclusión del Año Litúrgico (ciclo B), es el Evangelio de Juan el que leemos (18,33-37) – el primer diálogo entre Jesús y Pilato en el proceso romano. En el tercer anuncio de la Pasión en el Evangelio de Marcos Jesús anuncia a sus discípulos el proceso judicial al que será sometido hasta llegar a su ejecución y resurrección: “Miren que subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte (paradothēsetai tóis arjieréusin kái tóis grammatéusin, kái katakrinóusin autón thanátōi) y le entregarán a los gentiles (kái paradōsousin autón tóis éthnesin), y se burlarán de él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará” (10,33-34). Los Evangelios Sinópticos y Juan coinciden en presentar este doble proceso al que Jesús es sometido en sus relatos de la Pasión: Jesús “es entregado” – un “pasivo teológico” que hace referencia al agente implícito de esta “entrega”: los eventos de la Pasión-Muerte-Resurrección de Jesús se realizan de acuerdo a la voluntad divina (Jn 3,16; Cfr. CatIgCat 599-601) – a sus enemigos, las autoridades del pueblo judío quienes, a su vez, “lo entregarán a los paganos” – las autoridades romanas, representadas por Poncio Pilato, Prefecto de Judea, cuya administración se extendió del 26 al 36 d.C. Este hecho es tan importante que ha quedado consignado en nuestra profesión de fe: “y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato” (Cfr. Hch 3,13; 4,27, 13,28). El motivo se explicita al principio del relato del proceso romano: “Pilato replicó: «Tómenlo ustedes y júzguenlo según su Ley». Los judíos replicaron: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie» (hēmín ouk éxestin apoktéinai oudéna).

CRUCIFICADO

Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir” (18,31-32) – crucificado, según la costumbre romana (Cfr. 3,14-; 12,32-33). Para las autoridades del pueblo – a quienes Juan se refiere como “los judíos” (hoi Ioudáioi) – Jesús es reo de muerte por su actividad proselitista y por su enseñanza y su interpretación heterodoxa de la Ley mosaica: Anás le ha interrogado “sobre sus discípulos y su doctrina” (perí tōn mathetōn autóu kái perí tēs didajēs autóu, Cfr. 18,19). De hecho, habían ya decidido su muerte a propósito de la resurrección de Lázaro (Cfr. 11,45-54). Por ese motivo la escena del proceso judío ante el Sumo Sacerdote es descrita de una manera tan sumaria, sin entrar en los detalles de las acusaciones, como lo hacen los Sinópticos (Cfr. Mt 26,57-67; Mc 14,53-65; Lc 22,66-71): las palabras de Jesús sobre la destrucción del Templo y su identificación como Mesías, a lo que se añade la blasfemia – la pretensión de ser “Hijo de Dios”. Sin embargo, es preciso decir que resulta absurdo buscar en estas expresiones del IV Evangelio una justificación del antisemitismo, acusando globalmente a “los judíos” de la condena a muerte de Jesús (Cfr. CatIgCat 595-598; Nostra Aetate 4). Después de ser enviado a Caifás (Cfr. 18,24) y la negación de Pedro (Cfr. 18,25-27), comienza el proceso romano contra Jesús: “De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio (eis tó praitōrion). Era de madrugada (ēn dé prōí). Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua (allá phágōsin tó pásja)” (18,28). Cambio de lugar, cambio temporal y explicitación del contexto teológico de la Pasión de Cristo – su muerte tendrá un sentido Pascual. El desarrollo del juicio ante Pilato está cuidadosamente estructurado y se desarrolla en diversas escenas en las que interactúan Jesús y Pilato – las autoridades judías desaparecen de la narración hasta el momento de “Ecce Homo”, la presentación de Jesús escarnecido que provoca la petición de su crucifixión (Cfr. 19,4-7), donde añadirán otro motivo para pedir su condena a muerte: “Los judíos le replicaron: Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios”. El interrogatorio se desarrolla como una mayéutica – una profundización a través de preguntas y respuestas – sobre la identidad de Jesús. El texto que hoy escuchamos corresponde al primer diálogo: “En aquel tiempo, preguntó Pilato a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Jesús le contestó: «¿Eso lo preguntas por tu cuenta o te lo han dicho otros?» Pilato le respondió: «¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho?» Jesús le contestó: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de aquí». Pilato le dijo: «¿Conque tú eres rey?» Jesús le contestó: «Tú lo has dicho. Soy rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz»”. La presencia en Jerusalén de Pilato, el Procurador romano de Judea que habitualmente residía en Cesarea Marítima (Cfr. Hch 23,33-35), se justifica por la proximidad de la Pascua, con una afluencia enorme de peregrinos llegados de todo el mundo para la festividad y el peligro de presentarse motines. Actualmente se discute la ubicación del Pretorio, dividiéndose las opiniones entre la Fortaleza Antonia, al Norte del Templo, o el Palacio de Herodes, en la colina occidental de la ciudad. La pregunta de Pilato a Jesús se refiere a su identidad, como “Rey de los Judíos” (sý éi ho basiléus tōn ioudáiōn?). La formulación de las palabras de Pilato como pregunta revelan un cierto escepticismo: en un ambiente religioso agitado por la expectación mesiánica (Cfr. Hch 5,34-39), como era el de Palestina en el tiempo de la ocupación, un agitador más reclamando para sí este papel sería un asunto de poca importancia para la atención del Prefecto romano.

CONDENA A MUERTE

No hay pruebas que demuestren un complot o la inminencia de un levantamiento – en principio no hay motivos para una condena a muerte, dado que Jesús no es un oponente político serio al poder de Roma, cuyas autoridades eran proclives a abstenerse de intervenir en las disputas religiosas de las facciones judías (Cfr. Hch 18,12-17; 23,29; 25,18-19). Como juez, Pilato pretende mantenerse a la mayor distancia posible respecto al acusado y a las acusaciones. Así, se comprende que cuando Jesús replica cuestionándole sobre el origen de la afirmación, Pilato se desmarque: “¿Acaso soy yo judío? (mēti egō ioudáiós eimi?) Tu Pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho? (tí epóiēsas?)”. A Pilato no le importan las discusiones religiosas de los judíos, sino sus implicaciones políticas y los hechos. Jesús regresa al tema del reino: “Mi reino no es de este mundo” (hē basiléia hē emē ouk éstin ek tóu kósmou tóutou) – no es un reino basado en el poder, en la fuerza y la violencia; su origen es diferente (Cfr. 3,5). Jesús había huido “al monte” – hacia Dios – de la multitud que, malinterpretando el signo de la multiplicación de los panes, había querido “arrebatarlo con violencia para hacerlo rey” (hína poiēsōsin basiléa, Cfr. 6,15). Ahora, por el contrario, reivindica claramente para sí el título de “Rey” (basiléus eimi). El carácter real de Jesús no le viene del capricho de las multitudes ni de la fuerza de las armas o las conjuras políticas; para Él es una misión particular que le ha sido confiada desde el nacimiento – desde la eternidad: “Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad” (eis tóuto gegénnēmai kái eis tóuto elēlytha eis tón kósmon, hína martyrēsō tēi althéiāi). El testimonio es una categoría muy importante en el Evangelio de Juan y ahora sirve para sintetizar la actividad de Jesús como Mesías: “dar testimonio de la verdad”. El Reino de Jesús no es una fuerza política antagónica a Roma o a cualquier otro imperio mundano, aunque su predicación viene a revolucionar la vida de los hombres desde sus raíces más profundas, porque se trata de poner al hombre nuevamente en relación con Dios, la única Verdad que da sentido y vida al mundo, al hombre y a las estructuras de la vida social y política con las que el ser humano debe expresar su dignidad y su finalidad trascendente. Por eso, en la continuación del interrogatorio, Jesús y Pilato hablarán de la “autoridad” (exousía), que “es dada de lo alto” (dedoménon ánōthen) no como un privilegio para ejercer a capricho, para imponerse sobre los demás, sino como una responsabilidad ante Dios para el servicio integral del hombre (Cfr. 19,8-11). El Reino de Jesús es testimonio de la “verdad” porque es el anuncio del amor de Dios que libera al hombre de la esclavitud del pecado (Cfr. 8,32) a través de la entrega de su Hijo, quien personalmente es “camino, verdad y vida” (Cfr. 14,6). A pesar de estar convencido de la inocencia de Jesús, Pilato tiene que actuar como representante de un poder que no está basado en la verdad, sino en la fuerza de las armas.

LIBERTAD DE JESÚS

Por eso, aunque intenta hacer lo posible por liberar a Jesús, termina accediendo a la exigencia de las autoridades judías cuando le recuerdan las implicaciones políticas del caso y las consecuencias que puede tener para él: “Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César»” (19,12). Pilato reconoce que Jesús es Rey: así lo presenta ante la multitud (19,14-15) y así lo mandará consignar en la inscripción que coloca sobre la cruz: “Jesús el Nazareno, el rey de los Judíos” (ho basiléus tōn ioudáiōn, Cfr. 19,19-22). Por razones políticas Pilato actúa contra su consciencia, contra la justicia y contra la verdad: “entonces lo entregó para que lo crucificaran” (tóte óun parédōken autón autóis hína staurōthēi). En la cruz de Cristo contemplamos el máximo testimonio de la Verdad con mayúsculas, de la presencia y la obra del amor de Dios por los hombres: en la entrega del Hijo amado por nosotros, los pecadores. El Reino de Cristo manifiesta así su carácter absolutamente diferente a los reinos del mundo: la corona de Jesús es de espinas, su trono es la cruz y su manto real es la desnudez del Hijo del Hombre que cumple la voluntad del Padre y manifiesta su amor por los suyos “hasta el extremo” (Cfr. Jn 13,1). En el Prefacio de esta solemnidad se enumeran las características de este Reino de Cristo, “Sacerdote eterno y Rey del Universo”, sacrificado en el altar de la cruz: “Reino de la verdad y de la vida, Reino de la santidad y de la gracia, Reino de la justicia, del amor y de la paz”. Hoy contemplamos el Reino y la Verdad del amor manifestado en Cristo crucificado y proyectamos nuestra esperanza cristiana en la plenitud de este Reino, cuyo advenimiento pedimos todos los días en el rezo del Padrenuestro – una esperanza que anima nuestro empeño en su construcción y nos llama a ser “testigos de la Verdad”.

Verán venir al Hijo del Hombre

Verán venir al Hijo del Hombre

Este Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario (ciclo B) escuchamos un último texto del Evangelio de Marcos, tomado de su capítulo 13, conocido como el “Discurso Escatológico” o el “Apocalipsis Sinóptico” – es el final de la actividad de Jesús en Jerusalén antes de la Pasión. El capítulo comienza con un diálogo entre Jesús y sus discípulos: “Al salir del Templo, le dice uno de sus discípulos: «Maestro, mira qué piedras y qué construcciones». Jesús le dijo: «¿Ves estas grandiosas construcciones? No quedará piedra sobre piedra que no sea derruida». Estando luego sentado en el monte de los Olivos, frente al Templo, le preguntaron en privado Pedro, Santiago, Juan y Andrés: «Dinos cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de que todas estas cosas están para cumplirse»” (v. 1-4). Es importante señalar, en primer lugar, los participantes: se trata de los primeros discípulos llamados por Jesús (Cfr. 1,16-20); no solamente Pedro, Santiago y Juan, frecuentemente mencionados en conjunto (Cfr. 5,37; 9,2; 14,33), sino también de Andrés. Enseguida, también los lugares son importantes: Jesús “sale del Templo” (kái ekporeuoménou autóu ek tóu hieróu) cuando “uno” entre los discípulos le hace una alabanza de la arquitectura maravillosa del edificio.

 

MONTE DE LOS OLIVOS

 

Enseguida, el diálogo en privado con los discípulos sucede “estando sentado en el monte de los Olivos, frente al Templo” (kái kathēménou autóu eis tó Óros tōn Elaiōn katénanti tóu hieróu) – “sentado”: esta postura indica la autoridad del maestro. En el Libro de Ezequiel el profeta describe la visión previa a la destrucción del Templo (Cfr. 11,22-23) – la “gloria del Señor” abandona el edificio y se posa “sobre el monte que se encuentra al oriente de la ciudad”, que no es otro sino el Monte de los Olivos, para no regresar sino al Templo nuevo descrito en la “Tôrāh de Ezequiel” (Cfr. 43,1-9). Desde ahí Jesús pronuncia también una lamentación sobre la Ciudad insensible a la predicación evangélica y a la presencia del Salvador (Cfr. Lc 19,41-44; Mt 23,37-39), desde un sitio identificado por la tradición hasta el día de hoy como el “Dominus Flevit” (“El Señor lloró”, Cfr. https://www.custodia.org/es/sanctuaries/dominus-flevit). La tradición sinóptica (Cfr. Mt 24,1-3; Lc 21,5-7) y joánica (Cfr. 2,18-22) coincide poniendo en labios de Jesús estos dichos acerca de la destrucción del Templo que luego serán recordados entre las acusaciones contra Jesús en el curso del proceso ante el Sanedrín (Cfr. Mt 26,61; 27,40; Mc 14,58; 15,29). Este anuncio ha de cumplirse en el año 70 cuando, a consecuencia de la Primera Revuelta Judía (66-73 d.C.), la ciudad de Jerusalén sea asediada y el Templo destruido. “La abominación de la desolación” (tó bdélygma tēs erēmōseōs, Cfr. Dn 9,27;11,31; 12,11 LXX), alude al altar pagano erigido por Antíoco IV Epífanes sobre el altar de los Holocaustos en el año 168 a.C. (Cfr. 1Mac 1,54.59; 6,7): la profanación del Templo se convierte ahora en un anuncio de su destrucción. La pregunta de los discípulos da pie al discurso de Jesús: “¿Cuándo sucederá eso y cuál será la señal…?” (póte táuta éstai kái tí tó sēméion…?). Jesús no contesta con términos claros a estas preguntas, sino con una advertencia: “Miren que no los engañe nadie…” (blépete mē tis hymás planēsēi, Cfr. v. 5). El error comienza ya desde el planteamiento de la pregunta: no se trata de satisfacer una curiosidad morbosa, como cuando hoy en día el tema del “fin del mundo” aflora de tanto en tanto en los medios de comunicación y en el interés de la gente por el surgimiento de pseudoprofecías y agoreros que lo anuncian para tal o cual fecha. “Cuando oigan hablar de guerras y de rumores de guerras no se alarmen; porque eso es necesario que suceda, pero no es todavía el fin” – ni los conflictos bélicos ni las persecuciones son signos inequívocos del final de los tiempos. De hecho, Jesús no anuncia el fin del mundo, sino la destrucción del Templo y la venida del Mesías, “el Hijo del Hombre”, en gloria para manifestar en plenitud el juicio divino, que será un juicio de salvación para quienes esperen atentos su venida – “sus elegidos” (tóus eklektóus autóu, v. 22.27).

 

LA GRAN TRIBULACIÓN

 

El texto litúrgico de este domingo (13,24-32) pertenece a la continuación de la respuesta de Jesús: “En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando lleguen aquellos días, después de la gran tribulación, la luz del sol se apagará, no brillará la luna, caerán del cielo las estrellas y el universo entero se conmoverá. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad. Y él enviará a sus ángeles a congregar a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales y desde lo más profundo de la tierra a lo más alto del cielo»”. “En aquellos días” (en ekéinais táis ēmérais) – una vaga fórmula temporal que sirve para conectar los acontecimientos descritos en este capítulo, a la vez que introduce una distancia temporal entre ellos (Cfr. 13,17.19.20.32). “Después de la gran tribulación” (metá tēn thlípsin ekéinēn, Cfr. 4,17; 13,19), es decir, después de las guerras, las persecuciones y la aparición de los “falsos cristos y falsos profetas” (pseudójristoi kái pseudoprophētai) descritas anteriormente, junto con el testimonio cristiano y la misión (v. 5-23). El objetivo de estos “falsos cristos y falsos profetas” es distraer a los elegidos del cumplimiento de su misión y de la atenta espera de la plenitud: la manifestación en gloria del “Hijo del Hombre”. Ahora Jesús propone su respuesta la pregunta sobre los “signos” – no son los signos del fin del mundo, sino de la venida del Hijo del Hombre. Jesús ha advertido anteriormente en el Evangelio de Marcos que habrá un juicio para los pecadores, hablando de la codicia de los escribas (kríma, Cfr. 12,40). Este escenario apocalíptico descrito en el v. 25 es el marco para introducir la cima del “drama apocalíptico” – la manifestación del Hijo del Hombre que viene para juzgar: aunque no se mencione explícitamente el término “juicio”, se entiende por la atmósfera creada. Los discípulos serán testigos (“entonces verán”: tóte ópsontai) de esta venida (tón hyión tóu anthrōpou erjómenon), cuya descripción remite al texto de Dn 7,13 (Cfr. Mt 25,31). El “Hijo del Hombre”, señalado en los anuncios de la Pasión del Evangelio de Marcos, ha sido exaltado a la derecha del Padre como término de su itinerario pascual – de ahí vendrá nuevamente “sobre nubes” (en nephélais), del cielo, no para sufrir nuevamente, sino “con gloria y majestad” (metá dynámeōs pollēs kái dóxēs). Participando de la autoridad divina, el “Hijo del Hombre” envía a los ángeles a reunir a los “elegidos” de todo el mundo, “desde los cuatro puntos cardinales y desde lo más profundo de la tierra a lo más alto del cielo”. Comprender los eventos de la historia humana y reconocer las señales de la venida del Hijo del Hombre implica un empeño cristiano en el discernimiento: “el que lea, que entienda” (ho anginōskōn noéitō, v. 14). “Leer los signos de los tiempos” no significa escrutar el cielo o la historia buscando el cumplimiento literal de las palabras de los profetas que anuncian desastres cósmicos o eventos históricos en particular como preámbulos de la catástrofe definitiva, sino la capacidad de interpretar en clave profética y sapiencial – “escucha y discernimiento” – lo que Dios nos dice a través de los acontecimientos y la respuesta cristiana que nos está pidiendo en el momento actual (GS 4; Cfr. San Juan Pablo II, Audiencia General [23 septiembre 1998]  https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/audiences/1998/documents/hf_jp-ii_aud_23091998.html). Jesús propone enseguida a sus discípulos un complemento a su respuesta sobre los “signos” – el “signo” de la higuera que reverdece: “Entiendan esto con el ejemplo de la higuera. Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, ustedes saben que el verano está cerca. Así también, cuando vean ustedes que suceden estas cosas, sepan que el fin ya está cerca, ya está a la puerta.

 

EL CIELO Y LA TIERRA

 

En verdad que no pasará esta generación sin que todo esto se cumpla. Podrán dejar de existir el cielo y la tierra, pero mis palabras no dejarán de cumplirse. Nadie conoce el día ni la hora. Ni los ángeles del cielo ni el Hijo; solamente el Padre”. “Entiendan el ejemplo” (máthete tēn parabolēn) – es la primera exhortación de Jesús a sus discípulos respecto al signo de la higuera. Una higuera seca había significado la esterilidad espiritual de quienes no están dispuestos a aceptar con fe la persona y la predicación de Jesús, el Mesías de Dios (Cfr. 11,12-14.20-26). Por el contrario, la higuera que reverdece anuncia la llegada del verano, pero también anuncia la llegada de los tiempos de la salvación (Cfr. Jl 2,22): se trata, pues, de un signo positivo, un signo de esperanza cuya contemplación animará a los discípulos, “los elegidos” – quizá sea ésta la razón por la que en Marcos sólo se hable de la suerte de los elegidos y no de la condenación de los réprobos, como en Mateo –, que deberán pasar por la tribulación y la persecución (Cfr. 13,9-13) antes de la manifestación del Hijo del Hombre, que enviará por ellos a sus ángeles. “Jesús empleó la imagen no en vistas al terror de los últimos tiempos, sino a los signos del tiempo de salvación… Igualmente, dice Jesús, el Mesías tiene también sus signos precursores. ¡Mirad los signos! La higuera muerta reverdece, surgen los brotes, el invierno ha pasado definitivamente, el verano está a las puertas, el pueblo de salvación se despierta a una nueva vida (Mt 11,5); ahí está; la plenitud final ha comenzado, el Mesías llama a la puerta (Ap 3,20)” (Jeremias, Interpretación de las Parábolas [Pamplona 20007] 89). “Sepan que está cerca, a las puertas” (ginōskete hóti engýs estin epí thýrais, v. 29) – se trata de una bella y expresiva imagen que implica vigilancia y espera, disponibilidad y comunión (Cfr. Lc 12,36; Sant 5,9; Ap 3,20): quien está a las puertas no es la hecatombe cósmica, sino la presencia salvífica y consoladora del Señor, “el que viene” (Cfr. Hb 10,37; Ap 1,4.8; 4,8; 22,20) de manera permanente, presente y esperado, invocado por la novia-Iglesia animada por el Espíritu (Cfr. Ap 22,17). Aunque parece que la venida de Jesús se retrasa, sus discípulos deben mantener firme su fe en el cumplimiento de sus palabras: “Podrán dejar de existir el cielo y la tierra, pero mis palabras no dejarán de cumplirse”.

 

LA VIGILANCIA

 

Jesús no ha querido revelar a sus discípulos el tiempo exacto de su venida en gloria para exhortarles a la vigilancia: “Desde la Ascensión, el advenimiento de Cristo en gloria es inminente, aun cuando a nosotros no nos «toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el padre con su autoridad» (Hch 1,7). Este advenimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento, aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén «retenidos» en las manos de Dios” (CatIgCat 673; Cfr. 474). Mientras Jesús viene, la Iglesia vive de esta esperanza, perseverando en la acción de gracias, la plegaria, la misión evangelizadora y el testimonio de fe, particularmente en la celebración eucarística: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”

 

…ha echado todo lo que tenía para vivir

…ha echado todo lo que tenía para vivir

La sección formada por los capítulos 11-12 del Evangelio de Marcos termina con un fuerte contraste entre las duras palabras con las que Jesús advierte a la multitud sobre la conducta de los escribas y el elogio de la generosidad de una viuda pobre (12,38-44). Es cierto que poco antes “uno entre los escribas” se ha acercado a Jesús con una intención leal de aprender del Maestro – “No estás lejos del Reino de Dios” (Cfr. 12,28-34) – pero en general los adversarios de Jesús forman un grupo compacto: “sumos sacerdotes, escribas y ancianos” (Cfr. 11,8.27), a los que se añaden “fariseos y herodianos” (Cfr. 12,13) y “saduceos” (Cfr. 12,18). El “escriba, experto en la Ley de Moisés” (sōphēr māhîr bǝtôrat Mōšeh, Cfr. Esd 7,6) se convierte en una institución en el Israel post-exílico ya en la época de Esdras; posteriormente, Ben Sirá le dedica un elogio al escriba al terminar su “sátira de los oficios” (Cfr. 38,24-34), considerándolo superior a quienes se dedican a las tareas manuales: “No así el que aplica su alma a meditar la ley del Altísimo (en nómōi Hypsístou). La sabiduría de todos los antiguos (sophían pántōn arjáiōn) rebusca, a las profecías (en prophētéiais) consagra sus ocios… Muchos elogiarán su inteligencia, jamás será olvidada.

 

LEY, SABIDURÍA Y PROFECÍA

No desaparecerá su recuerdo, su nombre vivirá de generación en generación. Su sabiduría comentarán las naciones, su elogio, lo publicará la asamblea. Mientras viva, su nombre dejará atrás a mil, y cuando descanse, él le bastará” (Cfr. 39,1-11). Ley, Sabiduría y Profecía: el canon tripartito del Antiguo Testamento reconocido también en el Prólogo del traductor griego – el escriba consagra su vida a la meditación, estudio y enseñanza de la Tôrāh. De hecho, escribas y fariseos están profundamente relacionados histórica e ideológicamente: “Los Fariseos (Gr Pharisaioi; Aram Perîšāyê) eran los «Separados», así llamados probablemente por sus oponentes, a causa de su declarado alejamiento de los gentiles, los pecadores y los judíos menos observantes de la Ley. Aunque el origen de este grupo tuvo sus raíces en los «escribas» laicos (juristas) que surgieron en el período helenístico post-exílico, apareció por primera vez como un movimiento organizado ca. 140 a.C., poco antes del tiempo de Juan Hircano (Ant. 13.5,9 §171). Estaban más estrechamente ligados a los Hasideos (Gr Asidaioi; Hebr Ḥasîdîm, «los Piadosos», 1Mc 2,42), que apoyaban la rebelión macabea hasta que se volvió demasiado política y secular (1Mc 7,12-25)” (Wright-Murphy-Fitzmyer, “A History of Israel” – “From Pompey to Bar Cochba”, JBC, 692). Así, para la época de Jesús, “escribas y fariseos” forman un grupo compacto, que sobrevivirá a la caída de Jerusalén y la destrucción del Templo, modelando la vida y la consciencia del judaísmo posterior en la estricta observancia de los preceptos de la Ley. Con este grupo Jesús mantiene una fuerte polémica y les dedica las palabras más duras que encontramos en sus labios, llamándolos “hipócritas” y haciendo una denuncia profética de su incoherencia y su olvido de la justicia, la misericordia y la fe: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas!” (ouái hymín, grammatéis kái pharisáioi hypokritái, Cfr. Mt 23,23-33) – viven de apariencias, sin preocuparse por la realidad profunda de la relación con Dios, el sentido auténtico de la Ley. “En aquel tiempo, enseñaba Jesús a la multitud y le decía: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplios ropajes y recibir reverencias en las calles; buscan asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; se echan sobre los bienes de las viudas haciendo ostentación de largos rezos. Estos recibirán un castigo muy riguroso»”. Las palabras de Jesús son “enseñanza” (en tēi didajēi autóu élegen) dirigida a “la multitud” (Cfr. 11,18.32; 12,12.37) que está admirada de su enseñanza y le escuchaba con gusto – a esta multitud le temen los adversarios de Jesús. Les previene contra la ostentación de los escribas que gustan de los ropajes y el reconocimiento público, de los “primeros lugares en las sinagogas” (kái prōtokathedrías en táis synagōgáis): estas palabras no sólo se refieren a la pretensión de ocupar los primeros lugares, sino a que ellos se erigen como los intérpretes auténticos de la Tôrāh (Cfr. Mt 23,2-4). “Los primeros puestos en los banquetes” (kái prōtoklisías en tóis déipnois): en la rigurosa etiqueta de precedencias ellos pretenden ser dignos de los primeros lugares, en contra de la enseñanza evangélica. Nuevamente, no se trata sólo de orgullo: los escribas creen ser merecedores de los primeros lugares en el banquete del Reino (Cfr. Lc 14,7-14) por sus conocimientos sobre las Escrituras pero, habiendo olvidado la esencia de la Ley – la justicia, la misericordia y la fe –, corren el peligro de quedarse fuera. Jesús denuncia la máxima incoherencia y el máximo delito: ocultar su avidez y el despojo de las viudas (hoi katesthíontes tás oikías tōn jērōn) bajo un velo de piedad (prophásei makrá proseujómenoi, Cfr. Mt 6,5-8; Lc 18,9-14), como ya lo habían hecho los antiguos profetas – el juicio de Dios (perissóteron kríma) será implacable (Cfr. Am 8,4-8). “Lo que ellos mismo hacen, Jesús lo describe con dos ejemplos, que muestran su comportamiento para con el prójimo y para con Dios (cf. 12,28-34): saquean las casas de las viudas y oran prolongadamente, por ostentación. Las viudas (y los huérfanos) representan proverbialmente a los socialmente débiles, que tienen necesidad de defensa en modo particular.

 

FALTA GRAVE

Quien los explota, falta gravemente contra el mandamiento expreso de Dios (Ex 22,21-23; Is 1,17; 10,1-2). A los escribas Jesús reprocha que priven a las viudas de su patrimonio. Esto puede suceder en cuanto ellos, conocedores de la Ley, se hacen pagar mucho por sus obras y consejo (cf., en otro ámbito, la hemorroísa y los médicos: 5,26), o bien en cuanto se hacen sustentar por las viudas. Sus prolongadas plegarias son hechas por ostentación. A los escribas no les importa Dios, ni dirigirse a él con todo el corazón y con todas las fuerzas, sino la impresión que buscan producir en los hombres (cf. Mt 6,5; también Mc 7,6 = Is 29,13: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejano de mí»)” (Stock, Marco [2003] 259-260). Y hablando de las viudas, el contraste se establece ahora con la generosidad absoluta demostrada por una de ellas: “En una ocasión Jesús estaba sentado frente a las alcancías del templo, mirando cómo la gente echaba allí sus monedas. Muchos ricos daban en abundancia. En esto, se acercó una viuda pobre y echó dos moneditas de muy poco valor. Llamando entonces a sus discípulos, Jesús les dijo: «Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobraba; pero ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir»”. La escena cambia ahora completamente: “la multitud” (ho ójlos) ya no es la que escucha con gusto a Jesús, sino la que entra al Templo y deposita abundantes limosnas en sus alcancías (eis tó gazophylákion), particularmente “muchos ricos” (kái pollói plóusioi éballon pollá). Ahora se trata de “una viuda pobre que arrojó dos moneditas de poco valor” (mía jēra ptōjē ébalen leptá dúo, hó estin kodrántēs): Marcos nos da la equivalencia, ya que nos informa que se trata de dos “leptones” áticos de bronce, la moneda más pequeña en circulación, equivalente a un “cuadrante” romano del tiempo de Augusto. Ahora Jesús “convoca a sus discípulos” (proskalesámenos tóus mathētás autóu, Cfr. 3,13.23) y pronuncia solemnemente una enseñanza, un principio de juicio y discernimiento sobre la limosna – una de las prácticas religiosas más antiguas y arraigadas, sobre la que Jesús ya había dado enseñanzas: el valor de la ofrenda no depende de las cantidades, y la recompensa no depende del reconocimiento público, sino que viene del Padre celestial (Cfr. 9,41; Mt 6,2-4).

 

VIUDA POBRE

Jesús retoma la descripción de la “viuda pobre” – que casi es un pleonasmo, dada la condición de desvalimiento propia de la mujer viuda en el contexto cultural de la época – y afirma el valor superior de su ofrenda: “Porque los demás han echado de lo que les sobraba (pántes gár ek tóu perisséuontos autóis ébalon); pero ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir (pánta hósa éijen ébalen hólon tón bíon autēs)”. La viuda pobre no es solamente una mujer generosa: es una mujer de fe, libre de las preocupaciones del dinero no porque le sobre, sino porque confía en la providencia amorosa divina, que no ha de desampararla. “Es a sus discípulos, a quienes ha llamado, a quienes Jesús revela (12,43) cuánto aprecia el comportamiento de esta viuda. En el camino a Jerusalén (8,27-10,52), Jesús se ha ocupado casi exclusivamente de ellos. En Jerusalén obra casi exclusivamente en el templo y se dirige a todo el pueblo de Israel. A éste pertenecen naturalmente también sus discípulos, que lo acompañan a todas partes (cf. 11,11.12.15.19.20.27). […] En el camino hacia la ciudad, delante de la higuera seca, Jesús llama a sus discípulos a la fe incondicional en Dios y al perdón en relación con el prójimo (11,20-25). En la figura de la viuda pobre indica a sus discípulos, que han dejado todo (10,28-31), cuál es la dignidad del pobre, la libertad en relación consigo mismo y la total confianza en Dios. Ellos deben orientarse no hacia su propia ambición (9,33-34; 10,35-41) y hacia el comportamiento de los escribas (12,38-40), sino hacia el de esta mujer pobre. Deben confiar en Dios y orientarse sólo hacia él. Como en otros lados en la obra de Jesús en Jerusalén, también en estas dos enseñanzas al centro se encuentra Dios” (Stock, Marco [2003] 263-264). Todos estamos expuestos a la tentación de vivir de apariencias ante Dios, pero es inútil: su mirada penetra hasta el corazón del hombre, de manera que sólo Él puede juzgar correctamente nuestras acciones (Cfr. 1Sam 16,7). Dios no se deja engañar por los falsos alardes de piedad o por cuantiosas donaciones – la ofrenda que espera de nosotros es la fe incondicional puesta en Él cuando humildemente nos atrevemos a orar con las palabras y el Espíritu de Jesús: “hágase tu voluntad… danos hoy nuestro pan de cada día”.

 

HOMBRE RICO

El apego a sus bienes impidió al hombre rico seguir a Jesús (Cfr. 10,17-22) y Jesús advirtió a sus discípulos sobre el peligro de las riquezas (Cfr. 10,23-27). Pedro equivocadamente ha pensado que seguir a Jesús es un negocio, como una inversión que debe producir ganancias: “Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido” (Cfr. 10,28-31). El discipulado tiene que hacerse en pobreza, porque el Reino de Dios pertenece a los “pobres de espíritu” (Cfr. Mt 5,3), que no es una categoría meramente sociológica ni económica, sino la condición de posibilidad para el discipulado porque significa libertad y disponibilidad al servicio. En el camino con Jesús hacia el Reino lo único que necesita el discípulo es la fe que lo hará libre y ligero para seguirle con autenticidad.

Maestro, que pueda ver

Maestro, que pueda ver

La lectura continua del Evangelio de Marcos nos ofrece hoy el episodio de la curación del ciego Bartimeo (10,46-52): la última curación que Jesús realiza en este Evangelio y la conclusión del “camino” que lo ha llevado, junto con sus discípulos, desde Galilea hasta Jerusalén, donde le espera la pasión y la cruz. Se forma una inclusión entre la curación del ciego de Betsaida (Cfr. 8,22-26) y la curación del ciego Bartimeo, al salir de Jericó – localidad que marca el final del camino por la fosa del Jordán y el inicio de la subida efectiva hacia Jerusalén. Jericó en este sentido es la última etapa antes de la llegada a Jerusalén, meta final del “camino”. El relato, extremadamente detallado en la descripción del personaje y las circunstancias de su encuentro con Jesús, asemeja mucho más un relato de vocación que un relato de un milagro de curación. “En la segunda parte del Evangelio de Marcos (de 8,22 al final), los milagros se hacen más raros hasta desaparecer durante la pasión, como si Jesús, que había salvado a otros, fuera incapaz de salvarse a sí mismo (15,31). […] Inmediatamente antes del relato de la entrada triunfal en Jerusalén, Jesús cura al ciego Bartimeo. Quizá debamos ver una oposición entre la actitud de Bartimeo (que con una fe disponible y eficaz reconoce en Jesús al Hijo de David) y la actitud de la muchedumbre de Jerusalén (que aclama la venida del reino de David, pero con unos sentimientos tan estériles como la higuera y tan ambiguos como el templo). Bartimeo, por el contrario, se reconoce ciego. Sabe que necesita la ayuda de Jesús para ver, creer y caminar. Pide y clama a Jesús. Por eso Jesús manda que se le acerque.

 

HIJO DE DAVID

El ciego, al arrojar su manto, que simboliza las trabas más legítimas, salta para recibir del Hijo de David la visión de la fe. Se trata, al parecer, directa y explícitamente de la fe y de una existencia cristiana siguiendo a Jesús. En oposición a este milagro de la fe, el relato de la higuera estéril (11,12-14.20-25) describe las consecuencias de la falta de fe” (Léon-Dufour [ed.], Los Milagros de Jesús [Madrid 19862] 217-218). El tema principal de este relato es, pues, el seguimiento de Jesús, la llamada al discipulado a la que Bartimeo, una vez recuperada la vista y adquirida la visión de la fe, responde positivamente, dejándose guiar por Jesús por el “camino” hacia la pasión y la cruz, hacia la gloria y el Reino. “En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó en compañía de sus discípulos y de mucha gente, un ciego, llamado Bartimeo, se hallaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que el que pasaba era Jesús Nazareno, comenzó a gritar: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!» Muchos lo reprendían para que se callara, pero él seguía gritando todavía más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!»”. El lugar preciso del encuentro es la salida de Jericó (ekporeuoménou autóu apó Ierijō). Marcos describe detalladamente a los acompañantes de Jesús: “sus discípulos y una gran multitud” (kái tōn mathētōn autóu kái ójlou hikanóu) – sus discípulos son su compañía constante a lo largo de este camino hacia Jerusalén. Jesús les ha enseñado “en privado” (Cfr. 9,2.28.30) durante el viaje. La multitud sólo se menciona con ocasión de otro milagro: la curación del endemoniado epiléptico (Cfr. 9,14), reapareciendo al principio del capítulo 10, donde se nos dice que, como de costumbre, Jesús “les enseñaba”. Después de Jesús, el protagonismo en esta escena corresponde al ciego Bartimeo: la detallada descripción del personaje nos ubica en un concepto vocacional, ya que se nos ofrecen sus datos generales (Cfr. 1,16-20; 2,14) – su filiación (ho hyiós tóu Timáiou), su nombre (Bartimáios), su condición y su oficio. Se trata de un “ciego mendigo” (typhlós prosáitēs). Por su condición, “se sentaba al lado del camino” (ekáthēto pará tēn hodón): no se trata sólo de una referencia anecdótica – es muy común encontrar mendigos aquejados de diferentes enfermedades y discapacidades al margen de los caminos que recorren los peregrinos que se dirigen a grandes santuarios. Es preciso recordar que Jesús, acompañado de sus discípulos, está recorriendo el “camino” que lo lleva a Jerusalén, a la pasión y a la cruz, al cumplimiento de la voluntad del Padre. La indicación del lugar en el que se encontraba Bartimeo se refiere a que su ceguera le impedía recorrer el “camino” de Jesús, hacerse su discípulo. “Escuchar” (akóusas) el alboroto de la gente le debe haber advertido de un suceso importante. Cuando se da cuenta de la identidad del personaje que causa este alboroto – “Jesús Nazareno” (Iēsóus ho Nazarēnós) – no deja de llamarlo insistentemente a gritos (ērxato krázein/ho dé pollōi mállon ékrazen) a pesar de los regaños de la gente que quiere hacerlo callar. Bartimeo invoca a Jesús con estas palabras: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!” (hyié Dauíd Iēsóu, eléēsón me) – se trata de una incipiente profesión de fe, comparable con la de Pedro, que ha reconocido a Jesús, en principio, como “el Cristo” (ho Xristós, Cfr. 8,29).

 

EL MESÍAS

En su venida, el “hijo de David”, como figura mesiánica, traería la vista a los ciegos (Cfr. Is 35,5; Mt 11,5). La iluminación del texto de Isaías nos remite al significado de la curación que Jesús se dispone a realizar: “Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán. Entonces saltará el cojo como ciervo, y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo… Habrá allí una senda y un camino (maslûl wādérek), vía sacra se le llamará (wǝdérek haqqōdeš yiqqārē’); no pasará el impuro por ella”. En efecto, Bartimeo será curado de su ceguera para poder recorrer un camino que no conduce ya a la Jerusalén ansiada por los desterrados, sino el camino del seguimiento de Jesús hacia el Reino. Bartimeo recuerda estas palabras de la Escritura y pone su confianza en ser curado por Jesús, el “Hijo de David”. “En la primitiva predicación se hacía referencia al oráculo de la dinastía davídica (2Sam 7,14ss). En la tradición sinóptica común Jesús es llamado «Hijo de David» dos veces: la curación del hombre ciego (Mc 10,47; Mt 9,27; 20,30; Lc 18,38); y la pregunta sobre el hijo de David (Mc 12,35; Mt 22,42; Lc 20,41). Estos dos son los únicos ejemplos en Mc; y Lc 1,32 es el único ejemplo excepcional en el tercer Evangelio. Sin embargo, Mt tiene seis ejemplos adicionales. El interés de Mateo en este título es evidente desde la primera línea (1,1) y desde el hecho de que a José, a pesar de no ser el padre natural de Jesús, se le da el rol paternal de transmitir al niño Jesús su linaje davídico (cf. Mt 1,20 donde «hijo de David» es el nombre por el que el ángel se dirige a José)” (Stanley-Brown, “Aspects of New Testament Thought” – “Titles of Christ”, JBC, 773). Enseguida viene la reacción de Jesús a los gritos insistentes de Bartimeo y el encuentro entre ellos: “Jesús se detuvo entonces y dijo: «Llámenlo». Y llamaron al ciego, diciéndole: «¡Animo! Levántate, porque él te llama». El ciego tiró su manto; de un salto se puso en pie y se acercó a Jesús. Entonces le dijo Jesús: «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver». Jesús le dijo: «Vete; tu fe te ha salvado». Al momento recobró la vista y comenzó a seguirlo por el camino”. Jesús se detiene y manda llamar a Bartimeo. Algunas personas entre la multitud que antes lo reprendían, lo animan ahora: “¡Animo! Levántate, porque él te llama” (thársei, égeire, phōnéi se). Se nos informa también de un pequeño detalle: Bartimeo “tira su manto” (ho dé apobalōn tó himátion autóu) – el ciego de despoja de una de sus pocas preciadas pertenencias para que nada le impida seguir a Jesús, a diferencia del hombre rico que no fue capaz de renunciar a sus riquezas para hacerse discípulo (Cfr. 10,17-22). Enseguida se acerca a Jesús y se verifica entre ellos un diálogo. Jesús le pregunta: “¿Qué quieres que haga por ti?” (tí soi théleis poiēsō?), pregunta que nos recuerda la petición de los hijos del Zebedeo (Cfr. 10,35-40), quienes pedían puestos de influencia y poder, mientras que Bartimeo sólo pedirá “recuperar la vista” (Rabbouni, hína anablépsō). Su petición es muy obvia, y esto hace que la pregunta de Jesús parezca superflua. Sin embargo, en el diálogo se subraya la conciencia que Bartimeo tiene de su situación – está ciego (“el ciego le dijo” [ho dé typhlós éipen autōi]), le falta la luz necesaria para conocer a Jesús en plenitud y seguirle – y el reconocimiento de la persona de Jesús, que sólo puede hacerse desde la fe, aunque ésta sea sólo incipiente – “Hijo de David”, Mesías-Salvador, Ungido, Santo de Dios.

 

DISCÍPULO

Esta fe de Bartimeo, confesada en la invocación de Jesús, será el punto de partida de su propio camino como discípulo. Jesús le concede la curación sin tocarlo siquiera, a diferencia de la curación del ciego de Betsaida (Cfr. 8,22-26). Jesús ha visto con mayor profundidad en el corazón de Bartimeo y ha constatado que tiene fe – condición de posibilidad de la curación y la salvación: “Vete, tu fe te ha salvado” (hýpage, hē pístis sou sésōkén se, Cfr. 9,19.23.24). La curación, instantánea (anéblepsen), pone a Bartimeo en condiciones para seguir a Jesús: “Al momento recobró la vista y comenzó a seguirlo por el camino” (kái euthýs anéblepsen kái ēkolóuthei autōi). El camino de Bartimeo a partir de ese momento, con Jesús, será el camino del discipulado y de la fe. Este episodio, pues, representa la síntesis de los grandes temas de la enseñanza de Jesús en el camino de Galilea a Jerusalén: la identidad de Jesús (Cfr. 8,29; 10,47-48), el camino de la vida y la salvación y el desprendimiento que éste exige (Cfr. 8,34-9,1; 10,17-31), la absoluta necesidad de la fe para la curación y la salvación (Cfr. 9,14-29; 10,52), la necesidad de la insistencia en el acercamiento a Jesús para obtener la bendición y la salvación, a pesar de los obstáculos que los hombres puedan interponer (Cfr. 10,13-16; 10,48), la relación entre iniciativa y respuesta positiva al llamado de Jesús a su seguimiento (Cfr. 10,17-22; 10,46-52). Por último: mientras que los hijos del Zebedeo piden, equivocadamente, puestos de poder e influencia, Bartimeo pide lo único verdaderamente importante y necesario: la luz de la fe para seguir a Jesús. Así, Bartimeo se convierte también para nosotros en un modelo de discípulo, consciente de sus carencias y consciente de la necesidad de acercarse insistentemente a Jesús, el único que, siendo Él mismo la Luz verdadera (Cfr. Jn 8,12), puede iluminar nuestra vida para hacernos capaces de recorrer con Él, el camino del Reino.